[Capitulo 8] Lost



¿Crees que estoy loco? quizás, pero también lo estarías tu si no supieras donde estas ni quien eres, en el más amplio de los sentidos. ¿No buscarías tú, sin cesar, después de repetirte a ti mismo todos los significados posibles de estar perdido?


Hoy ha sonado la música. 


Y que música. Como subía, como bajaba. Como danzaba en mis oidos como ninguna otra música ha hecho nunca. ¿Como diablos hacia uno esa música? ¿Con que aparatos, con que herramientas? En ningún otro sitio del mundo, de mi mundo, he podido encontrar nadie que pudiese hacer nada parecido. He intentado imitar el ritmo a veces, solo avergonzado de mi propia torpeza. He tatareado alguna melodía, pero nada que yo conozca es capaz de sonar de esa forma. Con tantos matices, con tanta profundidad. Alguna vez sonaba alguna pieza que ya había sonado antes, pero cada vez era diferente, cada vez erraba un poco pero no aleatoriamente sino de una forma muy... humana. Era como si hablase el alma de alguien. 


La melodía se formaba, y entonces entraba ese sonido, como punzado, como de la vibración de una valla de metal, pero mucho mas puro, como si todos sus filamentos se pusiesen de acuerdo y aguantasen la vibración hasta el momento correcto. No tengo ni idea de como explicarlo. Otras veces suena menos sostenido, mas eléctrico, pero perfecto; rápido y cambiante como una tormenta, como pinchazos en el paladar del mismísimo cielo azul. 


Es como de otro mundo. Nada queda en este relacionado con lo que hablan las canciones. Y es que las canciones dicen cosas, obviamente no palabras propiamente dichas, pero para eso hay que saber escuchar. Para eso me paso los días aquí encerrado. Las canciones no parecen que noten su increíble notoriedad, su simbolismo perfecto de algunas cosas de la vida. No parecen saber que son algo excepcional, algunas hasta hacen bromas, o no son tomadas en serio, o hacen referencia a otras canciones. Es como si. Y se que sonara raro. Las canciones fueran de un mundo que ya no es, un mundo donde cada una de esas canciones era algo, algunas sombrías, algunas himnos, algunas mero entretenimiento. Un mundo donde la música era algo normal, todo el mundo escuchaba la radio y hasta quizás alguien pudo conocer los seres que hacen las canciones, sean dioses, sean extraterrestres, sean humanos. Si es que algo así se puede hacer, y no son las canciones seres en su propia esencia. No tengo ni idea. 


Escuché la música, ignorando alboroto y ruido de puertas cerrarse y correteo por la casa. Disfruté como un loco, y después de días sin hacerlo, pude dormir. Soñé con una extraña catedral, con prados y acantilados y senderos entre bosques verdes y frondosos. Cuando me desperté, la música aun seguía; era el final de una canción que hablaba de extensiones increíbles de arena, mareas de arena rojiza, y animales fantásticos cabalgándolas cargando hombres a sus hombros. 


Entonces de la radio salio algo que no había oído nunca; una voz. Serena y clara como si la tuviese al lado, sin música ni interferencias que pudiesen hacerme dudar si solo lo había imaginado.


        Behind the waterfall, beneath the cave.


Me levanté muy lentamente. Como se levanta alguien que no quiere despertar a quien tiene al lado. Me levanté apoyando las yemas de los dedos al sucio suelo y subiendo todo mi cuerpo. Me di cuenta entonces de lo pesado que era, del amasijo de músculos y huesos que hay que mover. ¿Mover adonde? Era como si hubiese ido, un paso mas alla. Que conocía un salto mas, una capa mas de lo que conocía segundos antes. Todo lo que me rodeaba, acostumbrado a verlo cada día, ahora me parecía raro y nuevo. Como pronunciar muchas veces una palabra hasta que pierde el significado. Di un gesto mecánico para abrir la puerta de la habitación y me sorprendí fallando unos centímetros a la derecha. Cogí un aire que no sabia que me faltaba y empecé a buscar.


