[Colaboración] El Grito






Parecía que empezaba bien la semana, pero estamos ya a puto miercoles y parece que vuelve la mierda que intentamos ocultar hace unos años... O quizá más bien dicho, unos meses.

El lunes empezó con una buena nota, y no podía dejar de sonreir en todo el puto día... Comimos mi madre, mi hermano y yo, como de costumbre, en una mesa vieja y con la tele puesta, para no comer en el silencio que odio, dónde se oye masticar a todo el mundo. La cosa está en qué mi madre, al fin, después de que nosotros rogáramos por mucho tiempo que nos lo contara, decidió explicarnos un capítulo de nuestra (nótese la ironía) maravillosa vida. Podríamos poner un título, el cual describiría casi toda la historia: "la deportación de mi puto padre". Se trata de una historia maravillosa, en la que la policía nacional tiene mucho que ver con uno de los mejores regalos de reyes de nuestras vidas (probablemente ése sea el motivo por el cual a mi madre le gusta tanto celebrar los reyes). Se trata de una llamada el 7 de enero de 1998, en la que un policía nacional llama a mi madre para explicarle que tienen a mi padre en un CIE, con la orden de deportarlo a su país, pero lo único que le retiene son unos cuantos juicios que tiene pendientes con mi madre. Mi madre nos cuenta, después de nuestras preguntas con ojos de "cuentanos más, por favor", qué juicios eran, les pone nombre: "el juicio de Vinaròs", "el juicio de Mataró", "el juicio de Blanes". Nosotros le pedimos que nos cuente por qué en diferentes cuidades, aunque ya lo sabemos o almenos lo intuimos.

La historia termina en que mi madre renuncia a todos los juicios, para no tener que verle nunca más en nuestras vidas. Y de momento así se cumple. Llevámos des del '98 sin verle, con la mala suerte de que intenta ponerse en contacto con nosotros, pero son fallidos por nuestra gran voluntad de ignorarle.

El martes empieza bien también, desayunar con la ex de mi ex, y hablar de tantas cosas que nos perdemos entre risas. Comer con mi amiga, la chica de las risitas, risueña de pelo rizado. La tarde no termina nada mal tampoco, peli y manta con un colega.

El miercoles empieza bien, pero obviamente termina como una mierda, sino, no estaríamos aquí. Por la mañana ir a la montaña de mi mejor amiga, con su caballo, su gata y sus perros, cada cual más bonito. Hablamos y reimos y nos pinchamos. Terminamos comiendo lo que ella prepara (con mi ayuda torpe y desorganizada): ensalada con aguacate, zanahoria, atún.... cosas, y tortilla de patatas megabuena. La tarde no va nada mal, el coche en el taller y tirada en el sofá de casa un colega, mientras él mueve su culo arriba y abajo colocando cosas de su casa. Merienda con él (después de recojer el coche del taller) que termina con un pedazo regalo: su libro de Los Angeles Files, en el que me dibuja un sketch rapido de un kiwi comiendose un montón de dulces. Una pasada de dibujo, me deja flipada.

La noche, no termina nada bien. Llegar a casa y encontrarte a tu hermano tirado en el sofá, ya no sabes si es por los porros que se debe haber fumado, por perro que es, o todo mezclado. Llega mi madre y lo único que hay son gritos. Parece que la comida del lunes solo era felicidad en familia efímera, porque el manto que la cubría cae y volvemos a la rutina de sus putos gritos.

Solo oigo a mi madre gritarle, o más bien chillárle (si así se entiende que es un tono más alto), que se largue, que no quiere ni puede verle más. Las respuestas de él son tan solo preguntas: "¿por qué?". Ella no deja de seguir gritando que no aguanta más verlo siempre tirado en el sofá y que se largue al cuarto. No sé si se lo repite 30 veces, tampoco exageraría. Así que decido irme, con la tele de 40" a la casa nueva, a la que nos mudamos dentro de unas semanas. Estoy cansada de ver a mi hermano tirado en el sofá, mirando la tele mientras mi madre está todo el puto día trabajando, para llegar a casa y encontrarse toda la casa hecha una mierda. Parece la misma historia de hace 7-10 años. Gritos constantes.




by HalfKiwi








NDE: Habreís notado que ya no existe sitio oficial con el que contactar con nosotros o pasarnos escritos, eso no es porque ya no busquemos trabajar con nadie mas que nosotros mismos o hagamos dejado de aceptar manifiestos anarcoprimitivistas de total desconocidos, sino porque en el cultural breakdown de la civilización occidental RLG es quién te contacta a tí. Tambíen porque así es mas divertido, si quereis algo, hablar con nosotros (que no siempre es fácil, aun cuando encontrarnos si lo sea).

[La deseducación] The Times They Are A-Changing



La (des)educación

Reedición



Conservo recuerdo de trabajos y redacciones increíbles llevarse malas notas por no seguir la narración lineal de introducción-nudo-desenlace. Dios te regaló en su eterna sabiduría un teclado y un fondo en blanco, y tu la has jodido confundiendo cosas que han hecho otros con normas inquebrantables para el resto del futuro de la humanidad. Nueves y dieces en escritos perfectamente presentados pero sin absolutamente nada que decir. Trabajos suspendidos por ser a mano en vez de a ordenador aunque nadie hubiese pedido una cosa ni la otra, textos argumentativos cuyo argumento ya no vale la pena ni considerar porque se ha usado una estructura propicia de uno explicativo. Gente con muchísima imaginación tan encorsetada en las formas artísticas oficiales que acaban por asfixiarse en ellas porque nadie les dice que lo realmente importante es tener algo que decir y no aprender la solución de los poemas románticos como si fuese un problema de física. No estoy diciendo que no necesitemos una base de conocimiento de todas las materias para poder situar todo aquello que aprendamos en un futuro, pero ¿cómo eso justifica el aprender a hacer raíces cuadradas manualmente? ¿qué sentido tiene aprender a hacer ciertas figuras geométricas con lápiz y compás? ¿qué sentido tiene aplicar exactamente los mismos métodos en materias que de forma evidente requieren distinto enfoque y preparación?


Al final, como siempre, la enseñanza se queda en las formas, y como has entrenado a los alumnos a buscar con una linterna una respuesta correcta absoluta, de absolutismos y respuestas correctas es de lo único que van a entender. Como el método es de múltiple uso, lo vas a gastar y desgastar hasta que ya no tenga ningún efecto más que el rechazo y la uniformidad del contenido.

¿Quieres dibujar? ¡Dibuja! ¿Quieres hacer cine? Compra una cámara de veinte euros por ebay y graba, ¡maldito! ¿Músico? Consigue una guitarra, una tabla de mezclas, lo que sea; escucha, aprende, escribe e interpreta música como si no hubiese mañana. ¿A qué estas esperando? No a cuando acabes tu educación, eso seguro, porque ésta va a ser tu educación. ¿Que no sabes por dónde empezar?

   recurso: google


Aprende a tomar decisiones y a vivir con ellas. No te despiertes un día a los treinta con la sensación de que han decidido la vida por ti, y tengas entonces que empezar a hacer viajes espirituales o cocinar meta para redimir tu alma. Las formas empaquetadas y servidas en forma de asignaturas aisladas nos hacen creer que hay un curso para todo, que el conocimiento viene en paquetes individuales. Que la educación es algo que se puede terminar. Un cursillo con normas y profesores que seguir, y que sin poner nada de tu ser en riesgo ni hacer nada a ciegas, te van a enseñar a ser aquello que quieres ser. En clase de música se da historia de la música, en dibujo, dibujo técnico, en física, historia de la física. ¿Quieres hacer cine? Usted debe guardar la cámara, atender a clase, y ya si eso cuando sea abogado y tenga hijos podrá hacer todo el cine que quiera.

No hagáis bachillerato.







Parte V

The Times They Are A-Changing


Hacía ya muchos años, desde que cayó a mis manos un libro de divulgación científica entre los de filosofía y literatura fantástica, había decidido que iba a ir a la universidad a estudiar física. No sabría explicar exactamente porque, es decir, me atraía el tema y la visión que me ofrecía del universo no tenía nada con lo que se pudiese comparar, era una decisión de uno debe hacer la carrera que le gusta y no para acceder a un trabajo. Pero en esos momentos no te gusta una carrera; nunca la has cursado y las asignaturas equivalentes no tienen nada que ver, lo que te seduce es el conocimiento y la identificación con una figura, con una idea de ti mismo. Las mismas artes y literatura, también constituían mis intereses pero no existía esa identificación, y una vez me decidí era muy cómodo ideológicamente mantener mi decisión contra viento y marea. Además tenía la ventaja respecto a otros que no sabían lo que tenían que estudiar y por lo tanto no tenían ningún objetivo en cuanto a nota que yo si sabía que física era una carrera bastante olvidada, ya sea por asociada a las matemáticas, a ciencias demasiado puras o asociada incorrectamente a la genialidad; así que no necesitaba más que aprobar con un cinco para acceder. En realidad lo que necesitaba era acceder a las pruebas de acceso a la universidad, y no el bachillerato en sí, pero no existe una opción para ir directamente y no consideré las alternativas porque nunca constituyeron a mis ojos alternativas reales. 

Si fuesen realmente sinceros cuando dicen que la secundaria postobligatoria es imprescindible, no solo para la universidad sino también para aprobar la selectividad, dejarían que te presentases por tu cuenta a tu propio riesgo, pero como no lo son, tenía que gastar dos años en un trámite para ir. Porque si lo hiciesen la gente pagaría cursos privados de unos pocos meses en vez de veinticuatro y se presentarían en la universidad con dieciséis años.

El instituto era pues a la vez mi enemigo y el vehículo más rápido disponible para llegar. Tampoco tenía plan b, no tenía una pasión romántica en la vida que seguir a ciegas imprudentemente contra la voluntad de los padres pero que las expectativas me arruinaron; uno podría decir que lo más parecido a ello era precisamente el ir a la universidad. No tenía una fuera de esos muros, quizás porque tampoco la había buscado o había relegado a aficiones todo lo que no me parecía serio o no tenía salidas profesionales como genio atemporal. Buscad esa pasión, aunque no sea eterna, aunque no tenga salidas visibles, huid del instituto y no miréis atrás.

Hacer bachillerato ha sido, con diferencia, la peor decisión de mi vida.

No solo la cadena de suceso o decisiones que empezaron allí pero terminaron en otro lugar; la propia estancia en sí. En ese momento ni siquiera lo vi venir, ni lo viví como una elección; era el camino lógico, el siguiente paso que estaba en la lista de cosas que iban a ocurrir desde que alguien decidió a los cuatro o cinco años que yo era un chico listo. Tiré una moneda al aire durante un concierto de hardcore rock y escogí física sobre matemáticas días antes de la selectividad y los demás detalles no importan; me apunté sin dudar al bachiller científico con la que todo el mundo me asociaba desde pequeño porque simplemente se me daban bien lo que en ese momento yo creía que eran matemáticas. También lo escogí porque quería huir de todo aquello que tuviese que ver con formalismos innecesarios, memorizar fechas y todo cuanto yo creía pertenecía al mundo del social y el humanístico, y por supuesto tambíen huir del abrir chakras y fumar THC que entienden hoy en día como estudiar artes. 

Me presenté, otra vez, delante de las puertas del mismo instituto. Al fin y al cabo, se suponía que ahora iba a ser diferente, pues como se habían hartado de insistirme, ahora no tendría motivo para quejarme porque finalmente haría lo que me gustaba, y si no, me podía ir.

Aún me pregunto como pude ser tan estúpido de creer semejante mentira.

Me pregunto qué sentido tiene que un profesor te diga que si quieres te puedes ir de clase cuando legalmente no puedes abandonar el edificio y salir por la puerta al pasillo sin permiso significa una falta de asistencia, conducta contraria y llamada a tus superiores. Si dijesen la verdad, dejarían que la asistencia fuese realmente opcional pero altamente recomendada; que fuese el peso de perder una sesión y no el castigo por ese hecho lo que importara. Pero si lo hiciesen la gente no iría, no se sentiría desplazada por faltar, se comunicaría entre ella, seguiría aprobando y ello demostraría la global inutilidad.

Ciertamente había habido un filtro intenso, pues mucha gente que había abandonado los estudios después de esos magníficos cuatro años. Pero ese no fue un gran cambio para mí, pues éramos prácticamente los mismos en clase que durante los primeros años de secundaria, pues en un gran alarde de igualdad de oportunidades, sensibilidad social y ominosa creatividad en el campo de la ingeniería social, nos agruparon al llegar con doce años en cuatro o cinco clases separadas por niveles o por conflictividad. Solo un par de personas de las clases inferiores llegaron a selectividad y la de las clases superiores restamos prácticamente intactas. Para que luego digan que la segregación es cosa del pasado. La separación de clases sociales conseguida entre colegios de pago y públicos ya existe de por sí, pero no termina allí; una clase en la educación publica, ya por definición, es una separación por edades, por gente que no repite, por localización y, ahora también por nivel de vida. Total, una frontera más en el mundo es como un ladrillo mas en el muro, no la gran diferencia, ¿verdad?

