On the road - Parte 1

Sostenido en las alturas, en precario equilibrio bajo un injusto sol de verano, me encontraba usando, mirando y sudando pintura liquida de negro acrílico sobre la superficie de madera de un barco de doce metros de eslora. Bajo el sol, sobre la superficie. Sudando, esperando y maldiciendo.

El barco de mi padre, sacado del agua para su correcto mantenimiento, reposaba en el estibadero sobre maderas astilladas en forma de cuña. Toneladas y toneladas de hierro, madera y un motor digno de una fabrica industrial portátil, formaban un amasijo llamado barco de pesca que nos habíamos encargado de subir por una cuesta de piedras sostenidas entre el mar y la tierra. En tan hercúlea tarea el armador había sido asistido con un inestimable motor hidráulico y la fuerza de nuestros brazos hechos polvo de toda una noche, con su correspondiente mañana, de trabajo.

En esos momentos, no soy Nanaky.




Esa jornada habíamos calado tres veces, mas otra de regalo para quitar el arte de cubierta y dejarlo en uno de los bordes del muelle. Para colmo estábamos tirando un cabo con las manos desnudas con la ingenua esperanza de mover una mole de diez o quince toneladas hacia fuera del agua.

Para mi asombro, el barco se movió. 

Y eso que ya poca cosa me sorprendía. Había dejado de aplicar la lógica en lo que ocurría en el mar para optar por el mas práctico piloto automático de la supervivencia. ¿Tirar de un cabo anclado a la Luna? Sin problema. ¿Triar a mano tres mil quilos de pescado? Sin problema. ¿Pintar un barco enorme con espesa pintura roja en una sola tarde entre siete personas? Ojalá.

Eso me hubiese quitado faena, pero la realidad es que me encontraba yo, subido en un andamio, con un pote de olivas lleno de tinta negra, un ridículo pincel y remarcando las señales de la banda de babor, repasando lo que otros habían hecho mal y acabando lo que no habían ni mirado. Era un poco paradójico, un acto de ironía cósmica: probablemente el único marinero que tenia algo que hacer fuese el último en tener permiso para irse. Y yo tenia mucho que hacer.

Con el sol aún joven y la tarea terminada, como una furia y pintado en muchas y originales partes del cuerpo, subí la cuesta de diez minutos que separa el puerto de mi casa con unas pintas y una determinación dignas del mejor loco de la ciudad. De cualquier ciudad.

Me duché, y pronto Luke acudió a mi llamada. Durante un pequeño espacio de tiempo comentamos y confirmamos las desasistencias al evento que habíamos planeado para esa misma noche; que se contaban a puñados. Un grupo de chicas no podía venir porque a una de ellas no le caía bien alguien que si que venía. Un grupo de chicas no iba a venir porque quizás llovía. Un grupo de chicas no iba a venir porque me tiré a una de ellas el año pasado y el novio actual me comenta haciéndose pasar por ella que no lo considera conveniente. Un grupo de chicas no iba a venir porque sopló una brizna de viento dirección sur, o porque lo ha dicho su horóscopo o por alguna otra tontería.

Lo de siempre.




A la practica, las reuniones sociales tales como fiestas o acampadas se organizan a medida de los grupos de chicas; pues los de chicos acuden de acuerdo a el numero de estas y ellas se disipan ante la mas mínima complicación o duda. No me miréis así, yo no hago las normas, simplemente sé como funciona.

En total, calculamos que iban a aparecer entre unas veinte y treinta personas en la acampada, un número que nos parecía increíble hace un año e irrisorio en ese momento; no es que fuese un fracaso, pero tampoco era un éxito. La furia se me apagó entre esas predicciones, las asistencias y el cansancio acumulado de todo un día de trabajo duro. Mi determinación en forma de alma furiosa ya no volvería, era consciente de ello de la misma forma de la que era consciente de que ni Devi, ni Maia, ni Soft, ni Didy iban a aparecer. Me quedaba por delante toda una tarde y noche de andar, tomar drogas e interacción social sin la atención femenina a la que estoy mal acostumbrado, junto a la falta de pretensión y posibilidad de encontrar alguna.

Que aburrido.

Ese que se aburre sí es Nanaky.

Bajamos hasta casa de Luke, donde nos enfundamos las mochilas y esperamos pacientemente a Gulliver y a una de sus novias; quienes nos iban a acompañar en nuestro pequeño viaje.

Esperamos y esperamos, se hizo tarde y partimos al anochecer. Por delante teníamos una hora y media de camino con pesadas mochilas llenas de alcohol y comida, y ya estábamos haciendo dos horas y pico tarde de la hora de acampada que nosotros mismos habíamos anunciado en el evento. La pesadez se me instaló en la mente y no tenia nada con la que combatirla; ni furia, ni posibilidad de conquistas, ni supervivencia. Lo mismo me daba estar en mi casa apalancado que acampado en lo profundo del bosque, simplemente no veía el sentido de tener que pagar el precio de un cansado viaje por la diferencia.

Y antes de siquiera de darme cuenta, activé el modo supervivencia.

El modo supervivencia es un estado mental. Mi modo normal esta siempre sospesando causas y consecuencias, en una constante introspección, trata de encontrar explicaciones y relaciones en los hechos, haciendo balanza de beneficios y perdidas, negociando con mi tiempo, dinero y energía futuros. El modo de supervivencia no hace ninguna de esas cosas, el modo de supervivencia permite pasar un momento, unas horas, unos días, haciendo, haciendo eso, sobrevivir. Analiza lo sorto e inmediato, de hasta donde puedo saltar, hasta donde puedo correr antes de caer desfallecido. No balanza, actúa. No gasta, invierte o consume tiempo, lo navega. Es tanto una navaja suiza de situaciones complicadas como un autentico submarino militar provisto de todo tipo de acorazamientos y dispositivos anti-radar. 

Pero a la vez, no es nada de eso. Quizás tiene algo de vuelta a lo fundamental, y desde luego, tiene algo de Nanaky.

Y sin que nadie se percatara de nada, empezamos a andar.



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