[Capitulo 1] Home


Mis dedos repasan la sucia y fea funda de una butaca de autobús como si fuese la cosa mas maravillosa del mundo. Lentamente, me levanto de la ristra de asientas traseros, donde se sientan los chicos guays en las excursiones. Suponiendo que siguen haciéndose excursiones en alguna parte. Yo no iba nunca a las excursiones, pero se que existieron alguna vez cuando el mundo era un lugar mas civilizado. Hoy, no hay luna que ver, así que voy por el pasillo, acariciando cada centímetro de la creación. Observo cómo, en sus asientos, duermen los que estos últimos meses han sido mis hermanos. No mis hermanos de sangre, pero mis hermanos al fin y al cabo; los únicos que he tenido. Los últimos que me quedan.

Me encantan estos momentos de tranquilidad en los que el mundo se derrumba a mí alrededor. Es cuando realmente se aprecian las cosas tal y como son. Cuando uno lo pierde todo no tiene sentido ponerse nervioso, gritar o enfadarse; y nosotros cada día lo perdemos todo. Cada día que pasa perdemos a alguien, cada día se pierde para siempre un monumento, se borra el nombre de una persona o se pierde el último registro de una canción, un pedazo de la humanidad misma. Son tiempos oscuros, o eso dicen. No puedo recordar con claridad el momento exacto en que todo cambió, pero nuestro mundo pasó de ser un poco raro a un caos absoluto, o eso dicen, pues en mi mente el mundo siempre ha funcionado de una manera errática, sin sentido y absurda, la única diferencia es que ahora parece ser que todos están de acuerdo conmigo.

Un traqueteo súbito revela que ya cruzamos el primer puente. 

Sigo mi pequeña caminata por el pasillo del autobús escolar número 14. Algún día fue un autobús escolar amarillo y cliché antes de ser nuestro búnker salvador ambulante. Ahora parece más un objeto de coleccionista sacado de alguna serie de anime steampunk. Desde afuera, corrosión, parches de metal y visibles toscas reparaciones de emergencia lo definen como un vehículo de supervivencia. Por dentro, es un ménage à trois de butacas arrancadas, objetos personales, provisiones y gente endurecida que lo definen como su hogar. 

Lo tratamos con una devoción cuasi religiosa. Por ejemplo, todo el mundo aquí dentro tiene su asiento, un asiento que ha aprendido a tratar como parte de su vida, su último refugio. El asiento de cada uno es considerado algo sagrado. Desde que nos vimos obligados a sobrevivir de esta manera, cada uno de nosotros duerme, reza, llora, agoniza e incluso muere en su asiento, reconvirtiendo si hace falta el autobús entero en un hospital de campaña improvisado. Aquí murió Yin, aquí nos dejó Nadia, Beer, Goth… Aquí se suicidaron Alex e Ishma. Aquí murió Boy hace solo una semana. Todos teníamos a Boy siempre en nuestras cabezas, y ahora lo vamos a tener para siempre. Fue de esas escenas que hielan el alma y que se quedan para toda una vida; de esas que puedes estar con 80 años en tu lecho de mundo habiendo visto el mundo entero y aún son capaces de conmoverte. 


Justo ahora estoy pasando al lado del asiento de Boy. Hace una semana que se fue. Solo una semana. Para mí es como si hubiera pasado una vida, y aun ni siquiera hemos limpiado las manchas de sangre seca que han quedado en la tapicería. Toco sin querer con el codo una de esas terribles manchas y noto como se me eriza la nuca en el mismo momento en que siento el contacto con la sangre de mi hermano. Se me dilatan levemente las pupilas, un escalofrío de placer recorre mi espina dorsal y siento como me excito levemente. No piensen mal de mí, ya nos iremos conociendo con el tiempo.

Un nuevo traqueteo, ahora más suave, nos indica que hemos llegado al segundo puente.