La idea era crear un elo hell de alumnos conflictivos y que se despedazasen en unos contemporáneos juegos del hambre y así no molestasen a los alumnos de verdad. Lo que no conseguía ese sistema era que nosotros los superlistos fuésemos mas rápido, pero en cambio hacía muy bien la faena de reforzar los roles de conducta de las clases inferiores, quienes al principio se metían con nosotros en el patio y más tarde solo me encontraba de cuando en cuando en la sala de expulsados, haciendo cuadernos de colorear para niños.


(sin comentarios)


La primera enorme decepción me la llevé cuando comprobé que, de las llamadas horas de asignaturas optativas, matemáticas eran obligatorias y solo había dos posibilidades pues era obvio que iba a necesitar Física. Ni siquiera eran asignaturas optativas, eran las asignaturas troncales de diferentes modalidades de bachillerato, al que te cambiaban el nombre de científico a tecnológico si escogías unas u otras. No me había molestado tampoco a informarme al respecto, así que no sé exactamente que me esperaba, desde luego no un papel en el que vas a estudiar lo que quieras de ahora en adelante significaba escoger entre Biología y Dibujo Técnico. Cuando terminé de decidir, descubrí también que las clases eran puras estructuras fijas en las que no nos teníamos ni que levantar para ir de clase en clase porque total todo el mundo de cada una de los dos tipos de bachiller hacia prácticamente lo mismo. Mi horario, que nunca llegué a imprimir ni apuntar, tenía exactamente el mismo aspecto que durante los años anteriores, con prácticamente los mismos profesores pero sin historia y en su lugar algo llamado ciencias del món contemporani. Por lo demás, inglés, catalán, castellano, historia de la filosofía (que en realidad es historia de unos señores que alguien catalogó como filósofos), educación física y demás.

Realmente, no sé qué me esperaba.

No entiendo esa división conceptual entre ciencias, letras y artes. La encuentro tendenciosa, absurda para cualquiera que se adentre cualquiera de las tres. ¿Sale de ahí la creencia de que los científicos tienen la mente cerrada, que para hacer ciencia no hace falta imaginación ni creatividad? ¿Son las carreras de letras un mecanismo de escape para la gente a quien le llevan enseñando reglas mnemotécnicas y cálculo bajo la bandera de las matemáticas? ¿Es la rigurosidad, la exactitud y el trabajo duro algo ajeno al mundo del arte? Si las asignaturas cometen el pecado de presentar el mundo en diferentes apartados sin conexión, esto me parece ya otro nivel. Pero sigamos adelante, no habíamos ni acabado de empezar que me llevé una sorpresa nostálgica, y es que me topé con un discurso que ya me era familiar.

Todos y cada uno de los profesores, a quien previamente habíamos tenido y ya nos asociaban a un cierto papel, destinaron sus primeras horas de clase a un discurso increíblemente aburrido sobre qué primero de bachillerato no tenía nada que ver con la eso y que a partir de ahora, y en segundo muchísimo mas, nos íbamos a tener que esforzar de verdad.

Estábamos tan obviamente en quinto de secundaria que durante el primer día no podían hablar de nada más. Si no lo hubiese sido, nadie se habría sentido con la necesidad de explicarlo. ¿No es lo mismo que dijeron, ese discurso de que viene el lobo, cuando en primaria pasamos a quinto y sexto porque la eso iba a ser importante? ¿Cuándo en primero y segundo teníamos que pasar a tercero y cuarto? ¿Cuándo en tercero y cuarto, si queríamos seguir estudiando, teníamos que pasar a bachillerato?






Ahora hay que trabajar mucho porque el lobo nos espera en forma de un terrible examen de selectividad para el que, para vuestra suerte, nosotros os vamos a preparar. Menudo monopolio, ¿no podría yo presentarme a tal examen sin necesidad de pasar por aquí? No. Entonces no es que el bachillerato sea algo útil a tal efecto, sino que lo haces obligatorio para el acceso a la universidad; carece de objetivos propios porque no los necesita, porque sigue siendo obligatorio para acceder al mismo examen así que por decreto siempre será relevante. Se parece a sacarse el carnet de conducir, donde lo importante no es tanto saber conducir para acceder al examen, sino pagar todas las tasas de la autoescuela antes de pasar al siguiente nivel. Pasar por el aro.

Escuchaba discurso tras discurso y el cansancio se acumulaba en mis párpados. 

No hay ni uno que diga ahora. - pensé con tristeza. 

No hay ni uno que diga, lo que os voy a enseñar es importante y la selectividad la podéis pasar sin problemas si estudiáis un poco para preparar su temario un mes atrás; aquí tenemos dos años de tiempo y los vamos a aprovechar. No nada de eso; caras largas, voces pesadas, cansancio y falta de pasión. No lo dicen porque tampoco nadie les creería. Decidí esperar unas semanas antes de decidir mi postura oficial, me senté en medio de la clase como los demás, hice algún ejercicio y escuché en clase esperando el tan aclamado salto de nivel.

De verdad que yo era realmente estúpido.

Libretas de cierta forma y color obligadas a comprar para cada asignatura, desfiles de nuevos profesores amargados en más creativas formas, un discurso de la nueva jefa de estudios de bachillerato. Ciencias del món contemporani resultó ser un nombre en clave para cultura general con cosas que remotamente tienen a ver con la ciencia. En pleno bachillerato científico nos faltó por un pelo dar plástica e historia de la música clásica. 

Incluso las asignaturas propias del científico, las que en principio me podían interesar y por las que había escogido aquella modalidad, tenían un alarmante bajo ritmo y nivel, adaptándose a quien no las podían seguir. La anunciada subida de dificultad, que en la eso fue un aumento en cantidad de contenido, era ahora, no solo en las ciencias puras sino también en las letras suplantada por una carrera conceptual. Me explico, unos temas deben conocerse en profundidad y hasta alguien diría con automatismos para acceder a los siguientes; uno debe comprender las bases del movimiento lineal para comprender el tiro parabólico, eso es cierto. Quizás no entrenar constantemente la técnica, pero tener en ella conocimiento de lo que se habla y cierta fluidez; alguien dirá que a veces en la técnica es como se comprende realmente o donde reside el significado o necesidad del siguiente paso, pero le aseguro que no en el nivel de secundaria. Pero todo ese hecho, de necesidad de conocimientos previos a la explicación de los siguientes, lleva siendo abusada años como excusa para justificar aprender cosas de dudosa utilidad, así que lo que se hace tanto en esas asignaturas como en las ciencias sociales en un intento de parecerse a ellas y ganar credibilidad, participar de una progresión infinita de conceptos y tecnicismos innecesarios que, por diseño y no necesidad, requieren de los anteriores para ponerte a jugar. Así, se auto cumple la predicción de futura necesidad, se da una apariencia de nivel o competencia y se deja de lado la comprensión en profundidad y relación con la realidad de lo que se estudia.

De ese modo, tienes alumnos capaces de resolver problemas complejos sobre relatividad pero dejas de poner preguntas teóricas porque no tienen ni idea de lo que están haciendo.

Mi actitud pronto volvió a los cauces de los años pasados, pero esta vez no se detendría allí sino que iría más allá de lo que cuatro años atrás hubiese podido imaginar. Aquello era quinto de la eso, había sido estafado.

En segundo de eso dejé de hacer deberes para siempre y en tercero dejé de pretender que los hacía. En cuarto ya apenas prendía atención en clase, en teoría mi gran arma para aprobar, y en el bachillerato la situación quería de otro paso y no solo no me molestaba en ocultar lo anterior sino que fui más allá y traté por todos los medios dejar de escuchar. Durante años mi sensación era de estar perdiendo el tiempo siete horas al día y que a nadie le importase, pero mis padres solo decían tienes que ir, así que iba pero ya que estaba las iba a perder de verdad, exponerlo como tal, y dejar claro que si aprobaba no era porque aunque no hiciese la faena escuchaba las útiles lecciones de los profesores. En el fondo, era algo que llevaba haciendo año tras año, pero lo que molestó fue que no me molestase en disimular. No quería escuchar porque no quería que mi cerebro distraído captase esas palabras, esos profesores, esa forma de ser; y sin darse cuenta los adoptase para sí, como suyas. No quería ver a esa gente como modelos de conducta, no quería escuchar sobre sus vidas, no quería que el sistema entrase en mi cabeza. Yo en esa época, al igual que Cristian, estaba algo obsesionado al respecto; y aún a día de hoy me guardo mucho de lo que leo o de lo que miro, porque sé que nuestro cerebro no separa realidad y ficción, y la simple pantomima de poner a alguien de pie y hablando y otros escuchando es para él como si aceptases en la realidad esa posición.

Dejé de escuchar, dejé totalmente de prestar atención. Para mi nada tenía sentido ya, la sensación de perder el tiempo era muy antigua como para que ningún intento de empatía conmigo funcionase ya. Eso causó sorpresa y controversia desde un principio. Al principio era también una suerte de protesta silenciosa, nos sentábamos y no hacíamos nada; mirábamos al infinito en silencio. Pero nos estábamos volviendo un poco mayores para juegos, así que terminó siendo algo que hacíamos para nosotros mismos. A la clase ya no le importábamos y se fue dividiendo, al final solo dos de todos los que criticábamos la situación permanecimos en esa posición: yo, y el chico raro que nos encontramos haciendo campana el año pasado, David Román.

Pronto nos dimos cuenta de que el curso se nos iba a hacer muy pero que muy largo, había que hacer algo para hacer pasar el tiempo. Pedimos un cambio temporal y reversible de modalidad de bachillerato porque total, si solo tienes una oportunidad para cambiarte, ¿cómo vas a saber que te gusta el sitio donde vas? En realidad solo queríamos pasar el rato en algún sitio diferente durante una semana, y funcionó para ese propósito bastante bien. Pasábamos largos minutos entre clase y clase en el pasillo hasta que finalmente por obligación nos hacían entrar, dos distanciamos esta vez físicamente del resto de la clase, aunque no mucho, para poder estar más cerca de la ventana. Hacíamos alguna campana, nos expulsaban a veces y así pasaban los primeros meses. No eran tiempos tan malos, no proveníamos del mismo lugar, él nunca pasó por todo ese proceso de idealización, desencanto y rebeldía; simplemente era así. Cuando te llevas mejor con alguien no es cuando coincidís para compartir vuestros gustos o aficiones, sino cuando ambos os encontráis en un lugar en el que no queréis estar.

Recuerdo uno de los profesores nuevos al que le resultó muy llamativa mi actitud. Él no me conocía y no sabía que llegado el momento igualmente iba a aprobar, así que no entendía nada. Creía que lo hacía para hacerme el listo y me llamaba a salir a la pizarra.






- ¿Ves? Tienes que mirar el libro, eso significa que no lo sabes hacer.



- El libro está allí, está para usarlo.

- Pero en un examen no lo vas a poder utilizar.

- ¿Insinúa que lo que enseña solo sirve para hacer exámenes?

- No entiendo porque vas de que lo sabes todo si no puedes hacer los ejercicios más simples.

- Nunca he dicho que lo sepa todo, pero lo que si se es que media hora antes del examen voy a coger ese mismo libro y aprender todo lo que tenga que aprender para sacar un cinco.




No era un genio ni sabía más que los profesores ni que los demás alumnos. No era ningún mago, no podía saber una fórmula de termodinámica sin abrir un libro de texto solo contemplando las constelaciones. Años anteriores podía dar la sensación de ser algo así, ya me sabía todo un tema antes de que ellos lo tocasen en clase, pero eso solo ocurría ahora en clase de cultura general. Mi método era darlo todo en los exámenes, aprovechar la gran capacidad de concentración que desarrollé jugando a ajedrez de pequeño, ir sin miedo ni estrés porque aprendí a suspender, a pensar en situaciones límite y a gestionar la información. Mi método era leer el tema una hora antes del examen y no solo memorizar si no tratar de comprender la información, intentarla comprender en su elemento más básico y deducir a partir de la raíz aquello de lo que no me lograse acordar. No podían estrechar más el cerco, no podían hacer las materias mas difíciles de memorizar o con mas contenido porque eso era exactamente lo que hacía todo el mundo ni tampoco podían prohibirme pensar en sus exámenes aunque que para ellos no fuese el momento ni el lugar para algo así.

La memoria nunca ha sido en mi nada espectacular, tengo problemas recordando nombres y números de teléfono hasta después de años de marcarlos, pero es que tampoco era tan necesaria. La gente se queja siempre de las horas y extensos temarios que tienen que estudiar pero nunca he visto a nadie hacerlo con el grado de intensidad que yo considero realmente estudiar; sin distracciones, sin hacer nada más ni contestar al móvil ni pensar en nada, veinte minutos, pausa, veinte minutos. Que fuese listo podía explicar cierto éxito, pero yo nunca he sido listo nivel deducir el campo eléctrico de un cilindro sin saber newton - listo. No era ninguna fórmula secreta, solo aprovechar cualidades que ya poseía o había entrenado a lo largo de los años compitiendo con mis amigos o jugando al ordenador en vez de matarme a utilizar los mismos patrones para resolver problemas y ejercicios una y otra vez.