Las calles, plazas y paradas de autobús abandonadas no tenían nombre conocido en esta ciudad, aparte de los inteligibles carteles. Les poníamos nuestros propios nombres a los caminos y callejones. Los nombres de esos sitios, su propia alma, estaba basada en cosas que había percibido o habíamos vivido ahí. Eran nuestros. Los mapas, extendidos por las paredes de toda la casa, contenían nuestros nombres y nuestro mundo. Sabía que tenia que estar por algún sitio. Seguí dando la vuelta en caminos que iban y venían y volvían a entrar dos o tres veces a la misma habitación, pero no me perdía. Iba casi corriendo, respirando agitadamente y no me di cuenta que daba vueltas por una casa vacía hasta que llegué a la sala principal, donde antaño los niños nuevos dormían y ahora mis hermanos hacían vida. El camino seguía hasta un antiguo lavado de coches llamado the waterfall, al lado de una boca de tren abandonada. Que creía abandonada.


Los colores de la pared servían de fondo para el avance de una vida. Yo no pude mas que alejarme de los dibujos de las islas de casas admirando la magnitud de mi descubrimiento, y cuanto mas me alejaba mas los colores de los mapas y las lineas parecían formar un dibujo mayor que cubría toda la pared de la habitación, juntando las lineas con el color del ladrillo, pintadas accidentales y la luz entrado por la rendija de dos tablones de madera, un gran dibujo de un autobús amarillo de intuyó en mi cerebro antes de para siempre desaparecer y volver mi visión a otra vez mapas y pared maciza.


Entonces ocurrió otra vez. Otra distorsión. Me gusta llamarlo distorsión.


Es lo que curre cuando algo cambia. No sientes nada, no ves nada, tampoco lo sabes. Ha cambiado algo. Alguien ha cambiado algo. Quizás yo. Quizás nadie. Pero algo ha cambiado.


No ocurre muy a menudo. O quizás si. No lo sé. Ocurrió cuando empecé a buscar los limites de la ciudad. Ocurrió cuando percibí ese autobús. Quizás estoy loco. Muy loco. Quizás no te lo parece porque esto es una historia y mi locura puede tener justificación si tiene que ver con la trama.


¿Que acabo de decir?


Escuché un ruido y por primera vez me percaté de la inusual tranquilidad de la casa. El ruido vino de la cocina. De donde teníamos toda la comida que nos permitía sobrevivir. Primero me invadió el miedo, y luego una extraña confianza. Luego volví a sentir miedo, luego ganas de castigar, luego inseguridad. Mi mente se llenaba de imágenes e ideas confusas y entré en un estado enfermizo de autojustificación.


En la cocina había una chica. No muy grande. Podría tener unos catorce años o menos, de la misma que alguna de mis hermanas. Pero no era ninguna de mis hermanas, ni tampoco ninguna persona que estuviera destinada en convertirse en una. Era una ladrona. Era guapa. Estaba sola.


Le pregunté que hacia ahí y su cara de terror mostró lo poco que se esperaba encontrarse alguien en esa casa. Y menos alguien como yo. Estaba aterrada, pero no sentí empatía en ningún momento. Robar comida era un delito terrible, algo imperdonable, pero no creo que temiese que la entregara al pueblo, sus ojos reflejaban miedos mas profundos. No se cuanto tiempo estuvimos de pie sin movernos, pero escuché llegar a mis hermanos por la puerta y sin saber muy bien porqué la escondí de ellos. La llevé a mi habitación y no respondió a ninguna de mis preguntas. Que haces aquí, te ha mandado alguien a robar o es que no tienes nada que comer. Nada. Sus ojos aún reflejaban miedo, pero ya no estaba aterrada. Un vacío negro se asomaba en esos ojos ya vacíos de lagrimas que me miraban fijamente y me acusaban.


No se de que pero me acusaban.


Te juro que me acusaban.


Como si ella ya supiera lo que estaba por ocurrir.


No iba a mandarla al pueblo para que la ahorcasen, no le diría nada a mis hermanos, quería que se fuera pero quería castigarla. Quería castigarla lo suficiente para que no sospechase que me gustaba. Quería castigarla hasta que ella estuviese convencida de que la odiaba y de que era despreciable y que dejase de mirarme. Que dejase de mirarme. 


Y la pegué, en un estado de enajenación creciente. Y los gritos de mis hermanos por la casa iban en aumento. No tenían nada que ver conmigo ni tenía ninguna razón para preocuparme que me descubrieran, pero ese a eso la tensión iba creciendo. La cogí del cuello contra el suelo y continué haciendo como que la pegaba, como que le hacia daño; pero no hacia mas que acercarme a sus pechos y a sus piernas. Fingiendo que me estorbaba para castigarla le iba apartando ropa, hasta que fue demasiado obvio. Ella me seguí mirando exactamente igual. Como si ya supiera lo que estaba por ocurrir. Y le dije que dejase de mirarme. Y no lo hizo. Fue entonces cuando la violé. No opuso resistencia alguna, solo me seguía mirando. Lo peor es que me hacia dudar sobre si la estaba violando, yo quería que lo sufriera, que supiese que eso le ocurría por intentar robar nuestra comida que me daba igual hacerle daño. Estuve un buen rato hasta que sus ojos hicieron una mueca de dolor por fin y la dejé. con sus ojos negros, tumbada en el suelo de mi habitación mirando al techo, con ropa cortada y semidesnuda, derrotada, violada y en silencio.


