Miedo y asco en Montblanc. Crónica de la Acampada Jove


Llevo años escuchando a mis amigos de la jerc hablar sobre la acampada jove, y todo son elogios, recuerdo un: “la acampada jove es lo más parecido a Woodstock que hay actualmente”, creo que fue Pep el que lo dijo, obviamente sabía que estaba exagerando, pero me hizo despertar bastante curiosidad sobre este festival.

Finalmente, este verano he decidido ir, ha sido infinitamente diferente a como me lo imaginaba, en algunos aspectos mejor y en otros peor; tras años de escuchar historias situadas allí, era imposible que no me hiciera una visión propia de cómo es el lugar, y aún más imposible que esas imaginaciones estuvieran muy alejadas de la realidad. Si en las dos ediciones de Miedo y asco en Barcelona predomina el miedo, en esta lo hace el asco; el asco que sientes al despertarte dos o tres horas después de haberte acostado ya que el calor no te deja dormir más, y al salir de esa tienda infestada de dióxido de carbono, en vez de oxigeno te dé la bienvenida un suculento y abundante polvo, que se te pegará al cuerpo, entrará en tu boca y penetrará por tus fosas nasales.

Este asco se desvanece progresivamente, tras la comida, un paseo por el amigable pueblo y una siesta en la sombra del césped que envuelve la muralla te encuentras bastante mejor; pero el punto de inflexión es la llegada de la noche; mares de alcohol, música y buen rollo diluyen el malestar. El mañana se desvanece, pero acaba regresando, y casa vez con más fuerza, la resaca se vuelve acumulativa; el polvo (o el MDMA) destruye tu lengua y dejas de sentir el sabor de los alimentos; entonces, te das cuenta de que no vas a aguantar tres días sin cagar, tan solo entonces aceptas tu derrota, y te diriges con la rendición en tu mirada, hacia uno de esos asquerosamente sucios, claustrofóbicos e infestados de bichos váteres comunitarios.

Llegados a ese punto, Pablo, David y yo, nos cuestionamos si, en vez de gastar nuestro dinero en comida nos salía más a cuenta comprar una pistola y suicidarnos.





El día de partida fue el miércoles, el bus salía a las cinco y llegué unos minutos tarde. El camino se me hizo insoportable, logré dormirme, pero mi hijo Pablo me incordió de mala manera, Nota y yo debemos haberlo malcriado. Nada más llegar, bajé aliviado, me encendí un ducado rubio de paquete blando y me dirigí al estanco más cercano a por provisiones.

Aquella noche fue muy tranquila, estábamos solo los colaboradores, entre dos y trescientos diría. Pasada la medianoche, los mandamases dieron un discurso, y la verdad aparte de que se me hizo pesado, no me moló lo que dijeron; cabe rescatar el de un tio gordo con patillas, bastante agresivo en todos sus gestos y entonación, no recuerdo que dijo pero lo detesté. La idea general consistía en que, la importancia del festival es política y la música es secundaria, y que, nosotros estábamos allí, más que para divertirnos, para trabajar.
El turno que me había tocado era terrible, la primera noche de 00:00 a 06:00, el segundo día de 18:00 a 00:00 y el sábado me perdía toda la noche también; voces en el horizonte comentaban que no iba a cumplir mi horario al completo. Compartía destino con Bengue y Gigi.

El jueves fue un día tranquilo, comimos en un bufet libre que valía tan solo cuatro ponis, la comida no era de lo mejorcito, pero salía muy a cuenta; dimos vueltas por el pueblo. La verdad es que me gustó muchísimo, poco recuerdo realmente de ese medio día y tarde; sé que me subí a un árbol, y que comimos casi todos los de Sant Feliu juntos.




Más tarde, con el campamento repleto de gente que había pagado su entrada, se nos acercó un joven sin camiseta a pedirnos tabaco, todos le ignoraron, mientras que yo le ofrecí mi paquete de drum para que cogiera un poco; con el paquete en la mano dijo que ahora volvía y se desvaneció, tardé unos segundos en darme cuenta que la situación no era normal y me levanté para encontrarlo, pero nunca más se supo; había bajado la guardia, pero eso me despertó, me enfadó, y me hizo ver que me habían mentido, eso no se parecía en nada a Woodstock, estaba lleno de gilipollas, por mucho catalán que hablen o independentistas que sean, no quita que frecuenten el lado oscuro y lo que ello representa. Como me enseñó la Naranja Mecánica, para sobrevivir en esta sociedad hay que encontrar un equilibrio entre el bien y el mal, el exceso o pureza del primero de los dos nos convierte en alimento para los depredadores.

