[La deseducación] The Times They Are A-Changing



La (des)educación

Reedición



Conservo recuerdo de trabajos y redacciones increíbles llevarse malas notas por no seguir la narración lineal de introducción-nudo-desenlace. Dios te regaló en su eterna sabiduría un teclado y un fondo en blanco, y tu la has jodido confundiendo cosas que han hecho otros con normas inquebrantables para el resto del futuro de la humanidad. Nueves y dieces en escritos perfectamente presentados pero sin absolutamente nada que decir. Trabajos suspendidos por ser a mano en vez de a ordenador aunque nadie hubiese pedido una cosa ni la otra, textos argumentativos cuyo argumento ya no vale la pena ni considerar porque se ha usado una estructura propicia de uno explicativo. Gente con muchísima imaginación tan encorsetada en las formas artísticas oficiales que acaban por asfixiarse en ellas porque nadie les dice que lo realmente importante es tener algo que decir y no aprender la solución de los poemas románticos como si fuese un problema de física. No estoy diciendo que no necesitemos una base de conocimiento de todas las materias para poder situar todo aquello que aprendamos en un futuro, pero ¿cómo eso justifica el aprender a hacer raíces cuadradas manualmente? ¿qué sentido tiene aprender a hacer ciertas figuras geométricas con lápiz y compás? ¿qué sentido tiene aplicar exactamente los mismos métodos en materias que de forma evidente requieren distinto enfoque y preparación?


Al final, como siempre, la enseñanza se queda en las formas, y como has entrenado a los alumnos a buscar con una linterna una respuesta correcta absoluta, de absolutismos y respuestas correctas es de lo único que van a entender. Como el método es de múltiple uso, lo vas a gastar y desgastar hasta que ya no tenga ningún efecto más que el rechazo y la uniformidad del contenido.

¿Quieres dibujar? ¡Dibuja! ¿Quieres hacer cine? Compra una cámara de veinte euros por ebay y graba, ¡maldito! ¿Músico? Consigue una guitarra, una tabla de mezclas, lo que sea; escucha, aprende, escribe e interpreta música como si no hubiese mañana. ¿Qué estas esperando? No a cuando acabes tu educación, porque ésta es tu educación. ¿No sabes por dónde empezar?



   recurso: google


Aprende a tomar decisiones y a vivir con ellas. No te despiertes un día a los treinta con la sensación de que han decidido la vida por ti, y tengas entonces que empezar a hacer viajes espirituales o cocinar meta para redimir tu alma. Las formas empaquetadas y servidas en forma de asignaturas aisladas nos hacen creer que hay un curso para todo, que el conocimiento viene en paquetes individuales. Que la educación es algo que se puede terminar. Un cursillo con normas y profesores que seguir, y que sin poner nada de tu ser en riesgo ni hacer nada a ciegas, te van a enseñar a ser aquello que quieres ser. En clase de música se da historia de la música, en dibujo, dibujo técnico, en física, historia de la física. ¿Quieres hacer cine? Usted debe guardar la cámara, atender a clase, y ya si eso cuando sea abogado y tenga hijos podrá hacer todo el cine que quiera.

No hagáis bachillerato.







Parte V

The Times They Are A-Changing


Hacía ya muchos años, desde que cayó a mis manos un libro de divulgación científica entre los de filosofía y literatura fantástica, había decidido que iba a ir a la universidad a estudiar física. No sabría explicar exactamente porque, es decir, me atraía el tema y la visión que me ofrecía del universo no tenía nada con lo que se pudiese comparar, era una decisión de uno debe hacer la carrera que le gusta y no para acceder a un trabajo. Pero en esos momentos no te gusta una carrera; nunca la has cursado y las asignaturas equivalentes no tienen nada que ver, lo que te seduce es el conocimiento y la identificación con una figura, con una idea de ti mismo. Las mismas artes y literatura, también constituían mis intereses pero no existía esa identificación, y una vez me decidí era muy cómodo ideológicamente mantener mi decisión contra viento y marea. Además tenía la ventaja respecto a otros que no sabían lo que tenían que estudiar y por lo tanto no tenían ningún objetivo en cuanto a nota que yo si sabía que física era una carrera bastante olvidada, ya sea por asociada a las matemáticas, a ciencias demasiado puras o asociada incorrectamente a la genialidad; así que no necesitaba más que aprobar con un cinco para acceder. En realidad lo que necesitaba era acceder a las pruebas de acceso a la universidad, y no el bachillerato en sí, pero no existe una opción para ir directamente y no consideré las alternativas porque nunca constituyeron a mis ojos alternativas reales. 

Si fuesen realmente sinceros cuando dicen que la secundaria postobligatoria es imprescindible, no solo para la universidad sino también para aprobar la selectividad, dejarían que te presentases por tu cuenta a tu propio riesgo, pero como no lo son, tenía que gastar dos años en un trámite para ir. Porque si lo hiciesen la gente pagaría cursos privados de unos pocos meses en vez de veinticuatro y se presentarían en la universidad con dieciséis años.

El instituto era pues a la vez mi enemigo y el vehículo más rápido disponible para llegar. Tampoco tenía plan b, no tenía una pasión romántica en la vida que seguir a ciegas imprudentemente contra la voluntad de los padres pero que las expectativas me arruinaron; uno podría decir que lo más parecido a ello era precisamente el ir a la universidad. No tenía una fuera de esos muros, quizás porque tampoco la había buscado o había relegado a aficiones todo lo que no me parecía serio o no tenía salidas profesionales como genio atemporal. Buscad esa pasión, aunque no sea eterna, aunque no tenga salidas visibles, huid del instituto y no miréis atrás.

Hacer bachillerato ha sido, con diferencia, la peor decisión de mi vida.

No solo la cadena de suceso o decisiones que empezaron allí pero terminaron en otro lugar; la propia estancia en sí. En ese momento ni siquiera lo vi venir, ni lo viví como una elección; era el camino lógico, el siguiente paso que estaba en la lista de cosas que iban a ocurrir desde que alguien decidió a los cuatro o cinco años que yo era un chico listo. Tiré una moneda al aire durante un concierto de hardcore rock y escogí física sobre matemáticas días antes de la selectividad y los demás detalles no importan; me apunté sin dudar al bachiller científico con la que todo el mundo me asociaba desde pequeño porque simplemente se me daban bien lo que en ese momento yo creía que eran matemáticas. También lo escogí porque quería huir de todo aquello que tuviese que ver con formalismos innecesarios, memorizar fechas y todo cuanto yo creía pertenecía al mundo del social y el humanístico, y por supuesto tambíen huir del abrir chakras y fumar THC que entienden hoy en día como estudiar artes. 

Me presenté, otra vez, delante de las puertas del mismo instituto. Al fin y al cabo, se suponía que ahora iba a ser diferente, pues como se habían hartado de insistirme, ahora no tendría motivo para quejarme porque finalmente haría lo que me gustaba, y si no, me podía ir.

Aún me pregunto como pude ser tan estúpido de creer semejante mentira.