Yo salí de casa en linea recta hacia donde creí por ultima vez haber visto el limite de la ciudad. Salí sin mirar atrás buscando bosques y lagos. Dejando para otra ocasión, para otra persona, para otra historia, todo aquello detrás de la cascada y dentro de la cueva. Me cruzé a Boy, y enseguida supimos que no nos volveríamos a ver. Le conté adonde iba.


¿Los limites de la ciudad? ¿Que quieres decir? Todo es ciudad. No hay no ciudad. Este es nuestro mundo. ¿Que diablos es un bosque, o un lago? ¿De donde has sacado esas palabras, Lost?


Me quedé blanco y me fuí dejando atrás mas preguntas que no tenían sentido para mi.


¿Crees que estoy loco? quizás, pero también lo estarías tu si no supieras donde estas ni quien eres, en el más amplio de los sentidos. ¿No buscarías tú, sin cesar, después de repetirte a ti mismo todos los significados posibles de estar perdido?


Y en la parada abandonada de metro, bajo una lluvia intensa, el ultimo guardián de la música que queda en el mundo, en su emisora de radio murió días después. Sin poder cerrar la puerta que evita que el agua entre e inunde los vestigios de un mundo que ya no es, se perdió aquello que debía haber pasado hace días a su sucesor; que perdido, ha seguido otros caminos. Un objeto de madera, manufacturado por los dioses, con formas precisas y afiladas; unos cables de acero tensados entre un mástil y una caja. Era el desconocido origen, y ahora también el final, de la música que salía en días nunca seguidos, en la radio del que debió ser el protagonista y no fué.



[Capitulo 7] Citizen




Hay una radio siempre encendida en mi cuarto. Mis compañeros se quejan a menudo, pues en esta casa faltan puertas y hay algún que otro agujero parcial. Aquí nunca se está totalmente en silencio ni totalmente a oscuras, es algo que tienes que aceptar si no quieres volverte loco, igual que tienes que aceptar que la radio se queda encendida.

Así nunca te da la sensación de estar totalmente solo.

La mayoría de ruido que sale de ella son interferencias, ruido de fondo, como lo quieras llamar; pero a veces sale algo que escasea en este mundo, música. Suena cuando quiere, de día o de noche, nadie sabe de dónde viene la señal y porque nunca suena dos días seguidos. Debo admitir que he estado algo obsesionado con ello, y aunque a todos nos gustaba y disfrutábamos la música al principio la mayoría se han cansado y han dejado que me lleve esa vieja y ruidosa maquina a la habitación más profunda que pudimos encontrar. Solo hay una norma, la radio no se apaga.

Encontramos el dial pintado en números gigantes en la fachada de un edificio perdido en los suburbios de una (¿nuestra?) ciudad, cuyo nombre no se escribir ni pronunciar. Preguntamos a la gente que vivía cerca del edificio si sabían algo de la radio, preguntamos por los mercados improvisados sobre lo que fueron las calles principales, y preguntamos por los infinitos callejones buscando alguien que tuviera una radio. Llegados a cierto punto, parábamos de preguntar. Calles enteras y vehículos abandonados adornaban barrios enteros vacíos, y gente ocasional vivía en casas concretas de islas de apartamentos con aspecto descuidado; una frutería sin género abierta sin clientes a un kilómetro a la redonda. parábamos de preguntar porque llegados a cierto punto el misterio de qué hacia esa gente ahí era mayor que el de la radio, siempre nos respondían lo mismo, que ellos viven aquí, que están donde tienen que estar.