Si cada vez que suspendes algo, la solución es estudiar una hora más, nunca vas a optimizar el estudiar ni tu propio proceso de pensamiento. El tiempo es un factor. Esa chispa de velocidad, ese estado de agudeza, punto de lucidez, es algo que las clases no te van a enseñar y algo a lo que no puedes renunciar. Algo que sobre todo cuando eres joven debes cuidar y aprovechar porque a los veinticuatro empiezas a perder si no usas y ya nunca vuelve.

Kostopoulos, no aprendió la lección ni entendió que no quisiese participar en su clase y me llamó una vez más a salir días después. Me avisó con tiempo, para que yo tuviese tiempo a hacer los problemas que nos había dado. Era una ficha llamativa, no tenía nada más que hacer en aquel momento (a veces me cansaba u olvidaba en casa la música o los libros) así que me animé. Había unas conversiones entre cantidades molares en una cuadrícula que casi me llevaron a cometer a un sutil error pero aparte de eso, resolví con bastante solvencia. Nos resaltó la importancia de hacer los ejercicios para saber hacerlos y también para corregirlos y con las respuestas luego poder estudiar. Hice un problema, corrigió un detalle que estaba mal pero él pareció contento, yo estaba contento, todo el mundo contento; pero luego corrigió la cuadrícula con otro alumno y cuando vi el mismo error en el que yo casi había caído ocurrió algo impactante para los presentes. Levanté la mano. Comenté el error. Toda la clase disentía conmigo y el profesor también. Me levanté y empecé a discutir. Él terminó diciendo que yo no era capaz de admitir que había cometido un error, que no era nadie y que volviese a mi sitio, y escuché a mis compañeros comentaron como yo solo quería hacerme notar.

Como una furia volví a mi sitio y arrebaté un folio en blanco a quien tenía delante de mi pupitre. En él, expliqué con todo lujo de detalle cómo, porque y donde se había equivocado y cuál era la forma correcta de llegar al resultado final, el cual era el único que tenía sentido físico, algo que era fácil de comprobar. Se le entregué, minutos más tarde con una clase que ya había pasado página y estaba en silencio haciendo otra cosa. Esperé junto a su pupitre. Con sus flamantes y perfectamente ejercicios corregidos para poder luego estudiar, la multitud no prestaba ya mucha atención y hablaba de sus cosas contenta de tener una excusa para no tener que fingir que la química les importaba muy poco. Finalmente levantó el profesor la vista y me admitió que sí, de que yo tenía razón y él había cometido un error, me devolvió el papel y luego, se hizo el silencio entre nosotros dos.





- ¿Y bien?



- ¿Y bien? - me contestó, algo pálido pero con cara de no saber de qué le hablaba

- ¿Después de esta escena no vas a reconocer que al final la respuesta correcta era la mía?

- No es el momento.





Ya lo creo yo que no era el momento, nunca lo fué.

Hice una bola con el papel y lo tiré en la papelera más cercana sin dejar de mirar aquel profesor. Me acabé de hartar para siempre jamás de ese tipo de tonterias. El ejercicio nunca salió en un examen y pasé de sus clases durante el resto del curso. Eso provocó que llamase a mis padres porque me ponía a dormir en todas sus horas. Me molestó enormemente, le dije que si tenía algún problema lo podía hablar directamente conmigo, seguí durmiendo y aprobé la asignatura con un cinco para nunca más volver a saber de él.

Me dieron una razón para hacer lo que hacía, una motivación. No se trataba ya nunca más de ser listo o tonto, de conocer o no conocer, se trataba de demostrar que ellos estaban equivocados y yo tenía razón, de que su método y su copiar los enunciados en la libreta y todo lo que simbolizaban no era nada comparado con un hombre y su mente enfrentados en un papel. Me volví más cercano a David, quien hacía más años que yo que seguía el sendero de la indiferencia rebelde nuestro odio mutuo a aquel lugar me llevó a parecerme más a él, que él a mí. Hasta Gerard, que era un año mayor que yo y me había conocido en baloncesto como a un chico reservado y obediente, se sorprendía ahora de mi comportamiento. Aunque ya no en su equipo, seguía siendo obediente y de trabajo duro en baloncesto, no había perdido la capacidad de serlo sino aprendido a escoger cuando y porque. En el fondo ya no estábamos siempre en silencio, sino que dormíamos la primera o segunda hora y luego nos enzarzábamos en fieros debates encendidos por algún simple comentario u observación, que duraban horas y tenían que ser a menudo apagados desde el otro extremo de la clase. De cuando en cuando, sobre todo al principio, daba la casualidad de que estábamos hablando de algo relacionado o de la misma asignatura en la que estábamos; incluso cuando aún no estábamos marginados al fondo del todo eso ocurría con la participación de más alumnos, pero ni en un momento ni en otro a los profesores les importó la diferencia y solo querían hacernos callar.


- Porque estáis hablando, deberíais empezar a hacer los deberes.


No nos conocíamos realmente, conocíamos nuestra versión personal de estar sentados tras un pupitre, éramos otras personas fuera de allí y dio la casualidad que los cuatro nos caímos bien así que las personalidades propias se fueron mezclando entre sí.

Dibujábamos, o más bien dicho él dibujaba y yo hacía garabatos imitando los suyos, jugábamos a consolas portátiles, leíamos mangas absurdos propiedad de Roger y nos tenían que llamar la atención para parar de reír, escribimos una historia por turnos que perdí hace ya tiempo junto al dibujo de una escena de Nausica que me inventé en las clases en las que nos separaban, desarrollé un código no bilineal increíblemente impráctico de usar y clasificamos con un complejo sistema de seis características independientes o variables a las chicas de la clase de más a menos guapa. Ambos habíamos pasado ya la época del punk rock adolescente, y aunque en rebeldía, no estábamos particularmente enfadados. Héroes del Silencio, Tolkien y Pink Floyd. Leía el mismo libro de Nietzsche desde la primaria sin lograr aún entender nada, y él leía libros y cartas de amor que le mandaba su novia Jess, con quien también acabé teniendo muy buena relación. Fuera del instituto yo seguía con los chicos del Montclar y los del baloncesto, pues no por algo que no me gustaba había cambiado ser una joven promesa del ajedrez por un eterno suplente en el banquillo de un equipo de una ciudad menor. Pero pese a tener vidas separadas fuera a veces nos íbamos juntos de aventuras por el mundo junto a cantidades ingentes de cerveza; eran épocas de campings, de lúa, de dormir en un campo de zanahorias y de conciertos perdidos de la mano de dios.

Era como estar en otra dimensión, cuando pasamos a ser los outliners oficiales, de golpe comprendí como se sentían aquellos cuyo rol era el de liante en los primeros años de instituto; las normas no se te aplican de la misma forma, a la vez tienes privilegios porque a nadie le importa ya que no cumplas tu papel de listo y también dejas de tenerlos porque de alguna forma no quieren que tu forma de actuar se vuelva popular como nos ocurrió años atrás cuando los pasotas éramos la primera fuerza política. Así que al final les resulta más cómodo aceptar tu posición como en caso singular de un par de chicos muy listos en vez de reconocer el fallo generalizado del sistema. No eres libre, pero tienes cierta libertad.

Llegábamos cinco, diez, quince minutos tarde a cada clase, no traíamos libros y pedíamos uno para estudiar la hora antes si había examen, no nos daba pudor alguno suspender porque sabíamos que luego íbamos a ir a recuperación igualmente. Me leí tres sombreros de copa en menos de una hora y saqué la mejor nota de la clase la hora siguiente. Aún a día de hoy no tengo ni idea de que iba el libro. El primer día que saqué un cero fue porque sabía que igualmente la media no me daba para nada y prefería aprovechar la hora para leer un inmenso libro de psicología que llevaba esos días a todas partes. Entregué ese examen sin escribir nada y no fue hasta que me lo devolvieron en blanco con un cero pintado en color rojo que no me di cuenta de lo lejos que había llegado comparado con el chico llorando en clase de castellano y lo poco sinceramente poco que me importaba ahora todo aquello que tanto me hubiese afectado en el pasado.

Salíamos de clase exactamente cuando sonaba el timbre, independientemente de las instrucciones directas del profesor para contener la avalancha de gente que quiere salir a la hora aún al estar a media explicación. Nosotros salíamos y los demás se quedaban dentro. Prácticamente, terminó habiendo una hora aceptable de entrada y salida para nosotros y una diferente para los demás.

No hacíamos totalmente lo que queríamos, hacíamos lo que considerábamos justo pero la posición de nuestra ética, normalmente egoísta e individualista, dejaba a veces en duda a la considerada convencional.

Como ejemplo, durante casi todo primero tuvimos una simpática pero irrelevante profesora de filosofía a quien en teoría a todo el mundo caía bien y hacía la pelota. Llegó el día del examen importante y la hora antes nos enteramos de que alguien había robado las respuestas y se podía ver desde nuestro grupo de Facebook de la clase. Nos las ofrecieron en bandeja de plata. Nosotros, completamente ajenos hasta el momento, ya nos habíamos leído el tema correspondiente al examen y decidimos que perdería toda la gracia saber las respuestas, pues después de todo hacer un examen era más entretenido que dar clase e igualmente nos daba pereza aprendernos las soluciones de memoria. No fue una decisión moral, tampoco os equivoquéis, éramos insumisos, no ángeles. Saqué creo que un seis y similar nota le tocó a David. La media de la clase fue un nueve con cinco.

El tongo era obvio. Era demasiado increíble, demasiado sospechoso y además el grupo de Facebook resultó ser público y un profesor del mismo departamento lo vio. Gran escándalo, la reputación de mediocres estudiantes destruida, alumnos llorando, una profesora adulta emocionalmente devastada por la confianza traicionada y discursos del director y jefe de estudios diciendo que nos debería caer la cara de vergüenza. No dijimos nada, pero cuando anunciaron que para nuestra suerte no nos iban a hacer suspender a todos directamente sino que sólo iban a repetir el examen, estallamos en protestas sobre la silenciosa multitud, y nos negamos a repetir examen alguno aún bajo la explicita amenaza de suspender todo el curso si nos negábamos. Se repitió el examen y luego le hicieron como una ceremonia de perdón con regalos y firmas y fotos con toda la clase, menos con nosotros, quien nos habíamos negado a poner dos euro para comprar un pastel y las rosas.

Era surrealista.

Finalmente vieron que era imposible que hubiésemos hecho trampas porque nuestras respuestas en las pruebas eran, cuanto menos, insólitas. Así mientras los demás hacían el examen, nosotros nos fuimos a jugar a hándbol al patio trasero por donde todos los profesores pasan continuamente y descubrimos que aún sin saber nada de lo ocurrido nadie nos decía nada ni preguntaba qué hacíamos allí. Meses y meses haciendo campanas ocasionales en sucios lavabos y temiendo las rondas de guardia (si, como en las prisiones) por los pasillos y sanitarios, descubrimos que el mejor sitio para saltarte clase era debajo de sus narices, siempre bajo la apariencia de tener un motivo por el que estar en aquel lugar. La realidad era dura, veías a los que habían sido tus amigos como ganado, ese mundo cerrado te oprimía la mente y me sentía siempre cansado, lento e incómodo bajo la luz de los fluorescentes. Pasar fuera del edificio, ya no digo una hora sino aunque fuesen cinco minutos, te devolvía la sonrisa y la cordura. El chollo duró unas pocas semanas, porque abusamos de él y porque no éramos perfectos ni nada disimulados y pronto volvimos a hacer el gamba en clase; pero fue casi un mes de saltarnos estupideces, de respirar, hacer el imbécil, poder estirar las piernas y respirar el aire limpio que no conseguía entrar en las clases porque con las ventanas abiertas había demasiado ruido.





(representación gráfica)



Siempre me ha parecido curioso como hay profesores que aunque los hayas tenido durante años ni siquiera recuerdas. Eran como los NPCs de los videojuegos, seres con un dialogo preestablecido y con una función particular. Tuve durante todo un año una profesora de historia joven y bien preparada y todo cuanto de ella puedo recordar es una guardia que nos hizo en tecnología, en la que por alguna razón nos pusimos con ella a conversar y Gerard le dijo en toda la cara que, para él, ser un profesor de secundaria era ser un fracasado.