Me pregunto qué sentido tiene que un profesor te diga que si quieres te puedes ir de clase cuando legalmente no puedes abandonar el edificio y salir por la puerta al pasillo sin permiso significa una falta de asistencia, conducta contraria y llamada a tus superiores. Si dijesen la verdad, dejarían que la asistencia fuese realmente opcional pero altamente recomendada; que fuese el peso de perder una sesión y no el castigo por ese hecho lo que importara. Pero si lo hiciesen la gente no iría, no se sentiría desplazada por faltar, se comunicaría entre ella, seguiría aprobando y ello demostraría la global inutilidad.

Ciertamente había habido un filtro intenso, pues mucha gente que había abandonado los estudios después de esos magníficos cuatro años. Pero ese no fue un gran cambio para mí, pues éramos prácticamente los mismos en clase que durante los primeros años de secundaria, pues en un gran alarde de igualdad de oportunidades, sensibilidad social y ominosa creatividad en el campo de la ingeniería social, nos agruparon al llegar con doce años en cuatro o cinco clases separadas por niveles o por conflictividad. Solo un par de personas de las clases inferiores llegaron a selectividad y la de las clases superiores restamos prácticamente intactas. Para que luego digan que la segregación es cosa del pasado. La separación de clases sociales conseguida entre colegios de pago y públicos ya existe de por sí, pero no termina allí; una clase en la educación publica, ya por definición, es una separación por edades, por gente que no repite, por localización y, ahora también por nivel de vida. Total, una frontera más no va a ser la gran diferencia.

La idea era crear un elo hell de alumnos conflictivos y que se despedazasen en unos contemporáneos juegos del hambre y así no molestasen a los alumnos de verdad. Lo que no conseguía ese sistema era que nosotros los superlistos fuésemos mas rápido, pero en cambio hacía muy bien la faena de reforzar los roles de conducta de las clases inferiores, quienes al principio se metían con nosotros en el patio y más tarde solo me encontraba de cuando en cuando en la sala de expulsados, haciendo cuadernos de colorear para niños.


(sin comentarios)


La primera enorme decepción me la llevé cuando comprobé que, de las llamadas horas de asignaturas optativas, matemáticas eran obligatorias y solo había dos posibilidades pues era obvio que iba a necesitar Física. Ni siquiera eran asignaturas optativas, eran las asignaturas troncales de diferentes modalidades de bachillerato, al que te cambiaban el nombre de científico a tecnológico si escogías unas u otras. No me había molestado tampoco a informarme al respecto, así que no sé exactamente que me esperaba, desde luego no un papel en el que vas a estudiar lo que quieras de ahora en adelante significaba escoger entre Biología y Dibujo Técnico. Cuando terminé de decidir, descubrí también que las clases eran puras estructuras fijas en las que no nos teníamos ni que levantar para ir de clase en clase porque total todo el mundo de cada una de los dos tipos de bachiller hacia prácticamente lo mismo. Mi horario, que nunca llegué a imprimir ni apuntar, tenía exactamente el mismo aspecto que durante los años anteriores, con prácticamente los mismos profesores pero sin historia y en su lugar algo llamado ciencias del món contemporani. Por lo demás, inglés, catalán, castellano, historia de la filosofía (que en realidad es historia de unos señores que alguien catalogó como filósofos), educación física y demás.

Realmente, no sé qué me esperaba.

No entiendo esa división conceptual entre ciencias, letras y artes. La encuentro tendenciosa, absurda para cualquiera que se adentre cualquiera de las tres. ¿Sale de ahí la creencia de que los científicos tienen la mente cerrada, que para hacer ciencia no hace falta imaginación ni creatividad? ¿Son las carreras de letras un mecanismo de escape para la gente a quien le llevan enseñando reglas mnemotécnicas y cálculo bajo la bandera de las matemáticas? ¿Es la rigurosidad, la exactitud y el trabajo duro algo ajeno al mundo del arte? Si las asignaturas cometen el pecado de presentar el mundo en diferentes apartados sin conexión, esto me parece ya otro nivel. Pero sigamos adelante, no habíamos ni acabado de empezar que me llevé una sorpresa nostálgica, y es que me topé con un discurso que ya me era familiar.

Todos y cada uno de los profesores, a quien previamente habíamos tenido y ya nos asociaban a un cierto papel, destinaron sus primeras horas de clase a un discurso increíblemente aburrido sobre qué primero de bachillerato no tenía nada que ver con la eso y que a partir de ahora, y en segundo muchísimo mas, nos íbamos a tener que esforzar de verdad.

Estábamos tan obviamente en quinto de secundaria que durante el primer día no podían hablar de nada más. Si no lo hubiese sido, nadie se habría sentido con la necesidad de explicarlo. ¿No es lo mismo que dijeron, ese discurso de que viene el lobo, cuando en primaria pasamos a quinto y sexto porque la eso iba a ser importante? ¿Cuándo en primero y segundo teníamos que pasar a tercero y cuarto? ¿Cuándo en tercero y cuarto, si queríamos seguir estudiando, teníamos que pasar a bachillerato?






Ahora hay que trabajar mucho porque el lobo nos espera en forma de un terrible examen de selectividad para el que, para vuestra suerte, nosotros os vamos a preparar. Menudo monopolio, ¿no podría yo presentarme a tal examen sin necesidad de pasar por aquí? No. Entonces no es que el bachillerato sea algo útil a tal efecto, sino que lo haces obligatorio para el acceso a la universidad; carece de objetivos propios porque no los necesita, porque sigue siendo obligatorio para acceder al mismo examen así que por decreto siempre será relevante. Se parece a sacarse el carnet de conducir, donde lo importante no es tanto saber conducir para acceder al examen, sino pagar todas las tasas de la autoescuela antes de pasar al siguiente nivel. Pasar por el aro.

Escuchaba discurso tras discurso y el cansancio se acumulaba en mis párpados. 

No hay ni uno que diga ahora. - pensé con tristeza. 

No hay ni uno que diga, lo que os voy a enseñar es importante y la selectividad la podéis pasar sin problemas si estudiáis un poco para preparar su temario un mes atrás; aquí tenemos dos años de tiempo y los vamos a aprovechar. No nada de eso; caras largas, voces pesadas, cansancio y falta de pasión. No lo dicen porque tampoco nadie les creería. Decidí esperar unas semanas antes de decidir mi postura oficial, me senté en medio de la clase como los demás, hice algún ejercicio y escuché en clase esperando el tan aclamado salto de nivel.

De verdad que yo era realmente estúpido.

Libretas de cierta forma y color obligadas a comprar para cada asignatura, desfiles de nuevos profesores amargados en más creativas formas, un discurso de la nueva jefa de estudios de bachillerato. Ciencias del món contemporani resultó ser un nombre en clave para cultura general con cosas que remotamente tienen a ver con la ciencia. En pleno bachillerato científico nos faltó por un pelo dar plástica e historia de la música clásica. 