Cuanto más nos distanciábamos de nuestra querida casa semiderruida más parecía interminable la continuidad de edificios. Era un mundo de piedra. Plantas, ríos agua y mi parecían pertenecer a otra realidad, de la misma forma que se la debe parecer a los chicos que han nacido en una ciudad y nunca han salido de ella. Se dice que si tomas un tren en Tokio pasan horas hasta que dejas de estar en ella. En un mundo sin mapas ni nombres uno podría pasar años en una ciudad sin saber que existe una no ciudad en una dirección, hasta que un día empiece a andar ignorando la aparentemente interminable ristra de cemento y pura roca moldeada, ignorando que cuanto más lejos va más lejos va a tener que volver, hasta encontrarse que el horizonte se ensancha y cubre todo alrededor.

Aquí es donde vivimos nosotros también, de hecho, no recuerdo haber venido de ningún otro sitio, así que debo de vivir aquí. No sé leer los carteles de las calles, mi color de piel y la de mis hermanos es diferente que la de los niños gitanos que corretean por las calles de piedra.

Pero una cosa esta clara, las cosas son como son, tengan sentido o no.

Llevo más de setenta horas despierto mirando una radio que bien podría estar emitiendo el ritmo de mi corazón,

Quizás he sido algo suave cuando he dicho que estoy un poco obsesionado con ella.

Vivo con a quien yo llamo mis hermanos pero no somos más que un grupo de huérfanos que se trata como una familia. Yo soy algo así como el hermano mayor, aunque no soy precisamente un hermano mayor ejemplar; Boy siempre me lo recuerda. Aparte de mi obsesión soy un tipo bastante cerrado, mi lugar es mi habitación con mis cosas, celosa de lo que es nuestro, antipática con los demás y mi estado de ánimo condiciona el estado de la casa. Si yo estoy de malas, cuando no hay música en días, todo el mundo está de malas. No soy nada maniático con la limpieza por decirlo de alguna forma, y en la casa aún hay puertas derribadas en el suelo que estoy bastante seguro nadie ha movido desde que llegamos aquí.

Otros han intentado poner algo de orden en esta casa, mucho mayor de lo que debería y parecida a un hotel abandonado. Crearon un sitio donde guardar la comida en una de las habitaciones vacías, y apañaron un sitio en el que estar todos, arreglando una gran habitación y moviendo los que dormían ahí a algunas otras. Eso fue un gran evento en muchos sentidos, todos los chicos que venían nuevos acababan durmiendo y haciendo ahí su casa porque estaban demasiado temerosos de reclamar una habitación como suya, y ahora cuando decidimos que alguien debe vivir con nosotros hacemos una gran reunión y le asignamos una habitación. Da la sensación de que cada habitación vacía no es una habitación vacía, sino alguien que falta. Como los edificios en esta ciudad, parecen no acabarse nunca, no estoy seguro de haber entrado en todas, creo que hay catorce.

Solíamos reunirnos cada día ahí a hablar o escuchar la radio, en esa gran sala rota y con paredes estampadas con ladrillo desnudo, y pintadas incomprensibles. La búsqueda del origen de la música nos mantenía ocupados, pero con el tiempo, cuando relegaron la radio a mi habitación y nadie quiere salir conmigo a andar días enteros en una misma dirección. Así que voy solo, busco incansable la radio y la música pérdida. Pero un día ocurrió una tontería, algo sin importancia pero que, de alguna forma, sentí que no tenia que ocurrir; y a partir de ese momento también busco los límites de la ciudad. Empecé haciendo un mapa en la pared de mi habitación, y ahora es una red de mapas conectados escritos con pintura blanca que nacen en mi profunda habitación y se extienden como una infección por el resto de la casa.

La verdad, no es que esté obsesionado con la radio porque la radio sea algo especial, que lo es; es que tengo, como decirlo, tendencia a las obsesiones.

¿Crees que estoy loco? quizás, pero también lo estarías tu si no supieras donde estas ni quien eres, en el más amplio de los sentidos. ¿No buscarías tú, sin cesar, después de repetirte a ti mismo todos los significados posibles de estar perdido?

Cuando no estoy buscando, me encierro y me olvido de que tengo una gente de la que cuidar. Paso días mirando de frente la radio, haciendo mapas en mi cabeza y estudiando mis mapas. A veces me traen la comida cuando paso algún día sin salir de mi habitación. No soy el mejor hermano mayor, ni lo he sido nunca. Tampoco lo pretendo.

Hoy era uno de esos días, hasta que después de un mes entero sin hacerlo, ha sonado la música.