Algunos profesores se asustaban o se sorprendían al ver que no tenías ningún rastro de frente a ellos sentimiento de inferioridad. La mayoría con el tiempo se vician de esa realidad, de ese estatus de formador, y lo usan también cuando no están dando clase en su vida real, como si no estuviesen conversando sino dando la lección. Incapaces de reconocer los propios errores como el chico de química, incapaces de comprender la realidad como la tutora de historia, y la clase incapaz de verlo porque por otro lado nunca le contaron lo que era una falacia de autoridad. Esa chica no tenía asimilado ese papel aún en los rincones oscuros de su corazón, así que quizás por ello nos sentimos cómodos ese día hablando con la persona tras el profesor y me acuerdo más de una tarde de conversación normal que de un par de años de enseñando, anonimato.

He conocido la gente sacándose las carreras que terminan luego en centros de secundaria, he visto con mis ojos exámenes de la carrera de magisterio; no me impresiona una titulación. Esas personas no cambian con la edad, los mismos compañeros de clase demasiado incompetentes como para construir una frase sin un molde serán los futuros profesores de tus hijos.

Los roles se forman por un mínimo prejuicio o manía personal mucho años atrás, y ahora, en el instituto, más que ser inconscientes polarizaciones son clasificaciones reales; creadas ignorando que hay una persona tras el alumno. Hasta puedes seguir el rastro de esa clasificación, rastreando notas erróneas, faltas invisibles y revisiones extraoficiales. Es lo que tiene la masificación y que ser docente sea de chiste en cuanto a preparación: que además de no tener ni idea de enseñanza en sí, normalmente los que acaban en un instituto es porque han fracasado en su vida profesional. Sería hasta más lógico tener educadores sociales en las clases, pero entonces no sé dónde iríamos a poner como sociedad todos los titulados incompetentes. Existe un ciclo de depreciación en el oficio de profesor sobretodo en este país; la devaluación del puesto lleva a los mejores a ni planteárselo, lo que da sitio a los peores, lo que devalúa más el puesto. Pero es que es real, no es una simple percepción social arbitraria.

Seamos realistas. ¿Quién se mete a hacer Física, una carrera de cuatro años, para luego olvidar todo lo aprendido, porque no te va a servir de nada al enseñar física a nivel de bachillerato una y otra vez? ¿Para tener más juego de pies al evitar preguntas que se salen del temario? Pues eso. No se debería permitir trabajar de profesor durante un cierto número de años seguidos, al igual que ser un liberado sindical de un oficio que no has pisado nunca; porque pierdes el contacto con la realidad. ¿Cómo vas a convencer a alguien que está allí por trámite u obligación de que lo que enseñas es importante si lo único que sabes hacer con ello es enseñarlo?

Pobre chica, de verdad, yo no sabía que cara poner porque no se podía decir que estuviese en desacuerdo con Gerard. Ni siquiera recuerdo como se llama ella.

Hablando de nombres, tardé unos tres años pero al final se me gravó de alguna forma el nombre del profesor de física, Josep Martí. No recuerdo un profesor más desapasionado para algo que se supone que ha estudiado para ser su profesión. Aún a día de hoy me pregunto cómo podía convertir el a mis ojos apasionante mundo de la física en algo tan mundano y habitual. Después de años de quitarme puntos de exámenes por no poner la fórmula de la conversión entre metros y kilómetros, por no desarrollar todos y cada uno de los pasos algebraicos para dar la vuelta a la tercera ley de newton o para nombrarla cambiando la palabra opuesta por la palabra contraria, me lo volví a encontrar en la pre-sala de lo que había de ser mi carrera profesional. En esos oscuros años, él solito se las apaño para casi borrar esa idea de mi mente, tal y como le expliqué en el dorso de un examen junto a unas instrucciones detalladas de cómo hacer una buena tortilla de patatas para cuatro personas.

La costumbre, la pesadez de los propios métodos empezaba a comerse el interés en el tema como una maquinaria implacable, prácticamente el último que me quedaba. Aún en primero, antes de hacer todas esas canalladas, tras un examen que me fue particularmente bien, corregimos entre todos en la siguiente clase. Uno tras uno, todos los resultados que iban saliendo en la pizarra coincidían con mis respuestas, las apunté con lápiz el mismo día del examen sobre mi mesa; estaban todas las cifras exactas, hasta el último decimal. No miento, por primera vez en años tenía ganas de sacar buena nota y demostrar que aún lo podía hacer.

Saqué un dos con veinticinco.





Los resultados no son lo importante, lo importante es la resolución y aquí te faltan más de la mitad de pasos. ¿Cómo se yo que no has copiado?


Alguien dirá que es un caso aislado. Pero cuantos casos aislados necesitas antes de explotar, cuantos antes de perder la ilusión que acabas de recuperar. No fue un tratamiento injusto, no me puntuó mal por manía; simplemente para él todo aquello era más importante que dar con la solución, la idea de la forma sobre el contenido, de esa sobreprotección al guiar paso a paso, de ese castigo desmesurado a salirse de la norma frente a la indulgencia que mostraba ante quien no era simplemente capaz.

Vosotros mismos lleváis vendiendo que nos tendremos que valer por nosotros, que la secundaria iba a ser quizás cruel hasta en ese sentido, que muchos se iban a quedar atrás. Pero nunca se dibuja la línea, quien se queda atrás no es por nivel sino porque se desencanta con el sistema. El hecho de que esos exámenes, no digo ya el propio funcionamiento de la asignatura, no sean ni sean percibidos como neutralmente ideológicos en cuanto a filosofía de método de enseñanza ni imparciales en cuanto a la persona, causa como ya hemos hablado un colchón y esperado trato de favor a los que siguen las normas y una sensación de mano negra detrás a los que no. Por alguna razón los alumnos racionalizan sus suspensos con manías inventadas de los profesores, tanto de un lado como del otro.

En mi vida diaria, y en la de todo el mundo que haya jugado al League of Legends con menor o mayor asiduidad, veo una cantidad alarmante de negación de la realidad que nada tiene que ver con la madurez del jugador ni habilidad; y es en parte por la sensación constante de falta de estándar y desarrollo en un sistema tramposo por sistema, después del cual la gente, ante una regulación fija e impersonal de puntuación, no sabe reaccionar, porque ante el fracaso buscan un trato de favor o culpables no solo en un juego sino gritando a funcionarios, trabajadores cara el público del banco y recepcionistas de hotel.

Pasé los dos siguientes años de la asignatura de física durmiendo, me separaron de David porque conversábamos demasiado, y entregué todos los demás exámenes en blanco o llenos de vivos dibujos a todo color porque para que la pregunta puntué debéis hacer un esquema de la situación. 

No me jodas, entiendo que hacer un esquema puede llegar a ser necesario por ejemplo en un problema complejo de fuerzas, pero no me obligues a hacer un esquema para un problema de trenes en aceleración. El enfoque general de tener que repetir métodos una y otra vez porque en el futuro los vas a necesitar aunque ahora no ya cansa; si de verdad crees que es importante, dame algo para lo que necesite utilizarlo, no me vendas tu historia que ya me la sé. Si por alguna particularidad del destino, me las apaño para resolver tu problema sin el método que tenías en mente cuando lo diseñaste o copiaste de una guía directamente en el examen; me lo puedes decir y explicar y aconsejar de usar, pero nunca contar mal, porque entonces la pregunta o problema del examen no era la pregunta o problema escrito sino un: haz lo tuyo. No es la única asignatura donde eso ocurre, una vez en catalán me contaron mal en un examen un ejercicio porque había que rellenar palabras sin contexto con la letra que fuese correcta y especificar su significado, y rellené ( )inc con una (z) significando zinc (elemento de la tabla periódica que como tal no tiene traducción) pero aún yendo a revisión la profesora me decía que como ella tenía en su libro que la respuesta tenía que ser (c) significando cinc (el número cinco) pues estaba mal.

Aprobé la estúpida asignatura de josep martí que no dignificaré llamando otra vez física en la recuperación y, como sabréis quienes me conocéis en persona, me fui a estudiar Física en Barcelona pocos años después.






Las notas a veces se ponen antes de hacer ningún examen. Si no coinciden con lo esperado, se arreglan. No hace falta la acción voluntaria de una persona para manipular unas notas, es suficiente con la falta de una voluntad para evitarlo. El mismo profesor al corregir inconscientemente puntúa mas eso o aquello, ve o no esa falta de ortografía, de manera que las notas cuadran con lo que ellos creen que los alumnos deberían sacar. Es un sesgo cognitivo; si tú le haces la pelota todo el día, le hablas después de clase, vas a todas la revisiones, haces ver que te interesa mucho lo que dice y que te esfuerzas, el examen tiene mágicamente tres puntos más. Ni siquiera los profesores tienen que darse cuenta de ese proceso, su mente cansada al corregir cientos de ellos les hace la faena. Igual que los niños quedaban marcados en parvulario dependiendo del amor que recibían de su cuidador, ahora los profesores agotados e ignorados en sus casas, amor y atención es lo que buscan de sus alumnos.

No hace falta la acción voluntaria, pero muchas veces existe. ¿Es que crees que los profesores no rajan de ti, entre los pasillos de sus departamentos o en el bar con su pareja tomando un café? ¿Cuánta distancia hay entre ello y encontrarse delante de un examen y poner un cuatro donde tendría que haber un cinco si sabes que nunca vas a ser cuestionado al respecto? Muchas veces no te dejan ver el examen o te ponen trabas a ello o se lo toman como un ataque personal en vez de un derecho. ¿Porque? Porque he visto exámenes corregidos que solo tienen una nota puesta en rojo en la parte de arriba y sobre los que no puedes hacer nada al respecto porque el siguiente paso es llamar un inspector a venir al centro y sabes que te van a joder. La misma redacción, literal, presentada por dos personas diferentes al mismo profesor pero en diferente año, con hasta cinco puntos de diferencia. Métodos de corrección subjetivos. ¿No hay diferentes profesores capaces de corregir una misma asignatura en todo el estado, no digo ya en el mismo centro? ¿Porque no puede corregir los exámenes una persona distinta de la que tienes que interaccionar todos los días y puede tener algo en contra o a favor tuyo? Aunque conociéndolos, también así lo corromperían. Todos los ejercicios del examen se han hecho en clase para asegurar la jugada, la manipulación es estructural. Puntúa bien el que estaba escuchando no porque ha aprendido sino porque se aprende de memoria la resolución.

Es una verdad incómoda, yo era incomodo porque mi existencia, mi aprobar y los ejemplos cada vez más claros de manipulación eran cosas incómodas no solo al profesor que las cometía sino a todos ellos como conjunto. Incómodo, pero es así; igual que el hecho de que a esa edad los alumnos no sean ya los únicos en la clase que piensan en follarse a sus compañeras y por ello les den trato de favor.

¿Porque os creéis que las avaluaciones son a puerta cerrada? No recuerdo que año fue que me presenté a delegado para saltarme horas de clase y ya de paso tener un poco de acceso al backstage del mundo estudiantil. Se suponía que las avaluaciones eran a puerta cerrada para que no sean un caos, y ni siquiera puedes ir a cuando hablan de ti; pero como representante de los estudiantes yo sí tendría acceso. En teoría. Ese día, un miércoles por la tarde que podría haber estado haciendo cualquier otra cosa, me presenté in-situ y me hicieron esperar hasta que terminaron, una a una, de poner todas las notas y luego me llamaron a entrar. Se acababa de acabar la avaluación. No había sido testigo del proceso de poner una sola nota, se lo acababan de arreglar entre ellos y a mí me dijeron que si tenía una duda concreta sobre algún alumno podía preguntar. Dije que no, que yo quería ver el proceso en su totalidad y que no decidiesen sobre el futuro de la gente entre bastidores.

Yo era a sus ojos el diablo mismo en aquel momento. Se me informó, vía una multitud de docentes levantados, que yo solo estaba allí para decir lo que en tutoría hubiésemos preparado para decir en nombre de la clase (primera noticia, miré a mi tutor con interrogación mientras él se hacía el despistado) y que si no habíamos preparado nada, ya me podía ir. Criticaron la actitud de la clase en general durante los últimos meses y la mía en particular, la profesora esa horrible de ciencias del món contemporani dijo que si no sacábamos mínimo un ocho en la eso no íbamos a tener el nivel para hacer bachillerato y yo me fui sin decir nada más. Al siguiente día de tutoría, pedí un momento de atención, expliqué lo sucedido y que a lo que mi respectaba, el consejo de avaluación estaba muerto y el sistema de representación estudiantil una farsa de la que no pensaba tomar parte, pero que si alguien quería, tenía mi apoyo.

Nadie acudió a la siguiente.

Mi tutora de primero de bachillerato me confesó en una ocasión las fiestas y el mamoneo que eran en realidad esas reuniones, en las que se adjudicaban matrículas a dedo, comían bombones y bebían cava, se hinchaban las notas de sus alumnos preferidos y ponían, por turnos y educadamente, a los demás niños a parir.