En ese momento me enfadé mucho, cogí una de las bolsas de papel que repartían, el lápiz que había traído, y me puse a escribir. Hablé sobre lo patéticas que me parecen todas las formas de nacionalismo, sobre cómo ellos se ciegan en sus ideales independentistas. En la manifestación por la independencia catalana asistieron más de un millón de personas, mientras que en la de la república española tan solo unas diez mil; me parece algo egoísta y estúpido, obsesionarse con que Cataluña sea un país empieza a ser un problema cuando las consecuencias de esto nos afectan a todos; si hubieran luchado también por la república, algo totalmente posible en esta transición que acabamos de vivir, en vez de ofuscarse por la actualmente imposible independencia, podríamos haber logrado algo beneficioso para todos; además, creo que es más fácil independizarse de una república que de una monarquía, por parlamentaria que sea. No tengo ni idea de política, pero me he dado cuenta que, la mayoría de jerkis que conozco, saben aún menos; lo poco minimamente inteligente que sale de sus bocas relacionado con política son frases que han escuchado y repiten tal cual, simplificándolas quizás.




No digo que ninguno sepa lo que se dice, porque hay más de uno que sí; y tampoco quiero que se me malinterprete con el tema independencia, no estoy para nada en contra, pero tampoco a favor; es algo que me da igual, porqué no me siento ni español ni catalán, si siento amor por la tierra donde he nacido, este va exclusivamente para Sant Feliu de Guíxols y los alrededores más cercanos, de hecho, desde Random Local Guys, estamos trabajando en una campaña por la independencia de Sanfe y cercanías.
Odio estar enfadado, necesitaba sentir amor, necesitaba medicina, así que decidí que esa noche tomaría un poco del cristal que había traído.

Me preparé dos bombetas, una pequeña para esa noche, y una grande para mi noche libre; pasadas las once me tomé la pequeña; estuvimos jugando al “jo mai mai” antes de que Gigi y yo nos tuviéramos que ir a cumplir el turno. El M me subió, y bastante mal, me encontraba fatal. Nos dirigimos hacia el curro un rato antes ya que no teníamos hora y en realidad no sabíamos donde era; compramos un bocata y estuvimos hablando; en aquel momento estaba fatal, solo podía estar estirado, pero hablar con mi compañero me ayudó mucho, no sé que me explicó, pero relacionarme con él me hizo estar mejor.

Una vez en la zona donde teníamos que currar, Bengue nos presentó a los compañeros y al supervisor, ambos valencianos. Nos sentamos al lado de Marc y estuve hablando con él de Random Local Guys, y sobre mi idea de escribir un “Miedo y asco en Montblanc”; el supervisor, que se llama Cristian, se interesó por lo que decía preguntándome que para que revista escribo, le expliqué de lo que se trata todo esto de RLG, aunque lo hice fatal, no estaba en condiciones de nada. Hablar con Bengue me hizo encontrarme bastante mejor, y gracias al Diego, aquella zona no requería apenas trabajo, por lo que pude estar tranquilo.
Más tarde nos cambiarían de sección, también nos dejarían tiempo libre; hable mucho con Marc, tocamos temas sinceros, y nos vino muy bien, sobre todo a mí, que por el efecto de la droga, necesitaba esa empática relación para estar bien.

Una hora antes de acabar el turno me quedé dormido en una silla, y el supervisor me dio vía libre para irme a la tienda.

La mañana del viernes fue dura, pero al verlo con perspectiva, soportable. Ese medio día volvimos al bufet de los cuatro euros; esta vez fuimos menos, de hecho, solo David, Castro, Pablo y yo; y fue una comida épica. Nos olvidamos de tomar nada, y nos subió, y mucho; esos malditos colocones naturales de los cuales ni puedes, ni quieres escapar; te ríes por todo, haces tonterías que tan solo encontraría una genialidad un crío de ocho años y dos meses y te descojonas, como si no hubiera un mañana, bueno, más bien como si no hubiera un después.