Sigo pasando asientos en silencio, intentando disfrutar cada instante como si algo me lo fuese arrebatar, lo cual es más que plausible. He tenido ese miedo toda mi vida, y ahora, a un par de puentes de mi destino, está más presente que nunca. Tengo ese miedo porque el presente es un concepto raro para mi; la mayoria de la gente parece tener muy claro lo que es el pasado, el presente y el futuro, la mayoria de la gente ve el tiempo como algo lineal; causas y consecuencias por separado. Se ciertamente si algo ha ocurrido hace un año o esta ocurriendo ahora, y no puedo predecir el futuro ni decirte que va a pasar mañana por la tarde. Pero a veces, es como si lo sintiera. A veces, veo un cuchillo en el suelo, y justo después, cae de la mesa. 

¿Has tenido alguna vez la sensación de que lo que vives es la copia de algo que ya ha pasado? 

Llego a uno de los asientos delanteros y me siento en el que estos últimos meses ha sido el único rincón del mundo que he podido llamar hogar. No con la intención de dormir, llevo dos días sin poder descansar un solo minuto de mi propia consciencia, e intentar dormir con la sensación del estómago cortado por un sentimiento reprimido de pánico y temor es un acto más de fe que de voluntad. 

No, no voy a dormir. Tampoco lo necesito.

Busco debajo de mi refugio y saco la única prenda que conservo en buenas condiciones. Es una chaqueta algo grande para mí, una chupa de cuero que saqué de un gran hombre en lo que antes se hacía llamar Holanda. La chaqueta del melenudo muerto holandés tenía muchos bolsillos, algún detalle de metal y un bordado en la espalda de lo que parecen ser unos esqueletos tocando el violín con un gran nombre encima. Debió de ser el nombre de algún grupo de mierda; normalmente ignoro la chaqueta la mayor parte del tiempo porque detesto el metal, aunque soy consciente que me da un toque de chico duro cuando la llevo.


Rebusco entre los bolsillos y saco una moneda que debió significar algo algún día; en una cara, el perfil de alguien que fue rey algún día y en la otra cara un número que debió significar dinero algún día. Es mi moneda de la suerte. Bueno, técnicamente, era mi moneda de la suerte. Ya no existe la suerte. Ahora es mi moneda de pensar. La odio, pero no puedo prescindir de ella. En las largas horas que paso en mi refugio pensando, evitando la realidad, he desarrollado la costumbre de ir tirando y cogiendo al aire la moneda continuamente. A veces, cuando estoy obligado a tomar una decisión, asocio una opción a cara y otra a cruz, y entonces tiro esa malnacida al aire bien fuerte. La moneda da vueltas sobre sí mismo, la atrapo con un zarpazo y nunca miro el resultado. El resultado no importa. En el momento en que tiro la moneda se que resultado quiero, pues como si lo único que buscase fuese una señal del destino mi cerebro piensa “ojala toque la primera opción”. Entonces sé que la primera opción es la correcta. Nunca miro la moneda, no hace falta. 

Hoy la necesito mas que nunca. Tengo mucho que pensar. La tiro una vez, y otra, y otra, y otra…

Acabamos de pasar el último puente. Han pasado algunas horas, el Sol de alza limpio y mis hermanos empiezan a despertar. Dejo la moneda en la chaqueta, me levanto de mi refugio y voy a la parte trasera del autobús escolar número 14 a combatir mis pensamientos. 

¿Has tenido nunca la sensación de que algo malo va a ocurrir? 


Pues yo cuando lo siento,  que algo malo va a ocurrir, no lo sé explicar con palabras. Mientras mis pensamientos están muy lejos de este autobús, en bosques helados y animales de luz bajo arboles puros, oigo un grito agudo en las profundidades; me giro inmediatamente y nadie ni nada parece haber cambiado. Se me corta la respiración, siento el vacío en mi estómago y cuando todo parece calmado lo vuelvo a oír, un grito agudo, seco, como de una señal mal sintonizada, y se va apagando acompañado de ruido blanco visual. Como si fuesen interferencias, mi cerebro se desconecta de la realidad. Abro los ojos y descubro que nunca me he levantado de mi refugio. Tengo la moneda en la mano y, ahora sí, pasamos el tercer y último puente hacia La Reunión. No me he dormido. O, en cierto modo, no parecía un sueño. ¿Son mis sueños muy reales o ya no sé distinguir la realidad?

¿Has tenido nunca la sensación de que algo malo va a ocurrir?

Continuará.

Imágenes: Chaosfissure

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