The Secret Society en Barcelona




ya no quedan reports de conciertos. no como los de antes. ir a algún concierto y tener tu pensamiento de mierdecilla de ahora mi vida va a cambiar me provoca repulsión; es una imagen que podría describir con la voz de cuando lees algo y quieres que suene ridículo, absurdo y pretenciosamente evocador. yo para conseguir esa voz uso la voz de una chica de mi clase del instituto queriendo parecer constructiva y ejemplar delante de los profesores, poniendo la voz que cree que los otros quieren oír. con las imágenes me imagino algún otro imbécil de instituto en la misma situación: si en mi imaginación susodicho desgraciado consigue estar totalmente desubicado con la situación y quiere irse de ahí, entonces estoy dentro. pero si consigo una versión en la que se pone transcendente o romántico o todo lo que huela a idealismo, entonces la imagen me provoca escalofríos y soy yo el que se quiere ir.

imagínate al imbécil de tu clase de segundo de eso al que se le ha ocurrido que en realidad esta conectado al cosmos durante un concierto de pink floyd y dime que no pegarías fuego al estadio.

pero eso ya nada tiene que ver con secret society.

también había otra época, o quizás era la misma. en la que íbamos a conciertos y eran la gran aventura. porque no es solo era el concierto, es ir, es quedarte colgao, es planificarlo y rendir culto a la música gastando dos días de tu vida en ver sesenta minutos de algo que se oye mejor en casa pero ha sido todo un viaje que es el propio destino y esas mierdas. pero ya no tengo ganas de eso. no tengo ni idea de porque voy a conciertos excepto que de hecho no voy. la verdad, si iba a este era porque ir era mejor que no haber ido. mejor dicho, ir era mejor que no ir y pensar que tendría que haber ido. ojala nadie me lo hubiese dicho, ojala no hubiese mencionado nunca este grupo a nadie y no hubiese salido nunca una sola nota de mi oscura habitación y privado placer personal.

que perversión compartir algo con un pedazo de humanidad es realmente. quizás lo aprecio si voy colocado de mdma pero el resto del tiempo puede parecer algo desde completamente normal hasta enfermizo; como compartir prostituta. como si en otro mundo la posesión de la música, la identificación de lo que llamáis alma fuese algo tan privado que una sala llena de gente sintiéndose profunda e identificada con unas mismas letras y acordes fuese en sí mismo como una orgía sucia llena de tíos gordos y peludos. 

pero es que claro la energía del directo y ahí son realmente como son y los tienes delante.

(largo sorbo de café)

este concierto no fue una aventura, fue una deslocalización. 

¿me entiendes? del estilo que te encuentras en un sueño meando en una fuente de tu colegio que no recuerdas que exista, llevando tu mejor pijama y rodeado de gente; oye, yo normalmente no hago esto aquí, esto es raro por alguna razón que se me escapa. echadle imaginación y me entenderéis. 

ya no colecciono cosas impresionantes o interesantes que he hecho por eso no me interesan las aventuras. los eventos colaterales de conciertos como estar en una ciudad nueva, hacer un simpa, tomarte algo, improvisar sitio donde dormir, estropear una lavadora, perderte, conocer gente interesante y todo eso ya no me interesan una vez hechas; las hago si me viene bien pero ya no me interesan ni son una imagen poderosa ni un icono de nuestro particular y decadente estilo de vida como justificaba antes.

si vivo con la voz interior como si estuviera permanentemente recogiendo material para escribir luego o para contar aunque sea solo a mí mismo, entonces tengo material para escribir y vivo más intensamente. si apago esta voz y a la vez esta necesidad, aprecio la pureza de las cosas al no tener que servir de material y solo ser por sí mismas, entonces no escribo y vivo sin hacer nada a lo que no me vea obligado y todo me da igual pero evito tenerme que tirar por un puente. el ying y el yang de mi decadencia como escritor, supongo.

pero no importa si las razones para que me de igual algo son buenas o malas, simplemente me da muy igual, quizás pero eso no hay reports de conciertos ni conciertos en sí. y no contento con que me de igual también decido que me da igual todo esto; hasta que llega el momento en que no sé si me da igual porque lo he escogido o lo he escogido así porque me siento más cómodo aparentando un cierto control. y es que me quejo de todo para alguien que le da todo igual. como dice un señor que escribe en un blog de por aquí, si al menos pudiese renegar, también, de mi propia indiferencia.