Los ganadores en este sistema son los que saben camelar a los profesores; que muestran como ejemplo a seguir a la gente con baja inteligencia emocional que solo sabe hacer que lo que les mandan y a la gente que los trata con una sonrisa mientras se pasan exámenes robados por la espalda. Los perdedores acaban convencidos de que no valen para estudiar y declinan para siempre todo lo que tenga que ver con el mundo intelectual, porque pierden el carro del lenguaje y los tecnicismos en los que se basa la educación aunque sean capaces de comprender el fondo de las cosas si están bien explicadas.

Los profesores que cuatro años antes me hacían de palmeros y me mostraban orgullosos de mí ahora me despreciaban abiertamente, así que supongo que algo cambió en el momento en el que cometí el pecado de empezar a negarme a copiar los enunciados de los ejercicios y ahora estaba pagando las consecuencias. Desde el esto no lo esperábamos de ti, al preocupado si tienes algún problema en casa nos lo puedes decir, hasta llegar al yo soy el profesor y debes obedecer, no eres nadie para decir que estoy equivocada. Parece mentira que tenga que decirlo, pero un título de literatura no implica una autoridad intelectual en gramática. Un profesor que no aporta nada, que solo molesta, que no deja hablar, que te hecha de clase por absurdeces, que es el que te retiene en clase contra tu voluntad y el que te denuncia si no vienes, tiene el respeto que da su título y ninguno más: se convierte en una simple autoridad legal, como si hubiese un guardia de seguridad en su lugar.

Año tras año eran casi siempre siendo los mismos, los alumnos modelo esperan ser tratados mejor aun negando contra viento y marea la existencia de los roles. Recuerdo un profesor de catalán llamado Josep Llorenç, llegó ese año como gran novedad desde la Universitat de Girona y nada sabía de quien éramos a ojos de los otros profesores, que es lo que normalmente los nuevos averiguan cuando llegan, y tampoco le importaba una mierda. Trató a todo el mundo desde cero, valoró cosas y puso notas a las que no estábamos acostumbrados y echó de clase a buenas y malos cuando fue necesario por igual (para sorpresa de los segundos y llantos y padres hablando con jefes de estudio de los primeros), nunca dejó que nadie le hiciese la pelota. Le importaban los resultados, le importaba un pepino quienes fuésemos. Podía tener defectos y ser nada convencional, pero era consecuente. Le presenté un texto argumentativo titulado Las lecturas obligatorias fomentan el odio a la literatura, y me eximió de tener que leer nada que no me apeteciese durante ese curso. Como daba la casualidad de que ese año era el mismo en el que fui delegado me trataba como tal y me reuní con él en dos ocasiones al final del segundo y tercer trimestre para pactar como íbamos a hacer para aprobar a todo el mundo y que por no aprobar catalán nadie se quedase sin el título de cuarto de la eso. También me expulso y suspendió varias veces, la mayoría justamente. Las formas, entrando más en su manera de interpretar la asignatura, le importaban, pero no eran más que un marco, que también puede ser flexible y tiene contenido per se. ¿Resultado? Dejé de lado la revista de sudokus que hacia normalmente en catalán y de cuando en cuando escuchaba sus clases antes de que gracias a los alumnos modélicos intentasen hacer con él lo mismo que intentamos nosotros con todo el sistema en la época del montclar y se volviesen otra vez aburridas.

Por respeto o interés y también porque eran un show en vivo; no era necesariamente un buen profesor ni la mejor forma de llamar la atención de un grupo de alumnos pero como mínimo era algo diferente.

Este profesor quería productos acabados. No pretendía joder a nadie, solo hacer que reaccionásemos y nos tomáramos en serio nuestro trabajo, por su propia importancia; no le obsesionaban las notas. 

A la semana, todos los alumnos bien lo criticaban y los profesores gastaban el precioso tiempo de sus respectivas asignaturas para dedicarse a hablar mal de él. Los profesores se retroalimentan entre sí, lo que hacen en el aula, los resultados que tienen, los alumnos preferidos que tienen en común; todo influye en su preciada vida social con otros profesores. Es normal que tengan tanto en común, nada une más que querer secretamente acostarse con sus alumnas adolescentes. Si alguien no quiere entrar en su mundillo, lo excluyen como si estuviésemos en el patio del colegio. Son una subcultura más del instituto, como los canis, los empollones o el típico grupillo de pijas best friends forever que se liaban con los novios unos de las otras a sus espaldas. 

Ese profesor no duró ni un curso antes de volverse a estudiar a la universidad.

Años después, dentro de la misma asignatura pero con otra profesora me negué a leer, como era lógico que haría, las lecturas obligatorias. Empecé una exposición oral sobre una de ellas con algo parecido a esto:


- El libro que me tenía que leer se llama (ni idea), pero no me lo he leído así que os voy a contar sobre otro que sí que me leí porque me apetecía llamado Forrest Gump.


Tras lo que improvisé una exposición sobre el libro Forrest Gump.

Para mi sorpresa y la de todos, la profesora, con la que no tengo ni tenía ni tendré ningún tipo de simpatía, no me suspendió en el acto. En vez de eso, me recomendó un par de los mejores libros que he leído en toda secundaria. Lo cual, más que demostrar la injusticia de mi odio reforzaba la absurdez del concepto de lecturas comunes obligatorias. Pues si aquella mujer, de quien no tengo nada bueno más que decir tras tres años de profesora de mi lengua materna, era capaz tanto de echar a perder una asignatura como de hacer recomendaciones personales tan increíbles, cualquier otro profesor puede hacer algo parecido. ¿Cuantas horas se pasan hablando o preparando en su casa o en su departamento las clases o ejercicios que hacer, y cuando tardarían en interesarse por los intereses de cada alumno y recomendar un par de libros al año a cada uno de ellos? Compara la influencia que ha tenido en tu vida algún de los mejores libros que has leído, con la influencia de un año escuchando un profesor más del montón. Entiendo que no se trata de un concurso de causar impacto, pero es que tampoco les estas enseñando nada con esas listas de recursos literarios o pronoms febles.

Me podría poner a profundizar sobre porqué las asignaturas de lengua se dan mal, pero solo diré que uno la literatura no es historia de la literatura, dos que las faltas de ortografía no son el santo grial si no una convención que aceptamos para que los demás no crean que somos incultos o no sabemos usar el auto corrector y tres que las formas y los recursos no tienen sentido si no es como solución a un conflicto o problema que te has encontrado expresando y que no son la expresión en sí.






He mencionado anteriormente el tema por encima, pero realmente las chicas de mi clase jugaron durante la eso un papel esencial en mi dinámica en clase. Quizás al principio eran un motivo más por el que querer impresionar o el único por el que ir, quizás después cuando cambie mi actitud con el mundo y fuera del instituto empecé a tener éxito y ligar, intenté de alguna forma replicar el mismo patrón que me funcionaba en otro lugar y eso explica la radicalización de mi conducta. Porque ya saben que rebelarse vende. Pero nunca conseguí nada con ninguna de ellas, supongo que por una cuestión de violencia horizontal: alguien te ha conocido en algún momento de tu vida y serás para ellos la persona que eras en aquel momento, y de forma inconsciente intentaran devolverte si te sales a tu lugar. A nadie le importa una mierda que tire de una alarma de incendios un repetidor, pero si tú eres buen estudiante, no tienes derecho a cometer ese error. Tampoco tienes derecho a ser misterioso, ni un genio, ni sexy si te conocieron hace mucho tiempo y no lo eras entonces. Nadie es profeta en su tierra. En cualquier caso, a partir de algún momento ya no me importaron más así que empecé a actuar con real indiferencia; de hecho, todas las chicas con las que acabé en algún momento u otro liado y he compartido clase alguna vez, eran posteriores a la primera fase de secundaria; solo tenían entre ellas en común que no me habían conocido en mi rol social original.

Ese año suspendí, en ese gran año de conquistas personales que nada tenían que ver con el instituto y solo parcialmente con las chicas, un total de cinco asignaturas, de las cuales tenía que recuperar tres para pasar de curso. Esos días estábamos en pleno 15M y yo me encontraba acampado en el paseo del mar del pueblo; estudiando en medio de una revolución o en silencio en el fondo de la clase mientras los otros hacían sus mierdas de, ya he aprobado el curso ha terminado pero sigo aquí porque estoy obligado.

Hasta el último momento, un día de finales junio al ir a recoger las notas, no supe que había pasado de curso. Me quedaron un par de asignaturas a recuperar el año siguiente, castellano de ese ser del que ya hemos hablado pero no terminado llamado Estela Pastor, y otra más que no puedo recordar.

Lidia, respondió a mis aires de importancia con una sonrisa. Quizás la profesora que hubiese necesitado años atrás, la única que pasados los catorce me intentó motivar con algo diferente a la amenaza de un castigo mayor. Me dio medios para avanzar y plantearme retos. Pero yo estaba demasiado ocupado, demasiado absorbido por el cambio inevitable, la tormenta perfecta de mi nuevo rol y victoriosa rebeldía.

No merecí una tutora como esa, y la valoré mucho más cuando la perdí de vista el año después, pues creo que tuvo un hijo con su novia o quizás intentaría construir otra casa en el bosque después de que acabase el juicio de lesiones a la funcionaria que les mandó derruir la primera. También David, entre algunos más, se quedó en el camino. Repitiendo él primero, el día a día con el que habíamos logrado sobrevivir en territorio hostil ya no se iba a poder repetir. El verano del amor™ se abría a mi alrededor, lejos de aquel lugar. Quizás el futuro año aparecía sombrío pese a la primera batalla superada, pero antes, un mundo de distancia había entre el siguiente mes de septiembre y aquel inesperado nuevo amanecer.

Sin ya lugar a duda, de un modo u otro, los tiempos estaban cambiando.








Parte I             Education Labor Through

Parte II            Dulce Introducción a la Secundaria

Parte III           I Met God, She's Gay and He's Black

Parte IV           Independent Though Alarm

Parte V            The Times They Are A-Changing

Parte VI           Jesus of Suburbia I

Parte VII          Jesus of Suburbia II

Parte VIII         The Beginning and the End






la deseducacion, the times they are a-changing
the decay of western civilization /?
random local guys


[La deseducación] Independent Thought Alarm



La (des)educación

Reedición



¿Si me llega a interesar algo, tú crees que me voy a esperar a que lo hagamos en clase, o preguntar a un profesor que lleva claramente veinte años sin salir de su silla? ¿Si lo hiciese realmente por interés, me contentaría con esa respuesta? ¿Si fuese así, lo habría hecho en realidad solo para buscar su aprobación? 

Propongo otro método, deja florecer tu curiosidad innata. Si tienes que perder una tarde de trabajo siguiendo enlaces en wikipedia, hazlo. Si algo te interesa, por estúpido o con pocas salidas profesionales que te parezca, búscalo en google. Sin más. No esperes mejores ocasiones o métodos más refinados, cierra la pestaña y teclea ahora mismo: how to learn lo que sea que quieras aprender. 

Mira videos de gente que sabe más que tú y combínalo con la práctica. Es importante que te encuentres tú mismo los obstáculos que requieren la solución del conocimiento pero no te obsesiones ni desmoralices con ellos. Aprende y experimenta con lo que has aprendido, ve un paso más allá de lo razonable hasta que hables de ello con entusiasmo a tus amigos y conviertas tu obsesión en algo constructivo. Si te interesa la biología, perfecto, coges el libro de biología y te lo lees durante las clases en lo que ellos tardan en hacer medio tema, porque el material didáctico resulta ser útil después de todo. En tercero me leí todos los libros de texto en un par de semanas. Todos ellos. No cambies de asignatura porque ha sonado un timbre o las trompetas del día del juicio final ni tampoco te estés de cambiar de materia cuando has terminado aunque ellos no lo han hecho aún. Descansa cuando sientas que tu atención se diluye, divide el trabajo en partes más pequeñas, piensa sin distracciones, anda si llevas mucho tiempo sentado, ten siempre una botella de agua encima de la mesa para mantenerte hidratado y desayuna fuerte por la mañana.

Exactamente todo lo que no te dejan hacer.

Esos días de curiosidad me ahorraron semanas de estudio a lo largo de todo el curso y me proporcionaron un montón de horas libres en las que ellos hacían cosas que escuchaba solo de fondo porque aún me acordaba de ellas. Te lo recomiendo, el único inconveniente es que te coserán a negativos por estar haciendo sudokus, leyendo el señor de los anillos o un libro de historia en vez de estar siguiendo la clase, de historia.


- Me da igual lo que leas, lo que tienes que hacer es escucharme, abrir el libro de texto y poner la página que toca hoy.


Transforma nuestra curiosidad en algo aburrido, prohibido o esclavo de su necesidad curricular.

Estaba harto.







Parte IV

Independent Thought Alarm



Durante los años que siguieron desde segundo de eso a primero de bachillerato, pasé de sospechar que había otra forma de hacer las cosas que la que nos habían dicho, a odiar profundamente a cualquier persona que osase decir que era profesor.

