[Capitulo 10] Deus ex machina





 - Hola.


Un hombre de unos veinte años y con el aspecto más extraño que había visto nunca en mi corta vida se apareció de pronto junto enfrente de mis narices rompiendo toda la tensión espiritual del momento y lugar con total indiferencia. No era yo, ni tenía que completarme ni nada, ahora era solo un extraño que por alguna razón extendía la mano en mi dirección como esperando que hiciese algo con ella. Se debió de dar cuenta, porque la retiró y pidió disculpas. Es la costumbre.

Llevaba una ropa oscura sin marca alguna de alguna gran casa, salió del camino de hacia lo profundo volviendo a poner la cuerda roja en su sitio como si temiese que sin ella yo me adentrase, haciendo un gesto que venía a significar: vengo a cambiarte la vida, pero eso sería demasiado para ti. Me miró a los ojos con total profundidad, y de pura intuición le seguí hasta a una de las altas rocas de la falda de la montaña cuando rompió el contacto visual dándose la vuelta teatralmente; allí, guardamos silencio.


 - Tú y yo somos iguales.


Lo dijo sin la sonrisa medio traviesa medio ilusionada que había caracterizado nuestro ascenso. Su expresión era ahora seria, miraba al horizonte y me di cuenta de que era joven, casi tanto como yo, pero que el mundo le había hecho parecer mucho mayor. Y entonces empezó una de las conversaciones más increíbles que haya oído nunca nadie. Increíble porque sencillamente no era creíble, no porque fuese extraordinaria ni dijésemos nada del otro mundo. Me preguntaba las cosas más simples y yo le contaba cómo funciona el mundo como si se lo estuviese contando a un hombre en plenas facultades mentales pero con el conocimiento y sentido común de un niño de cinco años. Él no me quiso contar mucho sobre quien era o que hacia aquí o de donde venía, pero sus reacciones a mis explicaciones corrientes eran más enigmáticas que cualquier gran leyenda que pudiese yo explicar.


 - ¿Será cierto eso de la guerra del bien y el mal? ¡Que divertido! Y quién ganó, es decir, ¿los que quedáis sois buenos o malos?

 - Pues, el bien.

 - ¿Y cómo lo sabes?


Parecía hablar del bien y el mal un poco como mi maestro, aunque aprecie en él lo que parecía una genuina indiferencia que me sorprendió, porque no noté el brillo de intensidad en los ojos de mi maestro cuando hablé con él por última vez, pero ahora noto su ausencia en las de ese extraño chico. Le conté sobre las escrituras, sobre mi vida, sobre el pueblo sobre los señores y los cruzados, sobre los jardines, sobre los caballeros negros sobre las tabernas y las leyendas del bosque. Pero no solo eso. Le conté sobre que hacia ahí, le conté sobre nuestra traición a los cruzados, sobre los libros prohibidos.

Por alguna razón los espectros a caballo le hicieron tanta gracia como la disyuntiva entre el bien y el mal.


 - ¿Seres perdidos de las historias sin destino? ¿Y dices que van sobre animales increíbles que les llevan a todas partes a cuestas?

 - Y también tienen poderes, entran en los sueños de la gente y se encuentran en los caminos a antiguas...

 - Ya lo tengo, creo que yo seré eso, un Raider.

 - Se pronuncia rider. Y no es un oficio al que uno se puede convertir no sé si me estas entendiendo.

 - Te entiendo - dijo con una sonrisa seductora - verás, el truco está en no tratar de convertirse, sino en ser.


Le miré sin entender nada


 - Oh, perdona, no has podido entender la ironía, es que la frase en inglés se entiende mejor.

 - ¿Qué diablos es el...?


Entonces, a media frase, un misionero se posó sobre su rodilla, y antes de que le pudiese explicar qué eran y antes de poder deshacer el nudo en el estómago por el recuerdo del último y mí bloqueo. Ese hombre escuchó lo que el pájaro le dijo y sin pensarlo dos veces, lo mató.

De pronto me di cuenta de qué estaba haciendo. Su indiferencia disfrazada de inocente curiosidad a la diferencia entre lo que viene de abajo o arriba me golpeó como un martillo. Había contado todo, mis miedos, mi vida; y puesto en sus manos las vidas de mi familia y de mi maestro con todos esos secretos que, magnéticamente le había, como a un igual, sin conocerle de nada, confiado.

Ahora veía, en su rostro, una palidez que intuía una calavera, en su ropa, señales de que podía montar a caballo, símbolos, heráldicas de leyendas que hace mucho tiempo que fueron y ya no podían ser.


- Qué eres. - le pregunté en un tono absolutamente neutro.

- Lo mismo que tú. - me contestó devolviéndome el perfecto y sereno tono.


La sangre de misionero le salía por las rendijas del puño cerrado de su mano derecha.


- No somos iguales.


Dije eso con una voz rota, quizás lo dije gritando, porque dejé al caballero negro clavado en la piedra. Lo dije con una voz que sin duda yo no podría haber pronunciado dentro de la conmoción que acababa de sufrir ante tal acto descarnado de violencia innecesaria. Eso no podía habar pasado, eso no acababa de ocurrir. Salí corriendo, corrí sin mirar atrás, corrí muchos caminos, sin mirar adelante, sin atreverme a pensar y dejé que el olvido y la negación entrasen en mí. Hasta que por fin alcé la vista lo suficiente para ver a lo lejos la casa de Rath, la casa de mi señor, incendiada bajo una mancha negra en el cielo.

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