[Capitulo 12] Different II




Me acuerdo de esta mañana cuando las cosas no es que pareciesen fáciles, tenía problemas inmensos de raíz profunda y sin solución a la vista, una vida incomoda; pero hecho de menos que mis necesidades fuesen, como decirlo, menos inmediatas. Por complicada que sea tu situación, la vida es simple; sobrevivir. Luego te puedes plantear que hacer con el tiempo libre que te deja esa tarea. Por muy mal que estés. hasta te puedes plantear qué hacer el día siguiente, guardar algo de comida para la noche, o unas ropas para el invierno.

Ya no hay tiempo para eso. 

Debajo de un árbol, en mi exilio y mis ensoñaciones de volver a casa y poder fingir que nada ha pasado, un misionero se ha posado en mi rodilla y lo he espantado nada más llegar. Me pregunto qué misión tendría para mí, creo que aún si me hubiese pedido que lo matara, lo hubiese hecho, pero nada más verlo, horribles imágenes cuyo origen no puedo discernir entre reales o no, me han hecho espantar a mi única compañía en quien sabe cuánto tiempo. La imagen de una mano con sangre, unas rocas altísimas, las más altas que puedas imaginar. Debe ser este bosque, dicen que es sagrado. De pequeño siempre me perdía en él y los espíritus me devolvían al mismo sitio desde donde podía volver a casa. Siempre me he sentido atraído a este lugar, quizás es el destino u alguna otra palabra increíble y mística la que me ha llevado a morir aquí, pues la muerte es lo que me espera; soy un chico joven, sin espada ni forma alguna de defenderme, perseguido por cinco cruzados a caballo.

El mío sabe correr, los cielo saben lo que corre este caballo y la suerte que tuve de escoger este de todos ellos; pero ya no aguanta más, son demasiados, es demasiado esfuerzo. Esto es mucho más de lo que los dos habíamos sido criados para soportar. 

Es cómo, si no diese la talla, como si algo me faltase y se encuentre ahora ya fuera de mi alcance.

Me siento como en mí mismo después de un largo tiempo. Estos meses de deambular, huir de una sombra que se intuye pero no puedes ver, tener solo la compañía de los oscuros libros de la torre de Drhal; es como si no hubiesen tenido sentido, como un tiempo muerto. Como si hubiese habido una pausa y ahora se reanudase aquello para lo que he estado esperando. Pero cuando estas en esos días no se sienten así en absoluto, todo lo que haces lo haces por algo y parece tener el mismo sentido que ahora lo tiene huir de cinco espadas afiladas. Quizás uno se justifica a sí mismo para no enfrentar la propia batalla o quizás es la batalla o el instinto de supervivencia la que crea el sentido para lo que batallar defiende. ¿Es realmente defender el bien, defender mis ideales lo que mi vida es; o es lo que ocurre cuando la historia no continua y estoy pescando en el río, o dando de comer a los pájaros?

Me sonrío a mí mismo, creo que he cambiado, aunque. No lo suficiente. Hay algo, identificado en mi mente como diferente de mí, que me hace continuar como soy. Algo que me hace incapaz de matar a un misionero.

La persecución continua, entre las ramas y los claros, espacios abiertos y cerrados. Los caminos que suben se angostan y se hacen imposibles de esquivar. Cae el día, y entrar en un sendero u otro puede ser el final de la vida. Los finales de los caminos no se ven al entrar en ellos, son un infinito de incertidumbre y luces colgantes de los arboles nos escudan de caer en la oscuridad. Son espíritus, y a gran velocidad su sucesión se hace constante y perfecta, en armonía, como un continuo, marcando el único camino, el único que existe, no solo en este bosque en este lugar perseguido por la muerte, sino en todo. Tú y tu destino. ¿Quién me persigue en realidad? ¿Que son esos blancos caballeros? Porque el bien y las escrituras y el miedo.

Y entonces les miré como nunca los había mirado. Mi mirada estaba llena de rabia e injusticia, no de miedo ni de culpabilidad. No había traición en mi acto, solo la idea de que la traición era cometida mucho antes, que su traición a este mundo venia de serie y que yo tenía que sufrir las consecuencias. No me negaba a ellas, no negaba el mundo, pero no les perdonaba por ello. Mi mirada era la mirada de todos los resignados, de todos los caídos. Era clara y profunda. Mis ojos eran los de Mithos.

Y con esos ojos vi algo que nunca antes había visto.

Pensé en todo lo que había ideado y leído en esos meses de fuga y vida, todo lo negado y olvidado. Todo lo que había decidido que era y no era. Los caballeros blancos, sin ningún otro cambio en su conducta, en su galopar, en sus gritos, parecían lentamente cambiar de color. Sus heráldicas eran las mismas, ellos no parecían darse cuenta de que algo no era lo mismo. ¿Eran ellos o era yo? Contestándome el mundo: la sombra cubrió mi vista un instante, y cabalgamos a oscuras bajo un techo de árboles negros sin saber a qué nos conduciría; pero al abrirse el camino y mostrar el gran sendero rodeado de densos árboles verdes, descubrí que a mis espaldas la luz no volvió a las ropas ni a los caballos de mis perseguidores. Cuando el fuego encendido de los espíritus volvió, estos chillaron horrorizados y el cielo estalló; eran Riders.

Llovía cada vez más fuerte, y cinco jinetes en sus bestias negras me perseguían como a uno le persiguen en los sueños; en cada rincón, detrás de cada curva, en cada casa y en casa país. Detrás de cinco años de tu vida intentándolos huir, al volver a casa con tu familia; te los encuentras en tu jardín, sentados con sus armas en la mesita de roble que hiciste con tus propias manos, recordándote quien eres y de cómo en el fondo pese todo este tiempo les perteneces a ellos. Al mundo. Al miedo. La persecución se extendió más allá de las luces y limitaciones del camino. Era una lucha mental, una supervivencia a golpe de ruido de maquinaria y hierro contra hierro. Conseguía librarme de uno, de dos, de tres. Y aparecían en otro cruce, dos kilómetros mas allá, desde otra dirección, desde donde solo se puede llegar dando vueltas a la roca y al cemento durante siete. El viento silbaba a mis oídos, el agua aumentaba la prisa en la carrera y disimulaba la adrenalina y el fuego de mi cuerpo; helada, cortando en diagonal mi rostro como una gran garra y penetrando en mi mente, que a lo largo de una vasta llanura de heno, de vuelta a los techos de relámpagos y el abrazo de los árboles, habiendo atravesado mundos y fronteras, había llegado a una conclusión. Había llegado a lo único que podía hacer. Finalmente lo había comprendido todo. 

Yo debía morir.

En la muerte, cayendo al suelo, vi una cara familiar en lo que era otro caballero negro separado del grupo; pero más puro, más oscuro, tenía ojos en vez de las cuencas vacías de mis perseguidores, ahora blancos, ahora quemando mis libros prohibidos, ahora venerando las escrituras. El Rider me miró, sacudiendo la cabeza ligeramente decepcionado, con la mano derecha llena de sangre y yo pensé, antes de desvanecerme de este mundo, pero estoy convencido de que él escuchó.


 - Somos diferentes.


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