continuamos desvariando

creo que hace años que no voy a un concierto, y eso es muy decir porque se supone que soy alguien que iba a conciertos y tengo veintiún años; si se supone que soy alguien que va a conciertos, y está en edad y con pasta para ir a conciertos, resulta algo absurdo que no vaya. igual voy y ni me doy cuenta, eso estaría bien. aunque me acordase luego si a alguno tenía que ir era a este, he escuchado casi exclusivamente este grupo en todo el invierno, se supone que se habían disuelto, no son de aquí, es barato, es reducido y no los conoce casi nadie entre la gente que te cuenta que escucha grupos que no conoce casi nadie; es el plan perfecto.

con un único fallo, que en realidad no quería ir. y a día de hoy sigo queriendo no ir.

el tema de la voluntad es más complejo de lo que parece así que semanas de planificación después compramos las entradas por internet y unas horas de tren más tarde estaba en una terraza al lado de apolo con una cerveza en la mano planteándome no entrar a la sala y haber pagado y haber hecho el viaje a barcelona para nada. esa es una idea tan absurda que me sedujo, no absurda del estilo de eh esta noche vamos a tope y que boig estas sino absurda del rollo hijo tienes algún problema. y esa idea me gustó aún más, me puso de tan buen humor que me dio por ir al concierto. o quizás estaba asustado de entrar y no sentir nada.

tocaron bien, aunque los músicos, que no el cantante, parecía que casi se querían ir del escenario. no tocaron ni la mitad de lo que me gustaría que hubiesen tocado, pero no me sentí decepcionado. no tocaron casi nada de los dos primeros discos, hasta tuvieron la osadía de no tocar la leyenda del tiempo. pese a ello coreé algunas letras, a veces en voz alta. y no es que me de vergüenza ni que no me las supiera; me las sabia todas pero el pecho me oprimía la voz. no me sentía libre. ni emocionado, la presión de estar escuchado, de tener en la realidad aquella gente me lo impedía, como si cupiese la posibilidad que después de todo secret society no fuese un grupo de verdad y todo estuviese en mi imaginación, y ahora esa posibilidad se derrumbaba delante mío. durante un momento me volvió ya no como transcendente ni como inspirada sino ya cansada de que no le haga ni puto caso idea de yo debería de estar en el otro lado del escenario. también apareció la clásica todo momento de tu vida te ha traído aquí y la saludé con la mano como a una vieja amiga. creo que tampoco nos quedan revelaciones que recorrer. solo las mismas de siempre, pero en diferente combinación.

leyendo hasta aquí quizás os habéis hecho una idea equivocada de como valoro esa noche. la noche fue perfecta. o como mínimo, la más perfecta que podía llegar a imaginar cuando salí de casa.

pues aparté un par de hipsters con cámaras de fotos que me tocaban los huevos, escuchamos unos chicos tocar música que me gusta, compré un disco a la chica que venía conmigo a sitios a veces, tomamos unas cervezas en sitios en los que no me apetecía estar, dormimos juntos en casas de otros y nos marchamos de la ciudad al día siguiente a continuar con nuestras vidas como si nada hubiese pasado porque eso es lo que hacemos.

porque eso es lo que hace la gente.

fin





wireless gadgets to ilustrate how good we became
will they be able to store what we love and hate?
will the science be cool enough to manufacture,
the last pill, to avoid us from pain?


[Miembros Históricos] John Ronald Reuel Tolkien



Fantasy is escapist, and that is its glory. If a soldier is imprisioned by the enemy, don't we consider it his duty to escape?. . .If we value the freedom of mind and soul, if we're partisans of liberty, then it's our plain duty to escape, and to take as many people with us as we can!





There was Eru, the One, who in Arda is called Ilúvatar; and he made first the Ainur, the Holy Ones, that were the offspring of his thought, and they were with him before all else was made. And he spoke to them, propounding to them themes of music; and they sang before him, and he was glad.




Therefore Morgoth came, climbing slowly from his subterranean throne, and the rumour of his feet was like thunder underground. And he issued forth clad in black armour; and he stood before the King like a tower, iron-crowned, and his vast shield, sable unblazoned, cast a shadow over him like a stormcloud. But Fingolfin gleamed beneath it as a star; for his mail was overlaid with silver, and his blue shield was set with crystals; and he drew his sword Ringil, that glittered like ice.




And thus it came to pass that the Silmarils found their long homes: one in the airs of heaven, and one in the fires of the heart of the world, and one in the deep waters.