Recuerdo que Pablo estaba sirviéndose agua y cayeron hielos de la jarra a su vaso, derramando una cantidad inmensa de agua que inundó el garito; nos reímos de su mala pata, y tras dejarle claro lo patoso y tonto que era, me eché agua y me pasó exactamente lo mismo. Tras lo que me parece ser un espacio de tiempo de horas pero a la vez puede que pasara antes, tuve una trágica historia de amor con los macarrones; el caso es que, el local estaba a reventar, y nunca quedaban macarrones, en cuanto los servían se formaba una cola y se acababan en poco más de un minuto. Todos habíamos acabado de comer, pero no quería irme a casa sin tener un poco de esa pasta con tomate y carne en mi boca; esperamos y esperamos, pero no los reponían, pasé noches en vela preguntándome si ellos me añoraban tanto como lo hacía yo, incluso dejamos una nota al lado de la bandeja vacía que decía: “llamadnos cuando traigan macarrones” y el numero de Castro; no nos llamaron.




Tras una inmunda espera, conseguí un plato con macarrones, pero como suele pasar con muchas historias de amor, el esfuerzo por conseguirlos, había creado una idealización y unas expectativas demasiado altas que no fueron cumplidas; no eran para tanto esos macarrones, tuvimos que irnos con la mirada baja y sin mirar atrás, fue bonito mientras duró, pero nuestro camino se separaba, y ambos teníamos que seguir adelante con nuestras vidas; no podía pasarme el resto de mi vida comiendo esos macarrones.

Me acercaba a la bancarrota, e invertí la mitad de lo que me quedaba en chuches y tabaco. Sorteando mi último chupa-chup en una partida de piedra, papel y tijeras, Gigi sacó piedra, derrotando a sus cinco rivales que habían sacado tijeras, logrando la más épica victoria jamás vista en la historia de este juego. Los juglares cantarán sobre tal hazaña durante generaciones.

Pasaba el medio día, el Sol pegaba fuerte y no tenia donde sentarme, así que espontáneamente decidí volver a casa caminando; sin pensármelo dos veces me despedí de David y Pablo y dejando todas mis pertenencias allí, me fui.

Me acerqué a la estación de tren y vi que en breves salía un tren en dirección Barcelona y me colé, ya que tan solo me quedaban dos euros. Dos o tres paradas después vino una revisora, de unos cuarenta pasados, pelo corto pelirrojo, teñido; fui expulsado de allí. Me bajé de ese condenado tren desembarcando en un peculiar pueblo, donde todo su conjunto era de un estilo neogótico; y una gran niebla cubría todo el lugar. Allí tenía lugar un provocado y casi finalizado atardecer.
 

Estuve dando una vuelta cuando, ya de noche, en el callejón de mi izquierda se me apareció el espíritu de Jim Morrison; me acerqué a él a la vez que él se acercaba lentamente hacia mí, una vez cara a cara me susurró al oído: “Cristian… te has dejado el MDMA” mientras la revelación hacía efecto sobre mi mente y se materializaba en mi expresión facial, le contesté: “¡ostia! Jim, tienes razón, vuelves a tenerla”. Me levanté, salí del lavabo y volví con mis amigos; nada más llegar dije: “¡No vais a creer lo que me acaba de pasar!”; y no, no lo creyeron, se echaron una risa y desmintieron mi historia alegando que había ido a cagar.


Aquella era mi noche libre, pero antes tenía que cumplir un turno de seis de la tarde hasta las doce, puesto que en nuestra sección no se necesitaba apenas gente, me cambiaron a un acceso de entrada y más tarde a la vigilancia de una puerta de emergencia; allí, solo, y sin nada con lo que entretenerme, ni tan solo el lápiz y bolsa de plástico; me aburrí de mala manera, algo exagerado. Me hice un par de porros para suavizar el cansancio, el aburrimiento y la desesperación.

