[RM] Camarón y sus amigos


Eran tres noches; la primera era una noche de julio, la segunda una noche de estrellas y, a colofón de la segunda, había una tercera noche sin luna. Estábamos en el barco, sentados en la cubierta, esperando salir a la mar. Nos lo tomábamos con calma, pues la noche avanzaba y el viento del norte soplaba fuerte. El capitán estaba en la cabina, esperando noticias por radio y consumiendo nerviosamente un cigarrillo sobre los desnudos paneles de control. Yo, vestido de marinero, usando mi mochila de cojín, me relajaba y aguardaba suspirando, deseando que al final decidiese que nos quedásemos en tierra para leer, para ir a ver a alguna chica del pueblo o simplemente dormir en la cabina.

A las ganas de trabajar ni se las veía ni se las esperaba.

Los marineros, ajenos al nerviosismo del capitán y a mi total indiferencia, pasaban el tiempo hablando y contando historias de hombre de la mar. Uno aprende con el tiempo a no prestar mucha atención, pues aprovechan a la que tienen alguien dispuesto a escuchar para contar su historieta o su batallita, o su anécdota de la tarde. Con el tiempo terminas aprendiéndotelas todas ellas de memoria, y ya no solo los cuentos, sino también las mismas frases manidas y las mismas bromas sin sabor, de las que te ríes en un acto de costumbre.





Primero piensas que son unos pesados, que no hacen gracia, que están locos y aún no lo saben. Pero con el tiempo te das cuenta de que son bromas de supervivencia; no es que hagan gracia, te dan en un contexto: más que provocar la risa, te brindan la oportunidad de reír, de no volverte loco.

Porque las ocasiones para reír en la mar, cuando llevas dos semanas trabajando diez horas al día sin ganar un duro, son más bien escasas; si te lo tomas demasiado en serio, si no ríes, si te enfurruñas y estas de mal humor, la mar te devuelve a su sitio con un gesto indiferente y despectivo y el barco empieza a sudar sal y pescado podrido.

Hay que reír, hay que llorar, hay que pensar en alguna mujer. Sino, el que se acaba pudriendo eres tú.

El flamenco siempre es una pena, el amor es un pena también. En el fondo, todo es una pena y una alegría.

Ese día no era diferente de los demás, habíamos preparado todo y esperábamos ordenes; hasta que un hombre barbudo, apartándome de mi abstraída lectura, me sonsacó del aislamiento cuando en medio de su característica e incesante verborrea habitual mencionó el nombre de quien yo llevaba un par de semanas explorando su música: Camarón de la Isla.

Esta es su historia.

Hace muchos años, en Sant Feliu de Guíxols, donde estaba hasta hace unos meses Las Vegas, una decadente sala de fiestas a sueldo donde no va nadie, y donde ahora hay Flamingos, una decadente sala de fiestas a sueldo donde no va nadie; se anunció por todo lo alto lo que iba a ser un concierto de flamenco, con Camarón de estrella.

En esa época las casas de discos en vez de crear y manufacturar y comercializar ídolos de masas se dedicaban a pelearse con ellos e intentar limitar su actividad creativa, o, como mínimo, minimizar el posible daño sobre sus arcas producto de las vidas bohemias y desordenadas de esos locos de antaño; feos, sucios, bajitos y geniales. Una actividad común era poner cláusulas en las giras en el caso, bastante frecuente, de que el artista se negara a actuar, desapareciera o algo pasara que le impidiese dejar contentos los compradores de entradas. Dichas cláusulas son bastante elevadas y solían ser suficientes para taimar los ánimos destructivos de la mayoría de artistas.




Donde ahora los ídolos llegan en jets privados, limusinas y coches que entran directamente al recinto de actuación, Camarón decidió pasar la tarde por el pueblo. Se asentó en un conocido bar del paseo de Sant Feliu, donde se arremolinaban unos chicos entre los cuales se encontraba nuestro joven - y en aquel entonces - no tan barbudo marinero. Los chicos, animados en la avanzada tarde por el alcohol, sin percibir que ese señor de unas mesas más allá, que comía anchoas fritas, tomaba una copa generosa de vino y fumaba abundantemente era Camarón de la Isla, sacaron una guitarra y empezaron a tocar y dar palmas.

Nuestros chicos no iban a ir al concierto, pues ser pescador en esa época no estaba precisamente muy bien pagado y la entrada valía sus buenas pesetas. Con estar mal pagado no me refiero a lo que se conoce hoy como estar mal pagado; los pescadores tienen un sueldo variable dependiendo de la suerte que tenga su embarcación, lo que se traduce a épocas de bonanza, licores caros y vino todos los días en contraposición a épocas en las que se hace imposible mantener más de un estomago a la vez.

No era de extrañar que se asociase a los marineros a la mala vida, a ser embaucadores y liantes ahí donde fueran, hasta en algunas tascas de pueblo se podían leer carteles en la entrada que rezaban Marineros No.

Ese verano no era particularmente bueno, pero pese al ajustado presupuesto no iban a desaprovechar la ocasión de pasarlo bien durante un fin de semana de verano en una muy asequible taberna de mar.

La mesa se fue llenando de copas, botellas de vino baratas vacías y cartas, por aquello de cumplir con los tópicos; el anochecer avanzaba limpio y sin prisioneros, y en la magia del momento uno de los chicos, envalentonado, empezó a cantar. Al acabar la canción, se presentó ante ellos el hombre del fondo de la sala, aquel que les había estado escuchando, tenía un concierto en pocas horas y nombre de crustáceo de mar.

Invitado y sobretodo invitando, Camarón se unió a nuestros sorprendidos amigos, quienes casi no se percataron de que a su mesa al mismo ritmo que llegaban botellas que no habían pedido ni se hubiesen podido permitir se arremolinaba más y más gente a ver la escena; y ya en el crepúsculo, en el escenario oficial lleno, el público se empezó a impacientar.

El propietario de la sala mayor, oliendo el desastre, se fue a localizarlo. Nadie sabia nada, y tras media hora lo único que obtuvo fue el testimonio de uno de los impacientados espectadores, diciéndole que le había visto en una taberna a pocos metros de allí tomando algo a media tarde. Sin demasiada esperanza, el propietario se dirigió a la taberna, solo para encontrarse un modesto bar a rebosar de gente animada, mirando hacia el centro, donde se encontraba Camarón con el marinero y sus compañeros, comiendo, bebiendo, fumando y cantando.




Nuestros amigos habían tratado de advertirle: hombre ya va siendo hora no crees que tendrías que ir. Pero nada le hacía moverse lo más mínimo de la silla, encantado con la situación, sus nuevos amigos, y el público improvisado. En eso que entró el propietario de la sala e intento convencerlo, a quien hizo caso omiso. Este, llamó a su agente, a quien también Camarón no hizo el menor caso.

El concierto ya debía de haber empezado, así que volvieron a insistirle una y otra vez. La amenaza de otra abultada multa pesaba sobre su cabeza, los marineros no estaban seguros de si debían seguir tocando, el bar enmudeció y su agente le gritaba que abandonase su pataleta sin sentido. La oscura había avanzado galopando y ahora estaba en su momento cumbre, en su diatriba shakespeariana, rechinando y esperando, como nosotros, ordenes de su capitán.

Ante una última tentativa del agente, que le cogió el brazo para llevarle al concierto; Camarón se deshizo de él con un sencillo gesto y, dijo, con voz tranquila, quebrada, entendible y autoritaria:

Estoy con unos amigos.

Y se hizo la noche.





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