Indeed the mind of Ilúvatar concerning you is not known to the Valar, and he has not revealed all things that are to come. But this we hold to be true, that your home is not here, neither in the land of Aman nor anywhere within the Circles of the World. And the Doom of Men, that they should depart, was at first a gift of Ilúvatar. It became a grief to them only because coming under the shadow of Morgoth it seemed to them that they were surrounded by a great darkness, of which they grew afraid; and some grew wilful and proud and would not yield, until life was reft from them.




All that is gold does not glitter,
Not all those who wander are lost;
The old that is strong does not wither,
Deep roots are not reached by the frost.


From the ashes a fire shall be woken,
A light from the shadows shall spring;
Renewed shall be blade that was broken,
The crownless again shall be king.




[Capitulo 6] The Main Character




Dejé atrás un mundo, pues me dio la sensación de entrar en otro. Mi visión al entrar en la catedral y cerrar la puerta con la Revolución a mi servicio matando a todos a mi espalda fue la de Boy, corriendo por los pasillos interiores y medio ajardinados de una catedral que no se parecía en nada a la que había entrado por la misma puerta unas horas antes.

Seguí a Boy sin terminar de creerlo, y cuanto más avanzaba adentrándome en la catedral de la luz, mas oníricos se volvían sus pasillos, mas enfermiza la persecución hasta el punto de no saber porque estaba corriendo. Quizás pasaron días, o meses, eones, en los que vagué por la catedral que ya no era un edificio sino un bosque, un desierto, unos acantilados y me empujaba por ellos con la determinación de alguien que sueña y tiene un destino pero no sabe a dónde va. Lo intenté todo, acampé en claros, me senté durante horas en rocas muy altas con los ojos cerrados solo para descubrir al abrirlos que había rocas más altas aun, desde las que se veía el horizonte y sabía que no podría escapar.

No parecía existir nadie más en este mundo, si es que es un mundo. Todo era ligeramente familiar, como un collage de localizaciones que ya existen en la tierra. La campiña verde, los molinos viejos de madera, las montañas nevadas de fondo y un bosque de cerezos japoneses. ¿Eran esos lagos de escocia? Parece el patio de juegos de la naturaleza. De un Dios.

Fue una época interesante, muy intensa, me dio tiempo para pensar; poco a poco me fui recluyendo en mí mismo de tal forma que podía modificar como percibía mi entorno solo cambiando mi estado de ánimo o con un pensamiento fuerte. ¿Solo cambiaba mi percepción? Hubiese jurado que las hojas caían a mi voluntad, y que las estaciones ocurrían cuando tenían que ocurrir. ¿Acaso no se apartaban los árboles y dejaban a la vista viejos castillos y llanuras inmensas a mi paso firme, y se contraían y formaban senderos empedrados cuando no sabía adónde ir? ¿Era yo El Creador? ¿El Destino?

¿Te imaginas que llegas a un punto de tu vida en que tienes que plantearte seriamente si eres el todopoderoso como una posibilidad perfectamente válida?

Pero yo no era hoy Dios.

Si fuese el destino, tendría preparada alguna jugada irónica de lógica retorcida, como que cuando dejase de buscar la salida ella misma se manifestaría o que saltando del acantilado despertaría y todo habría sido un sueño.

Pero yo no era hoy Destino.

Claro que no soy el destino, nadie es el destino; destino es solo una palabra, no una identidad.

       ¿Solo una palabra?

Esa era la voz de Boy. No moví ni un músculo, llevaba quien sabe cuánto tiempo sin escuchar una voz que no fuese la mía. Tiré mi moneda al aire y antes de alcanzar el punto más alto yo ya no estaba ahí para recogerla. Volé con el viento dibujándome alas de pedazos de mar, bosque, centeno y roca a mis espaldas, volé detrás de las montañas y por los acantilados, sabiendo que la voz venia del otro lado, salté con todas mis fuerzas al mar que repicaba contra el borde de las rocas amenazante y me ahogaba con su viento salado y cortante, que disolvió mis alas en el mismo instante que me salí un milímetro de la tierra. De mi tierra.

Y aparecí, como acabado de despertar, con una fuerte sensación de realidad, como cuando se despresurizan las orejas, como si todo lo demás lo hubiese vivido en tercera persona o en una época muy lejana.