Incluso las asignaturas propias del científico, las que en principio me podían interesar y por las que había escogido aquella modalidad, tenían un alarmante bajo ritmo y nivel, adaptándose a quien no las podían seguir. La anunciada subida de dificultad, que en la eso fue un aumento en cantidad de contenido, era ahora, no solo en las ciencias puras sino también en las letras suplantada por una carrera conceptual. Me explico, unos temas deben conocerse en profundidad y hasta alguien diría con automatismos para acceder a los siguientes; uno debe comprender las bases del movimiento lineal para comprender el tiro parabólico, eso es cierto. Quizás no entrenar constantemente la técnica, pero tener en ella conocimiento de lo que se habla y cierta fluidez; alguien dirá que a veces en la técnica es como se comprende realmente o donde reside el significado o necesidad del siguiente paso, pero le aseguro que no en el nivel de secundaria. Pero todo ese hecho, de necesidad de conocimientos previos a la explicación de los siguientes, lleva siendo abusada años como excusa para justificar aprender cosas de dudosa utilidad, así que lo que se hace tanto en esas asignaturas como en las ciencias sociales en un intento de parecerse a ellas y ganar credibilidad, participar de una progresión infinita de conceptos y tecnicismos innecesarios que, por diseño y no necesidad, requieren de los anteriores para ponerte a jugar. Así, se auto cumple la predicción de futura necesidad, se da una apariencia de nivel o competencia y se deja de lado la comprensión en profundidad y relación con la realidad de lo que se estudia.

De ese modo, tienes alumnos capaces de resolver problemas complejos sobre relatividad pero dejas de poner preguntas teóricas porque no tienen ni idea de lo que están haciendo.

Mi actitud pronto volvió a los cauces de los años pasados, pero esta vez no se detendría allí sino que iría más allá de lo que cuatro años atrás hubiese podido imaginar. Aquello era quinto de la eso, había sido estafado.

En segundo de eso dejé de hacer deberes para siempre y en tercero dejé de pretender que los hacía. En cuarto ya apenas prendía atención en clase, en teoría mi gran arma para aprobar, y en el bachillerato la situación quería de otro paso y no solo no me molestaba en ocultar lo anterior sino que fui más allá y traté por todos los medios dejar de escuchar. Durante años mi sensación era de estar perdiendo el tiempo siete horas al día y que a nadie le importase, pero mis padres solo decían tienes que ir, así que iba pero ya que estaba las iba a perder de verdad, exponerlo como tal, y dejar claro que si aprobaba no era porque aunque no hiciese la faena escuchaba las útiles lecciones de los profesores. En el fondo, era algo que llevaba haciendo año tras año, pero lo que molestó fue que no me molestase en disimular. No quería escuchar porque no quería que mi cerebro distraído captase esas palabras, esos profesores, esa forma de ser; y sin darse cuenta los adoptase para sí, como suyas. No quería ver a esa gente como modelos de conducta, no quería escuchar sobre sus vidas, no quería que el sistema entrase en mi cabeza. Yo en esa época, al igual que Cristian, estaba algo obsesionado al respecto; y aún a día de hoy me guardo mucho de lo que leo o de lo que miro, porque sé que nuestro cerebro no separa realidad y ficción, y la simple pantomima de poner a alguien de pie y hablando y otros escuchando es para él como si aceptases en la realidad esa posición.

Dejé de escuchar, dejé totalmente de prestar atención. Para mi nada tenía sentido ya, la sensación de perder el tiempo era muy antigua como para que ningún intento de empatía conmigo funcionase ya. Eso causó sorpresa y controversia desde un principio. Al principio era también una suerte de protesta silenciosa, nos sentábamos y no hacíamos nada; mirábamos al infinito en silencio. Pero nos estábamos volviendo un poco mayores para juegos, así que terminó siendo algo que hacíamos para nosotros mismos. A la clase ya no le importábamos y se fue dividiendo, al final solo dos de todos los que criticábamos la situación permanecimos en esa posición: yo, y el chico raro que nos encontramos haciendo campana el año pasado, David Román.

Pronto nos dimos cuenta de que el curso se nos iba a hacer muy pero que muy largo, había que hacer algo para hacer pasar el tiempo. Pedimos un cambio temporal y reversible de modalidad de bachillerato porque total, si solo tienes una oportunidad para cambiarte, ¿cómo vas a saber que te gusta el sitio donde vas? En realidad solo queríamos pasar el rato en algún sitio diferente durante una semana, y funcionó para ese propósito bastante bien. Pasábamos largos minutos entre clase y clase en el pasillo hasta que finalmente por obligación nos hacían entrar, dos distanciamos esta vez físicamente del resto de la clase, aunque no mucho, para poder estar más cerca de la ventana. Hacíamos alguna campana, nos expulsaban a veces y así pasaban los primeros meses. No eran tiempos tan malos, no proveníamos del mismo lugar, él nunca pasó por todo ese proceso de idealización, desencanto y rebeldía; simplemente era así. Cuando te llevas mejor con alguien no es cuando coincidís para compartir vuestros gustos o aficiones, sino cuando ambos os encontráis en un lugar en el que no queréis estar.

Recuerdo uno de los profesores nuevos al que le resultó muy llamativa mi actitud. Él no me conocía y no sabía que llegado el momento igualmente iba a aprobar, así que no entendía nada. Creía que lo hacía para hacerme el listo y me llamaba a salir a la pizarra.






- ¿Ves? Tienes que mirar el libro, eso significa que no lo sabes hacer.


- El libro está allí, está para usarlo.

- Pero en un examen no lo vas a poder utilizar.

- ¿Insinúa que lo que enseña solo sirve para hacer exámenes?

- No entiendo porque vas de que lo sabes todo si no puedes hacer los ejercicios más simples.

- Nunca he dicho que lo sepa todo, pero lo que si se es que media hora antes del examen voy a coger ese mismo libro y aprender todo lo que tenga que aprender para sacar un cinco.




No era un genio ni sabía más que los profesores ni que los demás alumnos. No era ningún mago, no podía saber una fórmula de termodinámica sin abrir un libro de texto solo contemplando las constelaciones. Años anteriores podía dar la sensación de ser algo así, ya me sabía todo un tema antes de que ellos lo tocasen en clase, pero eso solo ocurría ahora en clase de cultura general. Mi método era darlo todo en los exámenes, aprovechar la gran capacidad de concentración que desarrollé jugando a ajedrez de pequeño, ir sin miedo ni estrés porque aprendí a suspender, a pensar en situaciones límite y a gestionar la información. Mi método era leer el tema una hora antes del examen y no solo memorizar si no tratar de comprender la información, intentarla comprender en su elemento más básico y deducir a partir de la raíz aquello de lo que no me lograse acordar. No podían estrechar más el cerco, no podían hacer las materias mas difíciles de memorizar o con mas contenido porque eso era exactamente lo que hacía todo el mundo ni tampoco podían prohibirme pensar en sus exámenes aunque que para ellos no fuese el momento ni el lugar para algo así.

La memoria nunca ha sido en mi nada espectacular, tengo problemas recordando nombres y números de teléfono hasta después de años de marcarlos, pero es que tampoco era tan necesaria. La gente se queja siempre de las horas y extensos temarios que tienen que estudiar pero nunca he visto a nadie hacerlo con el grado de intensidad que yo considero realmente estudiar; sin distracciones, sin hacer nada más ni contestar al móvil ni pensar en nada, veinte minutos, pausa, veinte minutos. Que fuese listo podía explicar cierto éxito, pero yo nunca he sido listo nivel deducir el campo eléctrico de un cilindro sin saber newton - listo. No era ninguna fórmula secreta, solo aprovechar cualidades que ya poseía o había entrenado a lo largo de los años compitiendo con mis amigos o jugando al ordenador en vez de matarme a utilizar los mismos patrones para resolver problemas y ejercicios una y otra vez.