He hablado mucho ya, de generalidades, de deberes, de cómo influyen las formas, la estructura, en la vida educativa, pero apenas he mencionado un par de profesores en concreto. Tiene un cierto sentido que lo haya hecho así hasta el momento, pero son realmente ellos quienes canalizan toda la situación, ellos son los que están ahí y simbolizan el establishment vengan las normas de donde vengan. No quiero convertir esto en un juego de acusaciones ni de ataques personales, pero hay personas realmente detrás de todas esas ideas que, aunque sea de forma pasiva formando parte de un sistema cuyos objetivos no comparten, sí que tienen parte de culpa de la situación, y desde luego gran parte de la responsabilidad.

Uno diría que hay profesores buenos y malos; algunos que valen la pena, algunos atados de pies y manos, algunos que te suspenden porque te tienen manía, algunos que entienden mínimamente lo que ocurre con el sistema y algunos que no lo quieren entender. Luego hay personas que simplemente su mente no da para comprender su vida, ni su entorno, ni su nada. Todos y cada uno de ellos tienen a su disposición centenares de horas para hablar con la obligación de ser escuchados, y lo relevante no es que algunos consigan dejar en nosotros una imprenta, sino que decenas de ellas logren pasar anónimos y desapercibidos después de horas hablando sin que nada relevante se quede en tu memoria. He visto conferencias de diez minutos que me han cambiado la vida, pero tú solo has conseguido aplastar mi cerebro y dejarlo en un estado inservible en el que imprimir sobre la vida únicamente tu propio fracaso y pesadez.

Esto no es un juego de buenas o malas intenciones, no importa las veces que hayas visto el club de los poemas muertos, eres una parte del sistema más y eso es lo que representas.

Quima Pastor era una profesora de historia con un título de geografía, así que no entiendo qué coño hacia dando clases historia alguien que no ha estudiado para dar clases ni tampoco sabe nada de historia. Dejemos ese detalle como un ejemplo más de lo ridículo de la separación conceptual del conocimiento del que hablaremos más adelante. Lo mismo podría poner a mis primos italianos a dar clase de francés, aunque dado el nivel de las clases, hasta podía funcionar. Como cuando enseñas piano, solo tienes que ir una clase por delante del alumno.

Su envidiable metodología se basaba en hacer leer por turnos trozos del libro de texto a alumnos, luego volver a leerlo ella misma teatralmente haciendo gestos con las manos como si añadiese algo a la explicación; mandarnos a hacer ejercicios, cuya respuesta se encontraba siempre en la parte explícitamente leída, haciendo callar cualquier atisbo de conversación o dialogo con el sonido una regla de metal golpeando la mesa. Eso hacía que de puro aburrimiento ni siquiera quisieses acabar los ejercicios, pues largos minutos de contemplar silenciosamente la pared te esperaban después. Luego, el día siguiente, corregíamos lo hecho el día anterior, donde unos mismos alumnos modelo decían lo que habían puesto, y, independientemente de la respuesta ella decía que sí, que estaba bien pero que mejor borrasen y copiasen la suya, literal del libro de respuestas para profesores, que estaba mejor y nos iba a servir para estudiar. Pasaba dando una ronda estilo de chequeo de las nueve por las celdas de prisión, nadie la tomaba en serio, miraba durante diez minutos quien había hecho los ejercicios y quien no apuntando caras sonrientes y caras tristes en una libreta, y vuelta a empezar. 

Cuando le daba por innovar, mandaba hacer trabajos que eran básicamente del mismo estilo que los deberes y no requerían más investigación que una rápida visita a la wikipedia ni análisis ni opinión. Uno puede aprobar toda la eso sin pensar una sola vez solo sabiendo los lugares ideales que copiar, en la misma página que la pregunta o la anterior, donde se introduce el concepto mencionado en el planteamiento del ejercicio, segundo párrafo saltando la tercera o cuarta línea. Como más te alejes de la literalidad de la respuesta esperada, peor nota. Aunque en realidad, las notas de los trabajos eran de pura casualidad siempre las mismas independientemente de la calidad propia del trabajo solo ligeramente desviadas por su presentación, como si cada alumno ya tuviese un rango de notas escrito en su frente antes de empezar y tu objetivo sea moverte entre ese paréntesis. 

En aquella asignatura y en cualquier otra, sería fácil pedir los trabajos en ordenador, poner un código y corregirlos sin saber de quién es. Pero no lo hacen. Él porque es obvio, tiene miedo de equivocarse y suspender a quien no deben. Una vez cometieron ese error y casi gano un concurso de literatura si no hubiese sido porque al final tras ser nominado no me presenté.

Exámenes en puramente memorísticos, de esos de recordar fechas, siglas de sindicatos y nombres de reyes. Nuevamente nada a la inventiva si puede ser: ejercicios ya hechos en clase, que muchas veces ya habían sido anunciados como tal en voz baja o entre bastidores. Obviamente la gente que escuchaba toda la mierda que decía en clase pues era capaz de pescar entre la morralla esa información clave y apuntarla sigilosamente en la libreta, mientras que los demás no. No era cuestión de saber más o saber menos, era cuestión de si uno había estado atento a lo que salía y a lo que no. Por eso sacaban buenas notas en historia gente que luego llegaba a bachillerato y no sabía quién era Hitler, y he visto muchos amigos suspendidos que podrían dar ellos la clase. Las notas creaban la ilusión de una correlación entre hacer caso y aprender, cuando en realidad era entre aparentar ser buen alumno y conseguir que te aprueben trabajos y exámenes. No es un caso aislado ni una profesora especialmente mala, simplemente era tonta y se le notaban todas estas cosas más que a los demás.

Pasaba de todo, ya no seguía la clase, no estudiaba, no hacia los deberes y llegados a ese punto disfrutaba cada punto negativo que se apuntaban en la libreta como una brisa de viento fresco, a la que respondía con risas y sarcasmo junto a mis compañeros. Porque llegaba el examen y después de reclamar puntos que casualmente siempre se le olvidaba contarme, o ejercicios que no había visto, o explicaciones de una página que no se había leído, sacaba ochos, sietes y nueves. Porque el refuerzo negativo tiene sus límites, y el intento tardío y demasiado obvio de aplicarlo y escribir caras tristes en una libreta era una confirmación de que no iba por mal camino.

Éramos crecientemente insoportables a los profesores y alumnos pero intentábamos contribuir a nuestra manera a la comunidad. Un amigo suspendió un examen importante para el que le ayude a estudiar mucho más de lo que yo había estudiado para mí mismo en todo un año y todo el mundo daba por sentado que suspendería. Cuando vi su examen con un número tres escrito encima, él se puso triste y aceptó resignado, pero yo me levanté, dejando mi examen ignorado sobre la mesa e hice algo que esa comunidad de gente que se lleva tan bien pero disfruta del fracaso ajeno porque justifica el suyo propio nunca había visto: reclamé fallos al corregir y respuestas correctas de un examen que no era el mío. Lo mejor no es que tuviese razón, es que nadie se hubiese percatado de la diferencia porque ese tres era una nota previsible para todos menos para mí, que sabía que esta vez mi amigo estaba preparado para el examen de verdad independientemente de sus notas anteriores y de no haber memorizado un estúpido libro de texto.

Salió de la clase con un siete entre los brazos. 

Era solo un examen más, pero para muchos hay una línea de no retorno, un momento en el que tu esfuerzo ha dado fruto después de tanto tiempo pero no ha sido reconocido, un momento en que necesitas una confirmación de que aún eres capaz y te vas para siempre si no la recibes. No si te esfuerzas y convences a otros de que lo haces no pasa nada todo irá bien, no es lo mismo. La cultura del esfuerzo que pretendían defender no es solo valorar el trabajar, sino que este debe dar valor a tu trabajo. Perder un año de tu vida suspendiendo cuando no lo mereces porque todo el mundo está acostumbrado a ello te aparta del sistema para siempre, te llevas a cuestas la relación entre buenas notas e inteligencia para siempre y pasarás la vida creyendo que eres estúpido porque toda relación con el mundo intelectual te recordará únicamente al instituto sitio al que no perteneces. 

Éramos unos cuantos los que hacíamos a nuestra manera. Una curiosa mezcla de gente que aprobaba sin hacer nada, repetidores esperando tener la edad para ir a trabajar, gente que apenas sacaba suficientes pero era capaz de ver el sinsentido y gente con sinceramente mejores cosas que hacer con su tiempo. Algunos se quedaron en esa actitud durante años, haciendo sonar música en móviles escondidos o haciendo pequeñas trastadas. Yo me encontraba habitualmente hablando con Eric López, sentado a mis espaldas, durante un montón de horas al día con la silla de lado, sobre el pro evolution, la vida, y una chica de fuera del instituto a la que llamábamos diecisiete.

Los días transcurrían con normalidad con alguna charla de cuando en cuando con los profesores sobre mi creciente indiferencia. Mi actitud de mínimo esfuerzo era entonces bastante cómoda y no tenía más planes con ella. De cuando en cuando me planteaba que quizás la situación no fuese tan terrible ni la adulteración tan literal, y casi me convencieron de que lo que estaba haciendo era alguna especie de travesura y que pronto, cuando me viese apretado por la siguiente subida de nivel, volvería a mi cauce habitual. Hasta que un día quería preguntar algo sobre váyase usted a saber qué a una profesora, y como había salido un momento de clase la esperé al lado de la puerta y escuché alguien al otro lado comentar en voz no lo suficientemente baja alguna cosa parecida a:


Es que estos que no estudian y luego me aprueban todos los exámenes parece que se quieran reír de nosotros, yo hago todo lo posible para que suspendan por ejemplo cuando pongo los exámenes intento que sean más… ya sabes.

Sobre la Filosofía - Quima Pastor, tutora de segundo



No llegué a escuchar nada más.






Era exactamente lo que pensaba que ocurría, pero cuando lo escuché aquel día de forma literal no me lo podía creer, y no dije nada porque sabía precisamente que nadie me creería.

Quizás era que nuestra forma de actuar se estaba volviendo popular, supongo que eso y no la rebeldía lo que disparó realmente esas alarmas metafóricas no tan metafóricas por primera vez. De vez en cuando, en alguna asignatura del montón, digamos por ejemplo inglés, preguntaban quien había hecho los deberes y alarmados por la tímida respuesta de unos pocos preguntaban quien no los había hecho. Un ejército de brazos, que se habían ido cambiando de sitio a lo largo del curso, se alzaba en más de la mitad de la clase alrededor de un grupo concreto o hardcore. Un par de reprimendas y discursos institucionales sobre el futuro después, la multitud se disipaba durante los días posteriores, pero nunca desaparecía del todo, porque sencillamente no hacer nada en clase funcionaba, y fuera había cosas mejores que hacer.

Tenía mi vida social en otro lugar. También tenía aquí, no era ni mucho menos ningún marginado, me llevaba más o menos bien con todo el mundo, teníamos un grupito para salir al patio, para hablar entre clases y a veces quedábamos algún fin de semana. Pero por una cosa u otra no la consideraba mi gente, lo que quizás hizo más fácil mi distanciamiento con los valores de ese mundo en su totalidad.

Quedaba con mis amigos en un lugar llamado Montclar. Pertenecientes a recortes de anteriores grupos del colegio, participantes a campeonatos de ping pong y genios en general, nos reuníamos ocasionalmente para jugar a magic y terminamos siendo una familia. Teníamos más o menos la misma edad pero nunca habíamos coincidido en una clase, así que no sabíamos cómo era cada uno dentro de su mundo. Allí, éramos prácticamente otra persona. Hacíamos todo tipo de locuras, salíamos de fiesta mucho antes de siquiera estar cerca de tener para ello edad legal, robábamos en los supermercados, secuestramos unos conejos, cavamos una piscina en el jardín. Una vez jugamos a futbol con una pelota encendida en queroseno. Baloncesto, vóley, Mario Kart, SSBM, ir a skull, Guitar Hero, quedar con grupos de chicas, Warhammer Fantasy; sabíamos lo que nos gustaba, sabíamos quién queríamos ser y descubrimos que éramos buenos en ello. Competíamos entre nosotros en cuanto caía en nuestras manos, y nos proporcionaba aquello que el colegio había fallado durante años en proporcionar, un reto emocionante. Nos mantuvimos activos, mentalmente preparados, y raramente alguna de las formas en que conseguíamos lo que queríamos tenía nada que ver con los viejos patrones aprendidos en las clases.

Durante un tiempo e inevitablemente, uno de nuestros pasatiempos favoritos fue contar trastadas y actos de micro rebeldía que cometíamos de cuando en cuando en clase. Con roger y muñoz en la vanguardia, al principio era para contar alguna buena historia, pero no estas no tardaron en terminarse y se convirtió en un motivo más para hacer de nuevas. No grandes cosas, no prender fuego a la entrada con gasolina como se cuenta la leyenda ocurrió un año antes de que yo entrase en tal instituto, ni cerrar todas las puertas del edificio con silicona porque alguien tenía ganas de no ir a clase ese día. Las nuestras eran tonterías menores, actos que dejaban antever de alguna forma la poca importancia que dábamos a las clases, lo sobrados que íbamos sin los consejos de ningún profesor, sin ofrecer a la postura oficial una oposición directa.