Y aparecí, abriendo una puerta que daba a la sala más bella que jamás había visto; porque yo sabía que aún estaba aquí, que nunca había salido del edificio. Y sabía que estaba en el corazón del mundo porque nada mas podía ser tan parecido al corazón de un mundo. La luz entraba por cada uno de los ventanales estallando en color y proyectando imágenes de eventos desconocidos en este mundo en el suelo como si la cúpula estuviese iluminada por veinte astros independientes formando un circulo perfecto en el cielo; las plantas entraban por los agujeros de las paredes, por los rastros de ruina en la que desde fuera parecía una impoluta y firme muro exterior. Parecía construida, y también abandonada mucho tiempo atrás, pero no aparecía como los edificios abandonados realmente son, todo estaba como; perfectamente abandonado. Las exactas ventanas rotas, los exactos desperfectos en los muebles, las exactas enredaderas subiendo por las columnas blancas. El exacto y trágico trono vacío, de piedra fría, en medio de la sala.

Cuando me recompuse, y no tardé poco. Di unos pasos al frente, firmes y amplios. Me vi a mi mismo desde arriba, andando los pasos perfectos haciendo el ruido exacto pasando simétrico entre las dos filas de columnas que llevaban directamente al trono como si el trono importase ya algo después de tantos siglos sin nadie sentado. Enfrente, me detuve, y volví a ser yo mismo.

       Qué diablos está pasando. 

Escudriñe la sala en busca de cualquier cosa, rompí la armonía del lugar tirando armarios y apartando flores. Alguna pista de que es este sitio, de que es este trono, que hago aquí, como salgo, que le ha pasado a mis hermanos, que coño ha pasado con la revolución porque no me atacaron a mi cuanto tiempo he estado perdido me estoy volviendo loco. Los pensamientos empezaban a sobrepasarme así que me senté en el trono de piedra y me hice un profundo corte en el brazo y mis gimoteos acompañaron durante un rato el sonido de las gotas repicando en la piedra.

De eso me sirve ser yo mismo, si es que existe tal cosa.

En vez de calmarme empecé a estar mareado y ponerme blanco como la tiza. Quizás me había pasado. Quizás llevo años sin comer y yo aquí desangrándome. ¿No seria una forma absurda de morir, desangrado por mi estupidez en medio del clímax espiritual de la historia? Y miré al frente.

       Había un árbol.

Un simple árbol, pequeño, creciendo, en una rendija, una grieta en el suelo que iba a más con los años. Un solo y afortunado árbol que ha tenido la suerte de nacer enfrente del trono donde ningún otro podrá crecer nunca. Ese árbol era algo especial, ese árbol era como yo. Algo salió de él, se me puso en el pecho y me dio calor. Me sentí reconfortado, como si el aire se me hubiese estado negado durante mucho tiempo, aliviado; solucionada una incertidumbre plantada muy profundo en mi inconsciente tiempo atrás.

Ya ningún goteo golpeaba la piedra del suelo. Sentía que tenía poder, pero no que clase de poder. El sonido del silencio era poderoso. ¿Porque las gotas, sonando a ritmo continuo probablemente durante siglos, habían dejado de caer? Es como si un sonido mayor se esté gestado, como si la pausa en la banda sonora añadiese una calma anterior a la tempestad, porque eso es lo que ocurre en las historias y yo soy el protagonista de esta. Como era propicio que ocurriera, un trozo de techo cayó del cielo y me hubiese matado si yo no hubiese sabido, de alguna forma, que ese trozo tenía que caer.

Sentí entonces que una ráfaga de viento y un oscurecimiento parcial de la Catedral de la Luz tenían que ocurrir, por el ritmo, por el ambiente; no porque yo lo previese, sino porque era preciso que así ocurriera. Y el cielo oscureció.

Sentí entonces que el viento debía mecer el pequeño y naciente árbol del trono de piedra. Sentí que la rabia y la incertidumbre crecían en mí y que por lo tanto algo bruto y agresivo tenía que ocurrir. El árbol debía ser arrancado, pero para mí creciente sorpresa nada le ocurrió. El viento, tardío en la historia, volteó páginas de libros a mi espalda y removió hojas del suelo a voluntad. Pero el árbol no se movió.

Ese árbol era Boy, y ese árbol era la Luz.

La luz me lo contó todo. Ahora lo sabía todo y también sabía que lo olvidaría en el trayecto hacia el autobús con mis hermanos. Y si nunca me acordase volvería a olvidar porque nadie sabe que ocurriría si no lo hiciese. Me marché por donde había venido, por un simple pasillo que conducía a la entrada principal de la catedral a la que había entrado huyendo de la revolución minutos antes. La herida autoinflingida de mi brazo me había empapado la camisa de sangre, pero no me preocupó, porque la herida ya no tenía un papel en la historia.

Y la herida desapareció.