Si cada vez que suspendes algo, la solución es estudiar una hora más, nunca vas a optimizar el estudiar ni tu propio proceso de pensamiento. El tiempo es un factor. Esa chispa de velocidad, ese estado de agudeza, punto de lucidez, es algo que las clases no te van a enseñar y algo a lo que no puedes renunciar. Algo que sobre todo cuando eres joven debes cuidar y aprovechar porque a los veinticuatro empiezas a perder si no usas y ya nunca vuelve.

Kostopoulos, no aprendió la lección ni entendió que no quisiese participar en su clase y me llamó una vez más a salir días después. Me avisó con tiempo, para que yo tuviese tiempo a hacer los problemas que nos había dado. Era una ficha llamativa, no tenía nada más que hacer en aquel momento (a veces me cansaba u olvidaba en casa la música o los libros) así que me animé. Había unas conversiones entre cantidades molares en una cuadrícula que casi me llevaron a cometer a un sutil error pero aparte de eso, resolví con bastante solvencia. Nos resaltó la importancia de hacer los ejercicios para saber hacerlos y también para corregirlos y con las respuestas luego poder estudiar. Hice un problema, corrigió un detalle que estaba mal pero él pareció contento, yo estaba contento, todo el mundo contento; pero luego corrigió la cuadrícula con otro alumno y cuando vi el mismo error en el que yo casi había caído ocurrió algo impactante para los presentes. Levanté la mano. Comenté el error. Toda la clase disentía conmigo y el profesor también. Me levanté y empecé a discutir. Él terminó diciendo que yo no era capaz de admitir que había cometido un error, que no era nadie y que volviese a mi sitio, y escuché a mis compañeros comentaron como yo solo quería hacerme notar.

Como una furia volví a mi sitio y arrebaté un folio en blanco a quien tenía delante de mi pupitre. En él, expliqué con todo lujo de detalle cómo, porque y donde se había equivocado y cuál era la forma correcta de llegar al resultado final, el cual era el único que tenía sentido físico, algo que era fácil de comprobar. Se le entregué, minutos más tarde con una clase que ya había pasado página y estaba en silencio haciendo otra cosa. Esperé junto a su pupitre. Con sus flamantes y perfectamente ejercicios corregidos para poder luego estudiar, la multitud no prestaba ya mucha atención y hablaba de sus cosas contenta de tener una excusa para no tener que fingir que la química les importaba muy poco. Finalmente levantó el profesor la vista y me admitió que sí, de que yo tenía razón y él había cometido un error, me devolvió el papel y luego, se hizo el silencio entre nosotros dos.





- ¿Y bien?


- ¿Y bien? - me contestó, algo pálido pero con cara de no saber de qué le hablaba

- ¿Después de esta escena no vas a reconocer que al final la respuesta correcta era la mía?

- No es el momento.





Ya lo creo yo que no era el momento, nunca lo fué.

Hice una bola con el papel y lo tiré en la papelera más cercana sin dejar de mirar aquel profesor. Me acabé de hartar para siempre jamás de ese tipo de tonterias. El ejercicio nunca salió en un examen y pasé de sus clases durante el resto del curso. Eso provocó que llamase a mis padres porque me ponía a dormir en todas sus horas. Me molestó enormemente, le dije que si tenía algún problema lo podía hablar directamente conmigo, seguí durmiendo y aprobé la asignatura con un cinco para nunca más volver a saber de él.

Me dieron una razón para hacer lo que hacía, una motivación. No se trataba ya nunca más de ser listo o tonto, de conocer o no conocer, se trataba de demostrar que ellos estaban equivocados y yo tenía razón, de que su método y su copiar los enunciados en la libreta y todo lo que simbolizaban no era nada comparado con un hombre y su mente enfrentados en un papel. Me volví más cercano a David, quien hacía más años que yo que seguía el sendero de la indiferencia rebelde nuestro odio mutuo a aquel lugar me llevó a parecerme más a él, que él a mí. Hasta Gerard, que era un año mayor que yo y me había conocido en baloncesto como a un chico reservado y obediente, se sorprendía ahora de mi comportamiento. Aunque ya no en su equipo, seguía siendo obediente y de trabajo duro en baloncesto, no había perdido la capacidad de serlo sino aprendido a escoger cuando y porque. En el fondo ya no estábamos siempre en silencio, sino que dormíamos la primera o segunda hora y luego nos enzarzábamos en fieros debates encendidos por algún simple comentario u observación, que duraban horas y tenían que ser a menudo apagados desde el otro extremo de la clase. De cuando en cuando, sobre todo al principio, daba la casualidad de que estábamos hablando de algo relacionado o de la misma asignatura en la que estábamos; incluso cuando aún no estábamos marginados al fondo del todo eso ocurría con la participación de más alumnos, pero ni en un momento ni en otro a los profesores les importó la diferencia y solo querían hacernos callar.


- Porque estáis hablando, deberíais empezar a hacer los deberes.


No nos conocíamos realmente, conocíamos nuestra versión personal de estar sentados tras un pupitre, éramos otras personas fuera de allí y dio la casualidad que los cuatro nos caímos bien así que las personalidades propias se fueron mezclando entre sí.

Dibujábamos, o más bien dicho él dibujaba y yo hacía garabatos imitando los suyos, jugábamos a consolas portátiles, leíamos mangas absurdos propiedad de Roger y nos tenían que llamar la atención para parar de reír, escribimos una historia por turnos que perdí hace ya tiempo junto al dibujo de una escena de Nausica que me inventé en las clases en las que nos separaban, desarrollé un código no bilineal increíblemente impráctico de usar y clasificamos con un complejo sistema de seis características independientes o variables a las chicas de la clase de más a menos guapa. Ambos habíamos pasado ya la época del punk rock adolescente, y aunque en rebeldía, no estábamos particularmente enfadados. Héroes del Silencio, Tolkien y Pink Floyd. Leía el mismo libro de Nietzsche desde la primaria sin lograr aún entender nada, y él leía libros y cartas de amor que le mandaba su novia Jess, con quien también acabé teniendo muy buena relación. Fuera del instituto yo seguía con los chicos del Montclar y los del baloncesto, pues no por algo que no me gustaba había cambiado ser una joven promesa del ajedrez por un eterno suplente en el banquillo de un equipo de una ciudad menor. Pero pese a tener vidas separadas fuera a veces nos íbamos juntos de aventuras por el mundo junto a cantidades ingentes de cerveza; eran épocas de campings, de lúa, de dormir en un campo de zanahorias y de conciertos perdidos de la mano de dios.

Era como estar en otra dimensión, cuando pasamos a ser los outliners oficiales, de golpe comprendí como se sentían aquellos cuyo rol era el de liante en los primeros años de instituto; las normas no se te aplican de la misma forma, a la vez tienes privilegios porque a nadie le importa ya que no cumplas tu papel de listo y también dejas de tenerlos porque de alguna forma no quieren que tu forma de actuar se vuelva popular como nos ocurrió años atrás cuando los pasotas éramos la primera fuerza política. Así que al final les resulta más cómodo aceptar tu posición como en caso singular de un par de chicos muy listos en vez de reconocer el fallo generalizado del sistema. No eres libre, pero tienes cierta libertad.