Pero no se quedó en eso.

Cada semana tenía que ir un poco más allá, tenía que haber algo que contar. De cuando en cuando otra gente se nos unía durante estas conversaciones y se reía, o entraba por un tiempo en nuestro juego, nos miraba desde la distancia sin estar muy seguro o simplemente resoplaba con cansancio o superioridad. Éramos bastante pesados. Pero no iba con ellos, tampoco era el objetivo llamar la atención, era una competición con uno mismo con sus propias normas no escritas, ver hasta donde podías llegar sin romperlas, no un intento de ser mejor que otros; una catarsis de algo mayor, una desintoxicación. De alguna forma al principio no era vandalismo en sí, eran acciones que dejaban de alguna forma al descubierto aquello que era ridículo, con lo que no estábamos de acuerdo, o nuestro creciente desapego; todo antes de adoptar nuestra rabia en el caso particular de roger, una forma más puramente destructiva. Andando sobre la línea de lo legal, mas por andar sobre alguna cosa que por interés en el otro lado, de alguna forma buscábamos un conflicto, un castigo fuera de lugar, una exposición del sistema como tal que nos diese la seguridad de tener la razón. Y lo encontrábamos. No éramos niños racionalizando nuestros límites, buscando excusas o manías de profesores o decir tras suspender para sentirte mejor que en realidad no había estudiado. Todos sacábamos buenas notas si así lo queríamos, de hecho era precisamente a lo que nos habíamos dedicado nuestras vidas antes de juntarnos. Había allí algo más que una simple expresión de rebeldía adolescente contra lo establecido. No siempre, pero a veces nos quedábamos hablando de ello más tiempo de lo normal, sin ya velocidad en la voz, en su lugar una profunda indignación. Delante de nuestras casas hasta muy entrada la noche, era porque había algo muy de fondo; aunque no pudiésemos o quisiésemos expresarlo directamente más que con esos pequeños actos. Quizás detrás había la inmensa tarea que intuíamos, que si realmente teníamos razón, íbamos a tener que aprender por nosotros mismos.

Nuestro paso por los centros educativos, conflictivo o no, exponiendo los fallos del sistema o no, terminaría; y sería olvidado tarde o temprano ante la siguiente e imparable avalancha de nuevos jóvenes. Pero para nosotros, una vez conscientes del problema, ya no había marcha atrás ni una segunda oportunidad. No puedes volver sin más a una vida que sabes ya no tiene sentido. Nos quedaba la inmensa tarea de encontrar que hacer realmente con nuestro futuro, delante de lo que deberían ser nuestros referentes, caídos. Convertirlo en una broma fácil y pavoneo era la mejor forma que teníamos de reaccionar ante la situación, quizás la única.

Años más tarde recuperamos el tema, pero la desconexión que habíamos realizado cada uno por nuestra cuenta era ya total, y estábamos orgullosos de nuestra radiante identidad de rebeldes y saboteadores. Sobre la irracionalidad de la rebeldía, no tenía ningún valor por sí misma, no conseguía nada ni su objetivo era cambiar el sistema porque la rebeldía no es una decisión racional de ventajas e inconvenientes; pero teníamos el control. 


The first and only evidence that is supplied me, within the terms of the absurdist experience, is rebellion … Rebellion is born of the spectacle of irrationality, confronted with an unjust and incomprehensible condition.

 The Rebel - Albert Camus



Muñoz, repitiendo curso, me contaba cómo se llevaba los jóvenes estudiantes a tomar cerveza en horas de clase y, antes de ir a baloncesto, quemábamos en el patio del montclar (donde por ese entonces teníamos terminantemente prohibida la entrada) todos los miércoles las hojas de los trabajos, ejercicios, libros enteros que nos mandaban para hacer, y que perfectamente podríamos haber tirado a la papelera pero nos gustaba conservar para nuestro pequeño y pagano ritual.

Cuando volvías al instituto después, ya no del verano, sino de un simple fin de semana en el montclar, aparecías en un mundo en el que ya no formas parte. Eras un fantasma. De repente te ves a ti mismo haciendo las mismas cosas que hacían quienes tomabas por idiotas años atrás y lo peor es que te importa una mierda. Los cantos de sirena anunciando que tercero y cuarto eran muy diferentes a primero y segundo resultaron ser obviamente una farsa más. Los profesores, quienes no se podían estar de expresar su desaprobación, me castigaban o expulsaban de cuando en cuando y yo pasaba el día en una posición que inventé reclinado con la silla al fondo de la clase con dos o tres genios del mundo del espectáculo más. Cada día veía más y más incoherencias, dobles morales y comportamientos sospechosos. El velo había desaparecido y no había dejado una vista muy agradable detrás.

Recuerdo una vez que saqué una media de nueve y pico en tecnología y al entregarme las notas finales comprobé con sorpresa que había suspendido el último trimestre. Me pareció curioso, pero realmente me daba igual, solo quería que me dejasen en paz. Aparentemente, como no entregué la libreta para que le diesen el visto bueno, eso significaba no poder pasar la asignatura y el mismo diálogo de besugos se repitió con diferentes profesores que interrumpieron sus agendas para intentar negociar el rescate de tan enigmática libreta.



- ¿Pero porque no la entregas? 

- No es que no quiera, es que no hay libreta, no existe. 

- Venga va, no te cuesta nada, entrégale lo que sea. 

- Para que se supone que sirve una libreta de la asignatura. 

- Para hacer los ejercicios y con ella poder estudiar para el examen. 

- Pues ya está, tengo un diez en el último examen, qué más da como haya estudiado. 

- Podrías haber copiado. 

- Podría haber copiado con libreta también, y tampoco es que tenga que demostrar que no lo haya hecho, se llama presunción de inocencia. 

- No me líes. Si no entregas la libreta te tiene que suspender, está en los criterios de avaluación. 

- Entonces suspenderé, iré a recuperación, sacaré otro diez y me quedará un cinco de la asignatura, como si alguien le importase en el futuro que nota de tecnología te queda en tercero de eso. 

- Pero venga, ¿qué te cuesta entregar la libreta?



Así durante horas y horas, muchas menos de las que me hubiese llevado crear una desde cero.
















La verdad es que yo no tenía libreta que pudiese llamarse de tecnología. Le pedí dinero a mi madre para material escolar, compré una y me gasté lo demás en algún que otro Ángel de Serra. Usaba esa libreta para todas las asignaturas, con información aleatoria, dibujos, historietas y demás, que era más para adornar que otra cosa. Por aquel entonces, los profesores, y diferentes alumnos también, estaban convencidos de que yo aparentaba no hacer nada para hacerme el rebelde o hacerme notar, ignorando todo el proceso de desencanto que llevaba años gestándose a la vista de todos. También creían en libretas secretas con los ejercicios hechos y demás seres mitológicos, y por supuesto, que yo estudiaba cuando nadie podía verme.

Entonces empezaron a jugar una carta que si bien les sirvió y emplearon en muchas otras ocasiones, les marcó definitivamente como mi enemigo, por muy de buenas que me saludasen por la calle después.

Llamaron a mis padres.

Porque cuando una figura de autoridad no es suficiente para convencer a un alumno de algo, lo mejor es conseguir más. Al final, cedí, arranqué todas las páginas escritas de una libreta antigua y copié de una compañera la resolución de un par de ejercicios de cada tema; la entregué y nunca más nadie la volvió a mencionar.

Nos bajaban deliberadamente las notas, una sustituta que no había visto en mi vida y llevaba una semana intentó que me suspendieran todo un curso el último día de clase, una tarde de verano ya tras los exámenes, por mal comportamiento. Pero tampoco éramos inocentes, a veces hacíamos ruido, nos reíamos de la clase, ese tipo de cosas. Una vez me hice expulsar de educación física porque consideré que habían expulsado injustamente a un compañero y monté una escena al respecto. Me separaron, a la fuerza y a petición popular, de Alex mí entonces compañero de mesa, a quien yo era una muy mala influencia, y pusieron en su lugar a una chica a quien yo le gustaba porque a la tutora la pareció una bonita historia de amor. No la era. El instituto no daba buenas ocasiones para hacer campanas, así que las pocas veces que optábamos por algo así la actividad se limitaba a jugar a las cartas en los lavabos o tomar el sol en los patios interiores infestados de gatos y de ventanas cerradas. Pronto nos dimos cuenta de que era más cómodo hacer esas cosas en clase directamente si podías evitar que te confiscasen la baraja, excepto en las clases de matemáticas, donde prefería apalizar a quien se ofreciese a jugar conmigo al ajedrez.

Recuerdo en especial una de esas ocasiones. Normalmente esperábamos un tiempo prudencial antes de empezar a jugar, pero ese día estaríamos más emocionados y el profesor, uno de los únicos por los que tengo algún tipo de aprecio y respeto real aun a día de hoy, decidió que habíamos cruzado una línea invisible con ello y nos expulsó. Eso nos condujo a una epopeya digna de leyenda alrededor de todo el instituto, porque nos echaron otros expulsados de los superpoblados lavabos. Nos cruzamos con un chico algo oscuro con una sudadera de Héroes del Silencio que siempre me había parecido algo desagradable, también expulsado, que como nosotros había decidido no informar de ello a la sala de guardias y dar una vuelta; y todos juntos escapamos de las garras de la jefe de estudios asegurando a la chica profesora de cicles formatius pertenecer a una clase llamada cuarto-a, a-tron.

Tras múltiples aventuras, Gerard y yo, acorralados, volvimos a clase y nos montamos una historia en la que estábamos muy avergonzados de nuestra conducta y habíamos vuelto a pedir perdón media hora más tarde de ser expulsados. La escena era inaudita, improvisada, sin duda la reacción digna de un genio, y ante la atónita mirada del profesor de matemáticas y la clase entera entramos a salvo y de fondo los pasos de la jefa de estudios retumbando por el pasillo sin salida.


Eran otros tiempos, más sencillos. Todo, aún nuestra rebeldía sin sentido, lo tenía en un mundo tan absurdo.










Había pasado ya el momento en que esperaba algún salvador, alguien de quien aún valorase su aprobación y volver con él a los cauces de una vida a favor de la corriente. 

Alguien, algún profesor, un mecenas, quien sea, que se me apareciese del cielo reconociese mi virtud y mi justa lucha. Una ilusión infantil más para cubrir la verdad. Con algún profesor hablé cuando se puso de moda expulsarme y hablar de mi comportamiento en la sala de estudios, ya tarde pero aún temprano comparados con los demás, un hombre llamado Fede, que había sido mi tutor en primero y había visto de cerca mi evolución resultó impactado por esas noticias que no se correspondían con la imagen que tenía de mí; se podría decir que genuinamente se preocupó aunque no tuviese ninguna obligación para ello y me fue a encontrar. No fue el único, no me estoy refiriendo a ninguna conversación particular porque sinceramente ya no las recuerdo. Pero las intenciones solas no bastaban, yo no buscaba consuelo, buscaba razones y las que me daban eran tan parecidas al discurso típico de los demás y del institucional, que no tenían efecto sobre mí. La conversación era de un nivel muy bajo en parte porque no daba para más y quizás porque yo tampoco era capaz de explicar todo desde su raíz como ahora lo estoy haciendo, la desinformación y el malentendido nos gobernaban. La conclusión siempre era la misma: aunque esté todo mal, como no puedes ni yo puedo hacer nada para cambiarlo porque estamos atados de pies y manos lo mejor es tragar, como nos enseñaron en catequesis.


- no quiero 
- y que propones entonces, listo, como harías tú que funcionase todo

Fue en ese momento en el que descubrí que me correspondía a mí, en ese momento, proponer la siguiente reforma del modelo educativo. No lo hice, porque no tenía una respuesta. Aunque si desde el gobierno me hubiesen avisado con más tiempo y estuviesen dispuestos a financiar a mi equipo de investigación, no tendría ningún problema en ponerme a trabajar.