Cuando al fin llegó mi libertad en forma de jerkis que me relevaban, una inmensa euforia invadió cada célula de mi cuerpo y me dirigí muy rápidamente hacia nuestras tiendas pero, una vez allí me encontré lo último que me apetecía, todos estaban cansados, de un apalanque máximo, Claudia se fue a dormir, David y Pablo se iban a su turno. Me quedé con Gigi, Davinia y Adri, más tarde se nos uniría Gemma. Intenté animar el ambiente, pero él pudo conmigo, me entró mucho sueño, y me planteé el irme a dormir, sin embargo, eché algo de cristal al cubata y me tomé la bombeta. El tiempo pasaba, y cada vez tenía más sueño; sabía que estaba desperdiciando tanto la droga, como una noche potencialmente brutal, pero decidí irme a dormir. Allí estaba yo, reuniendo fuerzas para moverme hasta la tienda cuando, de repente, me recompuse, adopté una postura mucho más activa y noté como mis ojos se abrían descomunalmente y nada podría haberlos persuadido para que no lo hicieran; una maravillosa energía recorría mi cuerpo, ¡la bombeta había surgido efecto!
Nos dirigimos a la zona de conciertos, estuvimos bailando pero, mi tabaco se estaba acabando; así me separé del grupo sin avisar para ir a pedir, muy educadamente tabaco, ya que soy más consciente de nadie de lo que ello supone. La noche anterior la acampada jove había fumado de mi, y ahora me tocaba a mi fumar de ella.


La noche fue increíble, estar con mi grupo de amigos no me proporcionaba la cantidad de estímulos suficientes que necesitaba entonces, así que me iba y volvía; con la escusa de pedir un cigarro conocí bastante gente, algunos mejores que otros, y algunas conversaciones fueron más duraderas que otras. Recuerdo dos chicos que no tenían un piti, sin embargo, buscaban con algo de desesperación alguien a quien pillar heroína. Estuvimos un rato hablando sobre drogas, les recomendé el Kratom, y uno de ellos me recomendó, que si nunca probaba el caballo, que no fuera una dosis convencional; afirmaba que su primera vez se metió un gramo de golpe, y que la sobredosis ni la olió y que fue genial. Al cabo de unos minutos nuestro camino se tuvo que separar, y más adelante me encontraría a uno de ellos. Buena gente sin duda.

La noche avanzaba, y no parecía que ninguna clase de mañana se estuviera acercando, sin embargo, unos rayos de luz proclamaron lo inevitable y temido; se hacía de día, y cuando se hace de día acostumbra a venir de la mano de un mañana. Propuse correr en dirección contraria, huir; escapar de tal amenaza, pero nadie estaba conmigo; estaba dando la noche por perdida cuando, desde la carpa de los DJs se acercó en forma de sonido Son Goku, también estaba Bulma, no faltaban Krilin y el Follet Tortuga; era el opening de Bola de Drac, y le siguió el de l’Arale; de repente estaba allí, dándolo todo.


Una vez pasado ese momento, pasé una eternidad con la necesidad de escuchar Roadhouse Blues, mi móvil estaba sin batería, la zona con enchufes cerrada, y Jaume, que tiene el tema en su teléfono, desaparecido; irme a dormir sin escucharla fue una terrible derrota, apaciguada con el porro de costo que me regaló un simpático y joven chico que no conocía y que estaba en nuestro campamento.

Aquella mañana dormí cosa de una hora; salí de la abrasadora y sin oxigeno tienda para encontrarme un aire repleto de polvo; necesitaba respirar aire, aire a secas. Notaba como si el MDMA hubiera dado un mordisco a mi cerebro, y ahora estuviera a carne descubierta, tocándole ese asqueroso aire; no soportaba esa sensación. Fuimos, con Pablo y Gigi a darnos una ducha a otra zona de acampada, donde había menos gente y donde; gracias a Dios, se podía respirar un oxigeno en mínimas condiciones; y fue revitalizante, mágica; sin duda una de las mejores duchas de mi vida, mejoró con creces mi estado.

Yo, Pablo y David nos dirigimos hacia el súper más cercano a gastar lo poco que nos quedaba en comida, pero este estaba cerrado, este y cada uno de ellos, el puto domingo. Entonces nos desmoronamos, dejamos de pensar individualmente y pasamos al colectivo, teníamos que llegar a los doce euros en total para que los tres pudiéramos comer. Tras un buen rato contando, y reuniendo monedas rojas, llegamos a cifra deseada; y tras menos de media hora de cola bajo el peso de los puros rayos de sol saltando bruscamente a ritmo de cual canción ruidosa de grunge sobre nuestro destrozado cuerpo, vimos el desgarrador cartel de precios de la entrada; el cual nos recordó que en fines de semana el menú costaba cinco y no cuatro.