Llegábamos cinco, diez, quince minutos tarde a cada clase, no traíamos libros y pedíamos uno para estudiar la hora antes si había examen, no nos daba pudor alguno suspender porque sabíamos que luego íbamos a ir a recuperación igualmente. Me leí tres sombreros de copa en menos de una hora y saqué la mejor nota de la clase la hora siguiente. Aún a día de hoy no tengo ni idea de que iba el libro. El primer día que saqué un cero fue porque sabía que igualmente la media no me daba para nada y prefería aprovechar la hora para leer un inmenso libro de psicología que llevaba esos días a todas partes. Entregué ese examen sin escribir nada y no fue hasta que me lo devolvieron en blanco con un cero pintado en color rojo que no me di cuenta de lo lejos que había llegado comparado con el chico llorando en clase de castellano y lo poco sinceramente poco que me importaba ahora todo aquello que tanto me hubiese afectado en el pasado.

Salíamos de clase exactamente cuando sonaba el timbre, independientemente de las instrucciones directas del profesor para contener la avalancha de gente que quiere salir a la hora aún al estar a media explicación. Nosotros salíamos y los demás se quedaban dentro. Prácticamente, terminó habiendo una hora aceptable de entrada y salida para nosotros y una diferente para los demás.

No hacíamos totalmente lo que queríamos, hacíamos lo que considerábamos justo pero la posición de nuestra ética, normalmente egoísta e individualista, dejaba a veces en duda a la considerada convencional.

Como ejemplo, durante casi todo primero tuvimos una simpática pero irrelevante profesora de filosofía a quien en teoría a todo el mundo caía bien y hacía la pelota. Llegó el día del examen importante y la hora antes nos enteramos de que alguien había robado las respuestas y se podía ver desde nuestro grupo de Facebook de la clase. Nos las ofrecieron en bandeja de plata. Nosotros, completamente ajenos hasta el momento, ya nos habíamos leído el tema correspondiente al examen y decidimos que perdería toda la gracia saber las respuestas, pues después de todo hacer un examen era más entretenido que dar clase e igualmente nos daba pereza aprendernos las soluciones de memoria. No fue una decisión moral, tampoco os equivoquéis, éramos insumisos, no ángeles. Saqué creo que un seis y similar nota le tocó a David. La media de la clase fue un nueve con cinco.

El tongo era obvio. Era demasiado increíble, demasiado sospechoso y además el grupo de Facebook resultó ser público y un profesor del mismo departamento lo vio. Gran escándalo, la reputación de mediocres estudiantes destruida, alumnos llorando, una profesora adulta emocionalmente devastada por la confianza traicionada y discursos del director y jefe de estudios diciendo que nos debería caer la cara de vergüenza. No dijimos nada, pero cuando anunciaron que para nuestra suerte no nos iban a hacer suspender a todos directamente sino que sólo iban a repetir el examen, estallamos en protestas sobre la silenciosa multitud, y nos negamos a repetir examen alguno aún bajo la explicita amenaza de suspender todo el curso si nos negábamos. Se repitió el examen y luego le hicieron como una ceremonia de perdón con regalos y firmas y fotos con toda la clase, menos con nosotros, quien nos habíamos negado a poner dos euro para comprar un pastel y las rosas.

Era surrealista.

Finalmente vieron que era imposible que hubiésemos hecho trampas porque nuestras respuestas en las pruebas eran, cuanto menos, insólitas. Así mientras los demás hacían el examen, nosotros nos fuimos a jugar a hándbol al patio trasero por donde todos los profesores pasan continuamente y descubrimos que aún sin saber nada de lo ocurrido nadie nos decía nada ni preguntaba qué hacíamos allí. Meses y meses haciendo campanas ocasionales en sucios lavabos y temiendo las rondas de guardia (si, como en las prisiones) por los pasillos y sanitarios, descubrimos que el mejor sitio para saltarte clase era debajo de sus narices, siempre bajo la apariencia de tener un motivo por el que estar en aquel lugar. La realidad era dura, veías a los que habían sido tus amigos como ganado, ese mundo cerrado te oprimía la mente y me sentía siempre cansado, lento e incómodo bajo la luz de los fluorescentes. Pasar fuera del edificio, ya no digo una hora sino aunque fuesen cinco minutos, te devolvía la sonrisa y la cordura. El chollo duró unas pocas semanas, porque abusamos de él y porque no éramos perfectos ni nada disimulados y pronto volvimos a hacer el gamba en clase; pero fue casi un mes de saltarnos estupideces, de respirar, hacer el imbécil, poder estirar las piernas y respirar el aire limpio que no conseguía entrar en las clases porque con las ventanas abiertas había demasiado ruido.





(representación gráfica)



Siempre me ha parecido curioso como hay profesores que aunque los hayas tenido durante años ni siquiera recuerdas. Eran como los NPCs de los videojuegos, seres con un dialogo preestablecido y con una función particular. Tuve durante todo un año una profesora de historia joven y bien preparada y todo cuanto de ella puedo recordar es una guardia que nos hizo en tecnología, en la que por alguna razón nos pusimos con ella a conversar y Gerard le dijo en toda la cara que, para él, ser un profesor de secundaria era ser un fracasado.

Algunos profesores se asustaban o se sorprendían al ver que no tenías ningún rastro de frente a ellos sentimiento de inferioridad. La mayoría con el tiempo se vician de esa realidad, de ese estatus de formador, y lo usan también cuando no están dando clase en su vida real, como si no estuviesen conversando sino dando la lección. Incapaces de reconocer los propios errores como el chico de química, incapaces de comprender la realidad como la tutora de historia, y la clase incapaz de verlo porque por otro lado nunca le contaron lo que era una falacia de autoridad. Esa chica no tenía asimilado ese papel aún en los rincones oscuros de su corazón, así que quizás por ello nos sentimos cómodos ese día hablando con la persona tras el profesor y me acuerdo más de una tarde de conversación normal que de un par de años de enseñando, anonimato.

He conocido la gente sacándose las carreras que terminan luego en centros de secundaria, he visto con mis ojos exámenes de la carrera de magisterio; no me impresiona una titulación. Esas personas no cambian con la edad, los mismos compañeros de clase demasiado incompetentes como para construir una frase sin un molde serán los futuros profesores de tus hijos.

Los roles se forman por un mínimo prejuicio o manía personal mucho años atrás, y ahora, en el instituto, más que ser inconscientes polarizaciones son clasificaciones reales; creadas ignorando que hay una persona tras el alumno. Hasta puedes seguir el rastro de esa clasificación, rastreando notas erróneas, faltas invisibles y revisiones extraoficiales. Es lo que tiene la masificación y que ser docente sea de chiste en cuanto a preparación: que además de no tener ni idea de enseñanza en sí, normalmente los que acaban en un instituto es porque han fracasado en su vida profesional. Sería hasta más lógico tener educadores sociales en las clases, pero entonces no sé dónde iríamos a poner como sociedad todos los titulados incompetentes. Existe un ciclo de depreciación en el oficio de profesor sobretodo en este país; la devaluación del puesto lleva a los mejores a ni planteárselo, lo que da sitio a los peores, lo que devalúa más el puesto. Pero es que es real, no es una simple percepción social arbitraria.