El nivel de los argumentos era increíble.


se podría hacer perfectamente una prueba de competencias básicas como ya se hacen en algunas partes del país a cierta edad, incluso seguir haciendo un examen de tienes que ser x alto como para pasar de aquí acceso a las universidades; pero no basar en ellos doce años de proceso educativo desde que entras a la escuela primaria. no como objetivo último de todo el proceso de educación. que si quieres puedes centrar alrededor de temas parecidos o incluso poner los mismos nombres a las asignaturas que los diferentes temarios que salen en susodicho examen, aunque sea un desperdicio conceptual. un examen todo en conjunto no como es ahora aunque manteniendo ciertos parecidos; presentado como un culminación de lo que debes ser capaz de aprender, y demostrar esa capacidad aprendida de gestión de recursos, tiempo y propio conocimiento dando un par de meses previos para su preparación.

pero como somos una gran nació de indefensión aprendida, nunca nos vamos a atrever a dar ese paso, ni ningún otro.


gran compendio de cosas que debí decir en su momento - yo mismo



No tenía entonces una alternativa, no tenía una solución como tampoco la tengo ahora, pero uno no tiene por qué tener una alternativa completamente desarrollada a algo para decir que lo que se está haciendo no funciona. uno no necesita tener redactado un nuevo tratado de ginebra para quejarse del hecho de que las emisiones de co va a convertir a la larga su país en un erial desértico, ni saber de derecho internacional para horrorizarse ante millones de refugiados en las fronteras cerradas de europa. Imagínese los políticos saliendo a la calle con los manifestantes y exigiéndoles conocimientos de química avanzada y macro ecologismo, es una trampa del poder pedir a los ciudadanos que sufren las consecuencias de sus políticas un mayor conocimiento en ellas que los que toman las propias decisiones para poder tener derecho a opinar, igual que lo era permitir mis quejas pero no las de mis compañeros porque para hablar primero tenían que sacar buenas notas. Pese a no tener un modelo perfecto, estoy convencido de que se podrían arreglar músicas cosas simplemente siendo consciente de los fallos estructurales del sistema, cambiando la forma en la que yo haría una clase o corrigiendo comportamientos o posturas de los profesores en particular; pero no tengo en la mano una solución magnifica estructural, una solución universal a todos los problemas, entre otras cosas porque no la hay. Porque aún que nos hayan enseñado por repetición que las respuestas siempre están ahí, en el libro del profesor, escritas con fuego en el firmamento a modo de verdad histórica, no siempre es así. Estas tratando de convencerme de que eres el mal menor, pero no creo que te interese ese planteamiento, más cuando estás hablando con alguien que no le temblaría el pulso para mañana mismo, no cerrar, sino abrir las puertas a la vida y a la sociedad de todas las escuelas e institutos del mundo y que dejasen de llamarse así.

Reconozco el campo, al contrario que los profesores, como una compleja mezcla de psicología, aprendizaje, gestión de recursos y comportamiento social que debería ser estudiada y aplicada como tal. No como parches unos encima de otros, y apaños para hacer la educación más parecida a un proceso industrial y la vida más cómoda a los profesores que son después de todo los que se levantan cada día en las trincheras entre más días de vacaciones que de faena para dar clase a esos salvajes.

Los profesores se escudan de los cambios que modifican su modelo de trabajo porque solo ellos conocen las condiciones exactas porque son ellos después de todo quien están en la clase, pero a la vez la opinión de quienes están en ella tampoco vale porque, recordamos los alumnos están, de base, equivocados. Una solución no mágica, requeriría la planificación e implicación durante años no solo de unos profesores titulados en sus respectivos campos, sino la participación de puros pedagogos, educadores sociales, familia, bibliotecarios, psicólogos infantiles, monitores, entrenadores físicos y en última instancia toda una sociedad; y seamos sinceros como sociedad no estamos dispuestos a ello porque no queremos ser responsables del resultado y porque nos convencen de que tenemos alguna otra urgente y política prioridad.

No se trata de tener una alternativa, que estoy segura gente más preparada que yo puede llegar con los años dar con una o quizás hasta buscar en google el modelo de educación nórdico. Bastaría en muchos casos ser conscientes de que un modelo de educación equivale a un modelo de sociedad y ser después sinceros con nosotros mismos. De lo que se trata, es de que nunca, ni aunque fuese falso interés, he entrado en una clase de instituto y alguien me ha preguntado qué es lo que quiero aprender. Hay un vacío cuántico entre el último momento en el que cuentas en la escuela qué quieres ser de mayor a los seis años hasta que cumples dieciocho y tienes que escoger una carrera para el resto de tu vida. 

Eso, para mí, no es el síntoma de una enfermedad que pueda definirse como el mal menor. Si todo lo que tienes que decir al respecto es que no sabes hacerlo mejor, entonces lo que tienes que hacer es hacer un paso al lado y dejar que se encarguen otros.

Entiendo el concepto de atado de pies y manos. No puedes ahora simplemente dar pequeños pasos hacia dónde quieres llegar, es el mismo motivo por el que es cuestionable andar hacia las utopías y por el que mucha gente quita el azul a la bandera por la independencia; a veces en línea recta el norte te aleja de él, porque el mundo es más complejo de lo que parece, y sino que le pregunten a los esquimales y sus estúpidas veinte palabras para definir el color blanco. Un pacífico cambio de modelo no tiene futuro, porque si tu mañana, aunque yo lo haría igualmente, quitas la asistencia obligatoria y no ofreces el trofeo final de un título de graduación, a las dos semanas días cuando la gente se dé cuenta de que no es un sueño no vendrá nadie. Entonces no aprenderán aunque sea ni lo poco que aprenden con vosotros, ni tampoco harán nada que les beneficie ni quieran aprender por ellos mismos; se tumbaran frente al televisor, andarán por las calles y se levantarán al mediodía hasta que harten a sus padres y les manden a trabajos poco cualificados. Sería absurdo, porque es absurdo, pero eso es porque ya llevas diez años haciendo las cosas mal y asociando todo el mundo de buenas intenciones que acabas de abrir como un infierno al que estás obligado. Quizás no tú, pero si al sistema al que representas y bajo el que estás obligado a jugar, profesor.

Habrá quien lo haga, pero yo no defiendo tampoco el haz lo que quieras y ya; porque vas a fracasar como no seas un genio incontenible de los que hay uno cada cien años y las personas somos horribles escogiendo lo que es bueno para nosotros, pero eso no significa que necesitamos como a los ocho años que decidan otros por ti. Necesitas aprender a cómo hacer aquello que quieras, a desarrollar tu propia motivación e ideas, como gestionarlo, como no estancarse y seguir aprendiendo; necesitas un guía, no un dictador ni un supervisor de que hagas lo que dice un libre de texto ni tiene porque ser un genio atemporal, ni la viva representación del éxito porque él no es lo importante. Necesitas también ser capaz llegado el momento de escribir, manejar información, concentrarte y quizás estudiar para pasar unas pruebas, pero no pasarte la vida haciendo ensayos sobre ensayos. Alguien que no necesariamente sepa de aquello que haces más que tu pero te de las herramientas para ayudarte a ti mismo. Todo aquello que deberíais haber estado enseñándonos, y aun no es demasiado tarde pero prefieres sentarte aquí y preguntarte que puedo ya hacer porque no quieres correr el riesgo, porque para ti es un trabajo que no quieres perder pero la mayoría es lo que recordaran de la educación durante toda su vida.

¿Si los dos estamos ligados de pies y manos, quien nos ha atado en primer lugar?

¿Eres tú el que me está intentando convencer ahora de una conspiración, crees que eso no es también lo que quieres aquellos que ponen las normas y tú interpretas a tu favor?







Teníamos que hacer un trabajo por grupos parecido al trabajo de recerca que se entrega después de segundo de bachillerato, así que nos reunimos y tras muchas clases haciendo deliberaciones concluimos que nuestro tema no iba a ser de los preseleccionados sino sobre explosivos, o como lo llamamos, reacciones altamente exotérmicas. Fue la primera vez en la historia del centro que por orden directa del director se vetó un trabajo de recerca por no encajar con los objetivos del centro o alguna payasada por el estilo.

Cuando se nos informó, no atendimos a los razonamientos de la profesora que teníamos asignada como marioneta y nos tiramos más de una hora pidiendo explicaciones a un director viejo y cansado de nosotros. Cabreados y decepcionados, no hicimos nada durante todo el curso hasta la última semana, e invertimos el tiempo de clase en jugar a tonterías por internet y hablar entre nosotros. En uno de esos días, antes siquiera de que todos los grupos estuviesen formados y mucho antes de que nadie se pusiese a trabajar, hicimos una lista completa de todos los alumnos de la clase. Las notas, aunque el trabajo fuese en grupo, eran de corte personal, teniendo en cuenta la estimación de cuanto ha participada cada uno en el escrito final y de la calidad de este. Así que, junto a esa lista de nombres, escribimos del uno al diez las notas que creíamos que sacaría cada una de las personas de la clase antes siquiera de que ellos mismos supiesen qué iban a hacer.

Ninguna de las notas que nos inventamos fue a más de un punto de diferencia al final de curso de las notas reales. Ni una sola. En cuanto a las nuestras, nos sacamos de la manga en el último momento un trabajo finalizado, que los profesores no entendieron ni habían visto en ninguna fase de construcción. Esa famosa estimación personal de trabajo resultado resultó no un trabajo de minuciosa guía y supervisión durante todo el proceso, sino una especie de encuesta, unos papeles en las que nos pedían que valorásemos en multitud de complicados aspectos a nuestros compañeros con una nota y una explicación. Acordamos entre nosotros, responder siempre, en todos los apartados, páginas y páginas de preguntas rellenados con la misma respuesta escrita del mismo modo aunque no tuviese sentido dentro de la pregunta en sí.


- ¿Qué aspecto consideras más importante de vuestro trabajo?
 
- Un diez, porque hemos trabajado en equipo.


Dos de nosotros sacamos un cinco, el que se suponía era un poco más trabajador un seis, y el que era considerado listo y aplicado un ocho, exactamente la nota que habíamos predicho al principio del curso.

Lo realmente preocupante no eran las canalladas o las injusticias ni el trato personal. Era la inacción del resto de la clase, la indefensión aprendida, a la que nos vamos acostumbrando y aceptando como algo normal, el tú no te quejes que igualmente apruebas, la culpa es de los que estudian poco, la culpa es de los que estudian mucho, la culpa es de los inmigrantes ilegales, la culpa de que gane trump es de los que votan terceros partidos, el que nadie se pregunte si no está perdiendo su tiempo, energía y juventud es el verdadera problema. 

Sus críticas, las de los demás alumnos, precisamente las de quien eran más víctimas que nosotros, son las que suenan aún en mi cabeza. Les podría preguntar, aún ahora, y seguramente no recordarán todo el tiempo perdido sino la mayoría de sus profesoras con gran cariño, aquella en particular como una profesora empática, que se preocupaba por ellos y que nosotros solo queríamos molestar, pretender saberlo todo y llamar la atención.

¿Nadie se da cuenta de que las características que se van asociado como resultado del sistema educativo, son exactamente las que uno podría asociar a nuestra realidad política y social?






No sé si es porque la estructura inherente del sistema crea un modelo de persona que luego interactúa en sociedad, o si tenemos este sistema porque queremos una sociedad futura en la que podamos mirarnos al espejo y no sentirnos inferiores ni menos sufridos que nosotros, porque si era verdad después de todo que todo ese trabajo duro fue en vano eso convertiría esos años de sacrificios en años perdidos. 

Tampoco sería justo simplemente ver todo lo que no te gusta del mundo y culpar de ello al sistema y la sociedad, o en nuestro caso, al sistema educativo. No sé si fue antes el huevo o la gallina, pero sería una tontería pensar que no están emparentados.


Busca los síntomas del estrés (provocados por un cierto ritmo de vida), y los síntomas de la falta de sueño continuada (provocados por ideas absurdas sobre la estandarización horaria) en la jodida Wikipedia, y tendrás una radiografía de los principales problemas de las sociedades modernas occidentales.
yo otra vez, pero en otro lugar



Nos levantábamos a una hora que es un crimen fisiológico despertar a cualquier mente adolescente, la mayoría sufrían por la acumulación de trabajo estrés y tensión ante la constante amenaza de exámenes para mantener el control. Nosotros, los chicos del fondo de la clase, pasábamos de seis o siete horas al día de tortura intelectual diaria en unos lugares que odiábamos y a los que solo íbamos porque no teníamos realmente ningún otro sitio adonde ir. Un atisbo de responsabilidad y de deber con los padres, junto la esperanza de un mañana mejor, nos hacía continuar a unos y por la misma razón dejar la educación y todo lo que para ellos significaba a otros. 

Nuestra pequeña revolución, que nos empezaba a pasar facturas tanto personales como académicas, solo servía para molestar un poco a nuestros carceleros de vez en cuando y ponerlos más en nuestra contra. No tenía ningún sentido, pero nos daba una identidad.


Ahora sí que te entiendo, el problema es que no te gustan las asignaturas, pero no sufras, ahora cuando termines el curso podrás escoger el tipo de bachillerato y estudiar por fin lo que te gusta.


La que nos espera.





Parte I             Education Labor Through

Parte II            Dulce Introducción a la Secundaria

Parte III           I Met God, She's Gay and He's Black

Parte IV           Independent Though Alarm

Parte V            The Times They Are A-Changing

Parte VI           Jesus of Suburbia I

Parte VII          Jesus of Suburbia II

Parte VIII         The Beginning and the End






la deseducacion, independent thought alarm
the decay of western civilization /?
random local guys