Tras ese golpe que suponía la más desesperanzadora decepción, y que había tirado nuestra moral por los suelos, abandonamos la cola, y nos sentamos en nuestro banco; el banco en el que reposábamos después de comer, bajo los rayos de aquel Sol que apenas se tomaba descanso; pero esta vez, con el estomago vacío. Justo después de que David y yo matásemos a una pobre e inocente mujer, madre soltera, con una familia que alimentar y empezásemos a devorarla cruda; Pablo recontó el dinero y teníamos los malditos quince ponis. Volvimos a la cola.

Pablo entró primero, después David, pero le faltaban veinte céntimos; tras unos interminables segundos de duda, de no saber cómo reaccionar ante la presencia de la muerte en persona que se le apareció ante sus ojos y quiso llevárselo; le dejé la calderilla que le faltaba, pero era mi turno para entrar y había algo con lo que no contaba… ¡Me faltaban veinte céntimos para llegar a los cinco euros!


Esta vez fue a mí a quien se le apareció la muerte ante los ojos; me susurró unas palabras imposibles de reproducir, me transmitió unas de esas sensaciones que interpretamos no por ninguno de los cinco sentidos. Ya me había seducido, yo ya era suyo, me iba a llevar con ella, al lugar del que nadie nunca ha vuelto jamás, le cogí de la mano, era delicada, fría y sensual, un frío pero reconfortante éxtasis recorrió todas y cada una de las células de mi cuerpo, me sentí más lleno y realizado de lo que nunca podría haber imaginado que fuera posible sentirse. Me dispuse a dar el primer paso para seguirla cuando, la realidad empezó a desvanecerse, todo lo que veía empezó a girar y desaparecer, cualquier sonido era substituido y a la vez solapado por un agudo e insufrible pitido; noté como caía, y a la vez subía, mi cuerpo bajaba, mi mente se alzaba y en menos de lo que canta un gallo todo desapareció. Volvía a estar en la cabeza de la cola, y un chico me estaba ofreciendo el dinero rojo que me faltaba. Sin darme cuenta me había trasladado a otro mundo, al crepúsculo que divide la vida y la muerte; estuve delante de la línea transitoria que divide los dos mundos, pero había vuelto, y con una misión. Comer más de lo que nunca imaginé que mi cuerpo podía digerir.

Aquel medio día comimos como nunca antes lo habíamos hecho, olvidamos los sabores, olvidamos texturas y colores; la distinción entre carnes desapareció, ¡qué digo! La distinción entre lo que es carne, lo que es salsa, lo que es verdura o lo que es pasta se había desvanecido. Nuestra mente estaba siendo enturbiada por el más puro instinto animal, queríamos engullir, tragar, arrasar con todo, plato tras plato.  No pensábamos dejar supervivientes.


Esta vez no recogimos nuestros platos, dejamos la enorme montaña de estos como aviso, aviso a cualquier cosa comestible que estuviera allí, para que recordara cual era su triste destino; también lo hicimos para dejar clara nuestra superioridad y marcar nuestro territorio. Nadie en la historia de ese maldito y asqueroso restaurante de pacotilla había conseguido ni tan solo acercarse a lo que aquel día hicimos nosotros tres, convirtiéndonos pues, primero en héroes, del pasado, presente y futuro; más tarde en leyenda, y poco después en mito. Sin embargo, nadie de los allí presentes olvidará nunca ese día. El día en que tres chavales, armados tan solo con su vacío estomago, arrasaron de tal manera, destruyendo todas y cada una de las leyes actuales de la física.

Nunca miramos atrás.




Aquella tarde fue embriagadoramente relajante; dormí bastante en aquel simpático césped ya mencionado anteriormente, recuerdo estar en el Olimpo que separa la vigilia del mundo onírico, y escuchar los maquiavélicos planes de mis amigos. Estos consistían en pintarme mientras dormía, no me importó en absoluto.




Una vez despierto dejé que continuaran, y mi espalda se convirtió en un lienzo de acceso libre para el que se atreviera a expresar el interior de su atormentada alma, o lo creativo que es cuando va puesto de crack.



 

Aquella noche fue desastrosa; me encontraba fatal, estaba muy cansado;  se suponía que a las doce empezaba mi turno hasta las seis de la mañana, pero no estaba en condiciones…
A pesar de ello quería ir, no sabía qué hacer; no quería dejar tirados a Gigi y Bengue, y tenía cierto compromiso con el supervisor, ya que habíamos congeniado tan bien, por lo tanto decidí que ya lo decidiría más tarde.