Seamos realistas. ¿Quién se mete a hacer Física, una carrera de cuatro años, para luego olvidar todo lo aprendido, porque no te va a servir de nada al enseñar física a nivel de bachillerato una y otra vez? ¿Para tener más juego de pies al evitar preguntas que se salen del temario? Pues eso. No se debería permitir trabajar de profesor durante un cierto número de años seguidos, al igual que ser un liberado sindical de un oficio que no has pisado nunca; porque pierdes el contacto con la realidad. ¿Cómo vas a convencer a alguien que está allí por trámite u obligación de que lo que enseñas es importante si lo único que sabes hacer con ello es enseñarlo?

Pobre chica, de verdad, yo no sabía que cara poner porque no se podía decir que estuviese en desacuerdo con Gerard. Ni siquiera recuerdo como se llama ella.

Hablando de nombres, tardé unos tres años pero al final se me gravó de alguna forma el nombre del profesor de física, Josep Martí. No recuerdo un profesor más desapasionado para algo que se supone que ha estudiado para ser su profesión. Aún a día de hoy me pregunto cómo podía convertir el a mis ojos apasionante mundo de la física en algo tan mundano y habitual. Después de años de quitarme puntos de exámenes por no poner la fórmula de la conversión entre metros y kilómetros, por no desarrollar todos y cada uno de los pasos algebraicos para dar la vuelta a la tercera ley de newton o para nombrarla cambiando la palabra opuesta por la palabra contraria, me lo volví a encontrar en la pre-sala de lo que había de ser mi carrera profesional. En esos oscuros años, él solito se las apaño para casi borrar esa idea de mi mente, tal y como le expliqué en el dorso de un examen junto a unas instrucciones detalladas de cómo hacer una buena tortilla de patatas para cuatro personas.

La costumbre, la pesadez de los propios métodos empezaba a comerse el interés en el tema como una maquinaria implacable, prácticamente el último que me quedaba. Aún en primero, antes de hacer todas esas canalladas, tras un examen que me fue particularmente bien, corregimos entre todos en la siguiente clase. Uno tras uno, todos los resultados que iban saliendo en la pizarra coincidían con mis respuestas, las apunté con lápiz el mismo día del examen sobre mi mesa; estaban todas las cifras exactas, hasta el último decimal. No miento, por primera vez en años tenía ganas de sacar buena nota y demostrar que aún lo podía hacer.

Saqué un dos con veinticinco.





Los resultados no son lo importante, lo importante es la resolución y aquí te faltan más de la mitad de pasos. ¿Cómo se yo que no has copiado?


Alguien dirá que es un caso aislado. Pero cuantos casos aislados necesitas antes de explotar, cuantos antes de perder la ilusión que acabas de recuperar. No fue un tratamiento injusto, no me puntuó mal por manía; simplemente para él todo aquello era más importante que dar con la solución, la idea de la forma sobre el contenido, de esa sobreprotección al guiar paso a paso, de ese castigo desmesurado a salirse de la norma frente a la indulgencia que mostraba ante quien no era simplemente capaz.

Vosotros mismos lleváis vendiendo que nos tendremos que valer por nosotros, que la secundaria iba a ser quizás cruel hasta en ese sentido, que muchos se iban a quedar atrás. Pero nunca se dibuja la línea, quien se queda atrás no es por nivel sino porque se desencanta con el sistema. El hecho de que esos exámenes, no digo ya el propio funcionamiento de la asignatura, no sean ni sean percibidos como neutralmente ideológicos en cuanto a filosofía de método de enseñanza ni imparciales en cuanto a la persona, causa como ya hemos hablado un colchón y esperado trato de favor a los que siguen las normas y una sensación de mano negra detrás a los que no. Por alguna razón los alumnos racionalizan sus suspensos con manías inventadas de los profesores, tanto de un lado como del otro.

En mi vida diaria, y en la de todo el mundo que haya jugado al League of Legends con menor o mayor asiduidad, veo una cantidad alarmante de negación de la realidad que nada tiene que ver con la madurez del jugador ni habilidad; y es en parte por la sensación constante de falta de estándar y desarrollo en un sistema tramposo por sistema, después del cual la gente, ante una regulación fija e impersonal de puntuación, no sabe reaccionar, porque ante el fracaso buscan un trato de favor o culpables no solo en un juego sino gritando a funcionarios, trabajadores cara el público del banco y recepcionistas de hotel.

Pasé los dos siguientes años de la asignatura de física durmiendo, me separaron de David porque conversábamos demasiado, y entregué todos los demás exámenes en blanco o llenos de vivos dibujos a todo color porque para que la pregunta puntué debéis hacer un esquema de la situación. 

No me jodas, entiendo que hacer un esquema puede llegar a ser necesario por ejemplo en un problema complejo de fuerzas, pero no me obligues a hacer un esquema para un problema de trenes en aceleración. El enfoque general de tener que repetir métodos una y otra vez porque en el futuro los vas a necesitar aunque ahora no ya cansa; si de verdad crees que es importante, dame algo para lo que necesite utilizarlo, no me vendas tu historia que ya me la sé. Si por alguna particularidad del destino, me las apaño para resolver tu problema sin el método que tenías en mente cuando lo diseñaste o copiaste de una guía directamente en el examen; me lo puedes decir y explicar y aconsejar de usar, pero nunca contar mal, porque entonces la pregunta o problema del examen no era la pregunta o problema escrito sino un: haz lo tuyo. No es la única asignatura donde eso ocurre, una vez en catalán me contaron mal en un examen un ejercicio porque había que rellenar palabras sin contexto con la letra que fuese correcta y especificar su significado, y rellené ( )inc con una (z) significando zinc (elemento de la tabla periódica que como tal no tiene traducción) pero aún yendo a revisión la profesora me decía que como ella tenía en su libro que la respuesta tenía que ser (c) significando cinc (el número cinco) pues estaba mal.

Aprobé la estúpida asignatura de josep martí que no dignificaré llamando otra vez física en la recuperación y, como sabréis quienes me conocéis en persona, me fui a estudiar Física en Barcelona pocos años después.






Las notas a veces se ponen antes de hacer ningún examen. Si no coinciden con lo esperado, se arreglan. No hace falta la acción voluntaria de una persona para manipular unas notas, es suficiente con la falta de una voluntad para evitarlo. El mismo profesor al corregir inconscientemente puntúa mas eso o aquello, ve o no esa falta de ortografía, de manera que las notas cuadran con lo que ellos creen que los alumnos deberían sacar. Es un sesgo cognitivo; si tú le haces la pelota todo el día, le hablas después de clase, vas a todas la revisiones, haces ver que te interesa mucho lo que dice y que te esfuerzas, el examen tiene mágicamente tres puntos más. Ni siquiera los profesores tienen que darse cuenta de ese proceso, su mente cansada al corregir cientos de ellos les hace la faena. Igual que los niños quedaban marcados en parvulario dependiendo del amor que recibían de su cuidador, ahora los profesores agotados e ignorados en sus casas, amor y atención es lo que buscan de sus alumnos.

No hace falta la acción voluntaria, pero muchas veces existe. ¿Es que crees que los profesores no rajan de ti, entre los pasillos de sus departamentos o en el bar con su pareja tomando un café? ¿Cuánta distancia hay entre ello y encontrarse delante de un examen y poner un cuatro donde tendría que haber un cinco si sabes que nunca vas a ser cuestionado al respecto? Muchas veces no te dejan ver el examen o te ponen trabas a ello o se lo toman como un ataque personal en vez de un derecho. ¿Porque? Porque he visto exámenes corregidos que solo tienen una nota puesta en rojo en la parte de arriba y sobre los que no puedes hacer nada al respecto porque el siguiente paso es llamar un inspector a venir al centro y sabes que te van a joder. La misma redacción, literal, presentada por dos personas diferentes al mismo profesor pero en diferente año, con hasta cinco puntos de diferencia. Métodos de corrección subjetivos. ¿No hay diferentes profesores capaces de corregir una misma asignatura en todo el estado, no digo ya en el mismo centro? ¿Porque no puede corregir los exámenes una persona distinta de la que tienes que interaccionar todos los días y puede tener algo en contra o a favor tuyo? Aunque conociéndolos, también así lo corromperían. Todos los ejercicios del examen se han hecho en clase para asegurar la jugada, la manipulación es estructural. Puntúa bien el que estaba escuchando no porque ha aprendido sino porque se aprende de memoria la resolución.

Es una verdad incómoda, yo era incomodo porque mi existencia, mi aprobar y los ejemplos cada vez más claros de manipulación eran cosas incómodas no solo al profesor que las cometía sino a todos ellos como conjunto. Incómodo, pero es así; igual que el hecho de que a esa edad los alumnos no sean ya los únicos en la clase que piensan en follarse a sus compañeras y por ello les den trato de favor.

¿Porque os creéis que las avaluaciones son a puerta cerrada? No recuerdo que año fue que me presenté a delegado para saltarme horas de clase y ya de paso tener un poco de acceso al backstage del mundo estudiantil. Se suponía que las avaluaciones eran a puerta cerrada para que no sean un caos, y ni siquiera puedes ir a cuando hablan de ti; pero como representante de los estudiantes yo sí tendría acceso. En teoría. Ese día, un miércoles por la tarde que podría haber estado haciendo cualquier otra cosa, me presenté in-situ y me hicieron esperar hasta que terminaron, una a una, de poner todas las notas y luego me llamaron a entrar. Se acababa de acabar la avaluación. No había sido testigo del proceso de poner una sola nota, se lo acababan de arreglar entre ellos y a mí me dijeron que si tenía una duda concreta sobre algún alumno podía preguntar. Dije que no, que yo quería ver el proceso en su totalidad y que no decidiesen sobre el futuro de la gente entre bastidores.

Yo era a sus ojos el diablo mismo en aquel momento. Se me informó, vía una multitud de docentes levantados, que yo solo estaba allí para decir lo que en tutoría hubiésemos preparado para decir en nombre de la clase (primera noticia, miré a mi tutor con interrogación mientras él se hacía el despistado) y que si no habíamos preparado nada, ya me podía ir. Criticaron la actitud de la clase en general durante los últimos meses y la mía en particular, la profesora esa horrible de ciencias del món contemporani dijo que si no sacábamos mínimo un ocho en la eso no íbamos a tener el nivel para hacer bachillerato y yo me fui sin decir nada más. Al siguiente día de tutoría, pedí un momento de atención, expliqué lo sucedido y que a lo que mi respectaba, el consejo de avaluación estaba muerto y el sistema de representación estudiantil una farsa de la que no pensaba tomar parte, pero que si alguien quería, tenía mi apoyo.

Nadie acudió a la siguiente.

Mi tutora de primero de bachillerato me confesó en una ocasión las fiestas y el mamoneo que eran en realidad esas reuniones, en las que se adjudicaban matrículas a dedo, comían bombones y bebían cava, se hinchaban las notas de sus alumnos preferidos y ponían, por turnos y educadamente, a los demás niños a parir.

Los ganadores en este sistema son los que saben camelar a los profesores; que muestran como ejemplo a seguir a la gente con baja inteligencia emocional que solo sabe hacer que lo que les mandan y a la gente que los trata con una sonrisa mientras se pasan exámenes robados por la espalda. Los perdedores acaban convencidos de que no valen para estudiar y declinan para siempre todo lo que tenga que ver con el mundo intelectual, porque pierden el carro del lenguaje y los tecnicismos en los que se basa la educación aunque sean capaces de comprender el fondo de las cosas si están bien explicadas.

Los profesores que cuatro años antes me hacían de palmeros y me mostraban orgullosos de mí ahora me despreciaban abiertamente, así que supongo que algo cambió en el momento en el que cometí el pecado de empezar a negarme a copiar los enunciados de los ejercicios y ahora estaba pagando las consecuencias. Desde el esto no lo esperábamos de ti, al preocupado si tienes algún problema en casa nos lo puedes decir, hasta llegar al yo soy el profesor y debes obedecer, no eres nadie para decir que estoy equivocada. Parece mentira que tenga que decirlo, pero un título de literatura no implica una autoridad intelectual en gramática. Un profesor que no aporta nada, que solo molesta, que no deja hablar, que te hecha de clase por absurdeces, que es el que te retiene en clase contra tu voluntad y el que te denuncia si no vienes, tiene el respeto que da su título y ninguno más: se convierte en una simple autoridad legal, como si hubiese un guardia de seguridad en su lugar.

Año tras año eran casi siempre siendo los mismos, los alumnos modelo esperan ser tratados mejor aun negando contra viento y marea la existencia de los roles. Recuerdo un profesor de catalán llamado Josep Llorenç, llegó ese año como gran novedad desde la Universitat de Girona y nada sabía de quien éramos a ojos de los otros profesores, que es lo que normalmente los nuevos averiguan cuando llegan, y tampoco le importaba una mierda. Trató a todo el mundo desde cero, valoró cosas y puso notas a las que no estábamos acostumbrados y echó de clase a buenas y malos cuando fue necesario por igual (para sorpresa de los segundos y llantos y padres hablando con jefes de estudio de los primeros), nunca dejó que nadie le hiciese la pelota. Le importaban los resultados, le importaba un pepino quienes fuésemos. Podía tener defectos y ser nada convencional, pero era consecuente. Le presenté un texto argumentativo titulado Las lecturas obligatorias fomentan el odio a la literatura, y me eximió de tener que leer nada que no me apeteciese durante ese curso. Como daba la casualidad de que ese año era el mismo en el que fui delegado me trataba como tal y me reuní con él en dos ocasiones al final del segundo y tercer trimestre para pactar como íbamos a hacer para aprobar a todo el mundo y que por no aprobar catalán nadie se quedase sin el título de cuarto de la eso. También me expulso y suspendió varias veces, la mayoría justamente. Las formas, entrando más en su manera de interpretar la asignatura, le importaban, pero no eran más que un marco, que también puede ser flexible y tiene contenido per se. ¿Resultado? Dejé de lado la revista de sudokus que hacia normalmente en catalán y de cuando en cuando escuchaba sus clases antes de que gracias a los alumnos modélicos intentasen hacer con él lo mismo que intentamos nosotros con todo el sistema en la época del montclar y se volviesen otra vez aburridas.