Aquella noche abrían el escenario grande els Pets, y no me lo quise perder, estuvo bien, a pesar de que conozco uno o dos de sus temas; fue el grupo que más me moló del festival. Y os estaréis preguntando: ¿wow, es la primera referencia a un grupo, no se suponía que era la crónica de un festival de música? Podría dar detalles sobre como fue el concierto pero, es el sitio y el momento, por lo tanto no lo haré.

Estuvimos jugando al “jo mai mai”, me invitaron a birras, me emborraché y me di cuenta de que a pesar de todo, no debía ir a cumplir el turno, para ir y dormirme a la media hora, mas valía que me quedase descansando en la tienda. Nos estuvimos divirtiendo un rato en la mesa que había traído Jaume hasta que en cierto momento me quedé dormido en mi silla; alguien me tapó con algo, no recuerdo quién ni con qué.
Dado el momento de que mis amigos quisieran ir a la zona de conciertos, quizás sobre las dos o tres, me despertaron, y entonces, medio dormido entré en la tienda y me dispuse a descansar todo lo que no había descansado esos tres días.

Aquella mañana fue devastadora; las horas de sueño no fueron suficientes, y Bengue nos despertó pronto para que recogiéramos, ya que teníamos que coger el bus; Pablo y David ni se inmutaron, yo le dije que perfecto, que ahora salíamos; ¿Sabes cuándo te convences a ti mismo de que puedes dormir cinco minutos más, pero te quedas atrapado en el mundo onírico durante horas? Pues esta no fue una de esas, esta vez no pensaba estirarme cinco minutos y levantarme, pensaba dormir profundamente ignorando las circunstancias.



Al cabo de a saber cuánto rato, volvió a despertarnos, o a intentarlo; y sinceramente no recuerdo si fue a la segunda o a la tercera que finalmente salimos de la tienda.
De lo que hacía unas horas era una aglomeración de decenas de miles de personas, ahora solo quedaba su huella; quilos de basura, basura y más basura. Con la zona de acampada casi vacía recogimos y plegamos la tienda.




Con todo recogido y muertos de sueño, miramos la hora y… ¡Aún quedaban un par para que viniera el autobús! ¡Por el amor del Diego! Ahora teníamos que esperar bajo el sol, sin poder dormir, sin agua, y sin nada que hacer. Nos habían despertado demasiado pronto.

La responsabilidad es para los sensatos, y ser sensato es demasiado insensato.

En cierto momento encontré el paquete de pan bimbo que compré el primer día, del cual solo había utilizado dos rebanadas. Estaban secas, duras; y le lancé una a Pablo en modo ninja, él la recogió y me la tiró a modo ninja también; entonces empezó una legendaria batalla; a poco a poco se nos fue yendo de las manos, cada vez encontrábamos más objetos que lanzarnos o ruinas en las que refugiarnos, lo que empezó como una batalla por combatir el aburrimiento se convirtió en un combate de vida o muerte, una guerra de la cual solo saldría uno ileso.

Dejaré los detalles para vuestra imaginación, pero cabe comentar que a alguien se le llenó el culo de chorizo pasado, y el pelo de pasta de dientes.

 ¿Qué quién venció? Por favor… Es obvio.

He aquí una representación de los echos con la colaboración de los actores Hayden Christensen y Ewan McGregor.



Cogimos el bus, dormimos.

Una vez en Sant Feliu todo había cambiado, físicamente la experiencia terminó, pero se creó un vinculo entre todos nosotros, un compañerismo, una camaradería; que disminuiría con el pasar de los días, pero que en aquel momento fue muy intensa. En todo momento tuve presente escribir este artículo, pero al saber que mi compañero de aventuras Pep no iba a venir me preocupé. ¿Cómo iba a vivir un Miedo y asco en sin Gonzo? Pero llegados a este punto lo entendí todo. Gonzo no es sino, una energía, un espíritu; que a veces se apodera de cuerpos de determinadas personas, elegidos por el destino. The chosen one. Una profecía que malinterpretada pudo haber sido.

El caso es que, si ves y vives el mundo con los ojos adecuados, nunca estarás solo en tus vivencias, escucha, busca, huele; y encontrarás a Gonzo, allí mismo, a tu lado, comiéndose unas alitas de pollo.


"he visto gente consumiendo heroína con menos cara de placer"


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