Por respeto o interés y también porque eran un show en vivo; no era necesariamente un buen profesor ni la mejor forma de llamar la atención de un grupo de alumnos pero como mínimo era algo diferente.

Este profesor quería productos acabados. No pretendía joder a nadie, solo hacer que reaccionásemos y nos tomáramos en serio nuestro trabajo, por su propia importancia; no le obsesionaban las notas. 

A la semana, todos los alumnos bien lo criticaban y los profesores gastaban el precioso tiempo de sus respectivas asignaturas para dedicarse a hablar mal de él. Los profesores se retroalimentan entre sí, lo que hacen en el aula, los resultados que tienen, los alumnos preferidos que tienen en común; todo influye en su preciada vida social con otros profesores. Es normal que tengan tanto en común, nada une más que querer secretamente acostarse con sus alumnas adolescentes. Si alguien no quiere entrar en su mundillo, lo excluyen como si estuviésemos en el patio del colegio. Son una subcultura más del instituto, como los canis, los empollones o el típico grupillo de pijas best friends forever que se liaban con los novios unos de las otras a sus espaldas. 

Ese profesor no duró ni un curso antes de volverse a estudiar a la universidad.

Años después, dentro de la misma asignatura pero con otra profesora me negué a leer, como era lógico que haría, las lecturas obligatorias. Empecé una exposición oral sobre una de ellas con algo parecido a esto:


- El libro que me tenía que leer se llama (ni idea), pero no me lo he leído así que os voy a contar sobre otro que sí que me leí porque me apetecía llamado Forrest Gump.


Tras lo que improvisé una exposición sobre el libro Forrest Gump.

Para mi sorpresa y la de todos, la profesora, con la que no tengo ni tenía ni tendré ningún tipo de simpatía, no me suspendió en el acto. En vez de eso, me recomendó un par de los mejores libros que he leído en toda secundaria. Lo cual, más que demostrar la injusticia de mi odio reforzaba la absurdez del concepto de lecturas comunes obligatorias. Pues si aquella mujer, de quien no tengo nada bueno más que decir tras tres años de profesora de mi lengua materna, era capaz tanto de echar a perder una asignatura como de hacer recomendaciones personales tan increíbles, cualquier otro profesor puede hacer algo parecido. ¿Cuantas horas se pasan hablando o preparando en su casa o en su departamento las clases o ejercicios que hacer, y cuando tardarían en interesarse por los intereses de cada alumno y recomendar un par de libros al año a cada uno de ellos? Compara la influencia que ha tenido en tu vida algún de los mejores libros que has leído, con la influencia de un año escuchando un profesor más del montón. Entiendo que no se trata de un concurso de causar impacto, pero es que tampoco les estas enseñando nada con esas listas de recursos literarios o pronoms febles.

Me podría poner a profundizar sobre porqué las asignaturas de lengua se dan mal, pero solo diré que uno la literatura no es historia de la literatura, dos que las faltas de ortografía no son el santo grial si no una convención que aceptamos para que los demás no crean que somos incultos o no sabemos usar el auto corrector y tres que las formas y los recursos no tienen sentido si no es como solución a un conflicto o problema que te has encontrado expresando y que no son la expresión en sí.






He mencionado anteriormente el tema por encima, pero realmente las chicas de mi clase jugaron durante la eso un papel esencial en mi dinámica en clase. Quizás al principio eran un motivo más por el que querer impresionar o el único por el que ir, quizás después cuando cambie mi actitud con el mundo y fuera del instituto empecé a tener éxito y ligar, intenté de alguna forma replicar el mismo patrón que me funcionaba en otro lugar y eso explica la radicalización de mi conducta. Porque ya saben que rebelarse vende. Pero nunca conseguí nada con ninguna de ellas, supongo que por una cuestión de violencia horizontal: alguien te ha conocido en algún momento de tu vida y serás para ellos la persona que eras en aquel momento, y de forma inconsciente intentaran devolverte si te sales a tu lugar. A nadie le importa una mierda que tire de una alarma de incendios un repetidor, pero si tú eres buen estudiante, no tienes derecho a cometer ese error. Tampoco tienes derecho a ser misterioso, ni un genio, ni sexy si te conocieron hace mucho tiempo y no lo eras entonces. Nadie es profeta en su tierra. En cualquier caso, a partir de algún momento ya no me importaron más así que empecé a actuar con real indiferencia; de hecho, todas las chicas con las que acabé en algún momento u otro liado y he compartido clase alguna vez, eran posteriores a la primera fase de secundaria; solo tenían entre ellas en común que no me habían conocido en mi rol social original.

Ese año suspendí, en ese gran año de conquistas personales que nada tenían que ver con el instituto y solo parcialmente con las chicas, un total de cinco asignaturas, de las cuales tenía que recuperar tres para pasar de curso. Esos días estábamos en pleno 15M y yo me encontraba acampado en el paseo del mar del pueblo; estudiando en medio de una revolución o en silencio en el fondo de la clase mientras los otros hacían sus mierdas de, ya he aprobado el curso ha terminado pero sigo aquí porque estoy obligado.

Hasta el último momento, un día de finales junio al ir a recoger las notas, no supe que había pasado de curso. Me quedaron un par de asignaturas a recuperar el año siguiente, castellano de ese ser del que ya hemos hablado pero no terminado llamado Estela Pastor, y otra más que no puedo recordar.

Lidia, respondió a mis aires de importancia con una sonrisa. Quizás la profesora que hubiese necesitado años atrás, la única que pasados los catorce me intentó motivar con algo diferente a la amenaza de un castigo mayor. Me dio medios para avanzar y plantearme retos. Pero yo estaba demasiado ocupado, demasiado absorbido por el cambio inevitable, la tormenta perfecta de mi nuevo rol y victoriosa rebeldía.

No merecí una tutora como esa, y la valoré mucho más cuando la perdí de vista el año después, pues creo que tuvo un hijo con su novia o quizás intentaría construir otra casa en el bosque después de que acabase el juicio de lesiones a la funcionaria que les mandó derruir la primera. También David, entre algunos más, se quedó en el camino. Repitiendo él primero, el día a día con el que habíamos logrado sobrevivir en territorio hostil ya no se iba a poder repetir. El verano del amor™ se abría a mi alrededor, lejos de aquel lugar. Quizás el futuro año aparecía sombrío pese a la primera batalla superada, pero antes, un mundo de distancia había entre el siguiente mes de septiembre y aquel inesperado nuevo amanecer.

Sin ya lugar a duda, de un modo u otro, los tiempos estaban cambiando.








Parte I             Education Labor Through

Parte II            Dulce Introducción a la Secundaria

Parte III           I Met God, She's Gay and He's Black

Parte IV           Independent Though Alarm

Parte V            The Times They Are A-Changing

Parte VI           Jesus of Suburbia I

Parte VII          Jesus of Suburbia II

Parte VIII         The Beginning and the End






la deseducacion, the times they are a-changing
the decay of western civilization /?
random local guys


1 comentario:

  1. Anónimo14/2/17 9:07

    Cada article àcid que escrius és un
    recordatori de que almenys no tothom
    està atrapat dins la bombolla. Merci.

    Josep Riera Cuadras

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