[La deseducación] The Beginning and the End



La (des)educación

Reedición



From the coast of gold across the seven seas
I'm traveling on far and wide
But now it seems I'm just a stranger to myself
And all the things I sometimes do, it isn't me but someone else

I close my eyes and think of home
Another city goes by in the night
Ain't it funny how it is, you never miss it 'til it's gone away
And my heart is lying there and will be 'til my dying day

So understand, don't waste your time
Always searching for those wasted years
Face up, make your stand
And realize you're living in the golden days










Parte VIII y Final

The Beginning and the End or "Knokin' on Heaven's Door"


Me saqué un curso presencial de navegación básica durante las semanas previas a la selectividad, por el que fui cada día a Palamós durante casi un mes y al acabar empecé a trabajar de marinero en un barco de pescadores por la noche, y así pasé todo el verano tras la idea de un futuro prometedor.

Desgraciadamente, al final la chica con quien me tenía que ir a vivir suspendió sus recuperaciones, así que, en un alarde de originalidad ante la falta de mejores ideas, me apunté en la lista para entrar a vivir al campus universitario. Que resultó sorprendemente una buena decisión. Fue un inconveniente al principio pero vivir con esa chica era solo una parte de mi plan, en realidad estaba preparado para vivir con quien fuese, simplemente es que el chico que va a llegar a la universidad para tener un compañero de habitación con quien vivir y recordar estos años toda la vida, y que pese a haber sido escogido al azar casualmente sería la persona indicada para ser mi alma gemela, estaba muy lejos ya de la versión de mí que llegó a la universidad. Por decirlo de otra forma, yo estaba cansado ya de historias y sentimentalismos, vivíamos en el mismo sitio pero hacíamos nuestras propias vidas. Me adapté rápidamente al ambiente y una vez pude cerrar la puerta detrás de mí y llamar a aquel sitio mi hogar, quise no tener que volver nunca a casa de mis padres. Me despedí de mi pueblo como si fuese la última vez y ciertamente no fueron años pero si pasaron un montón de meses hasta que me decidí a hacer una visita. La libertad y sobretodo la posibilidad de crear mi propia realidad me sedujeron con rapidez, nuestro piso en concreto era un desastre a ojos de cualquiera, pero no tener que dar cuentas a nadie por ello lo hacía un paraíso a los míos. Compartí piso con médicos que fumaban diez euros de maría al día, con un buen matemático, con un chico muy majo de canarias, dos japoneses homosexuales y un conejo del que yo no conocía el propietario pero aparentemente alguien sí lo hacía, y yo lo cuidaba cuando el dueño, fuese quien fuese, se iba de vacaciones. Me levanté un día a las once de la noche en semana santa, yo creyendo que estaría solo durante una semana, y allí estaba él, junto a una bolsa de comida sin ninguna nota ni explicación.

Nos llevábamos bien, aunque ya no mantenemos contacto.

Me hice un tatuaje que me cubre gran parte de la espalda y se me podía ver a menudo por el campus en batín, con el pelo teñido de amarillo o vestido de jugador de baloncesto en los meses de invierno. Pasaba la mitad del tiempo en casa de Marc, el amigo del instituto, y Miquel, un indispensable del montclar que la casualidad llevó justo al piso de al lado. También en ese piso conocí a Joan, actualmente un reconocido random local guy, donde en realidad ocurrieron tantas grandes cosas que en una sola lista no puedo abarcar. La otra mitad del tiempo lo pasaba junto a Alicia, mi pareja de aquellos días que prácticamente vivía conmigo. Salíamos todos, separados pero al mismo lugar, todos los jueves sin excepción en lo que constituyen algunas de las mejores noches de fiesta que nunca he vivido, y volvía cada vez en mejor o peor estado, pero casi siempre con la chica que quería, ella. Dejé de jugar al baloncesto y lo eché de menos, pero compensé con un equipo de fútbol hecho entre compañeros del campus y frecuentes horas de conversación alrededor de una mesa de ping pong que nos cerraban a las dos de la madrugada. Bajaba de vez en cuando a mi pueblo y me liaba con dos o tres chicas cada vez porque les daba morbo que fuese a la universidad o yo que se, pero nunca me quedaba demasiados días y a veces ni siquiera pasaba por casa de mis padres ni mencionaba que estaba por allí. Conocí un montón de gente de la que ni me acuerdo y me convertí en alguien que pudiese resumir en un par de minutos: de donde eres, que estas estudiando y si fumas mariahuana. Colamos un carrito de la compra robado del mercadona en el metro, jugamos al Super Smash Bros hasta el amanecer, tomábamos café en el departamento de matemáticas aplicadas con mis nuevos amigos de la universidad porque era más barato que en la cafetería normal, aprendí a tocar la guitarra pillandola prestada a oscuras del armario de mi compañero de habitación. Dormía por el día, perdí la noción del tiempo, miraba un montón de anime japonés, se podía pillar hierba por el grupo de facebook oficial, compraba toneladas de cerveza barata y doritos marca blanca y estoy bastante convencido de que una vez me ligué a una chica erasmus con la que no hablaba ningún idioma en común.

Creo que sí, yo creo que viví satisfactoriamente la experiencia universitaria. Era la tierra prometida, aquello que tanto había luchado por conseguir. Quizás ese era el problema.

No podía evitar tener la sensación de que todo eso ya lo había vivido y finalizado el curso quedó claro que estaba jugando, disfrutando un premio, no consiguiendo nada más. Aquello estaba lleno de gente que hacía todas esas cosas por primera vez, que había esperado toda su vida a llegar a la universidad para ser aquello que no se había atrevido a ser antes. Al principio participé de su locura, pero no podía evitar verlos como niños, ver sus fallos, las obviedades de lo forzado de su conducta. Pronto me empezaron a dar muy igual.

Las clases parecían prometedoras en un principio, realmente había allí gente muy lista y gente también parecida a mí, demasiado parecida a mí. En un par de días de álgebra resumimos el temario de dos años de bachillerato y el ritmo nunca bajó. Aprendí para mi sorpresa ser profundamente más ignorante de lo que había creído en un principio, y que en lo que creía era bastante bueno, física y matemáticas, eran en realidad nada parecidas a la física y las matemáticas de verdad, y me sentí terriblemente traicionado por ello, aunque me gustaba esa nueva realidad. Me mintieron durante largos años y también te mintieron a ti nombrando de esa forma a lo que en realidad era, a lo sumo, cálculo y reglas mnemotécnicas para calcular. Nos mintieron también cuando nos segregaron por bachilleratos y le quitaron el sentido a los números para vosotros, nos convencieron que las artes eran para los que creen en la magia a nosotros y a ambos que las humanidades no tenían nada que ver con una cosa ni con la otra. Amigos, las matemáticas son un lenguaje.

Me mintieron también al decir que el bachillerato me iba a servir de ayuda para todo lo que me esperaba en la universidad cuando resultó todo lo contrario: probablemente sin esos años de instituto habría sido capaz no solo de disfrutarlo sino mas importante, sentirme parte de ello. Estaba preparado para todo esto cuando crucé la puerta de salida de cuarto de secundaria, incluso antes, pero ahora ya no.

Era ignorante pero no más que los demás. Estaba una sala llena de gente ligeramente más inteligente que la media, que como yo aprobó en su momento sin estresarse demasiado el bachillerato (aunque sin rebelarse) y yo no me quedaba para nada atrás. No se cumplía en ese sentido la profecía de que si no atendía durante la secundaria llegaría un momento que no tendría el nivel, estaba sobradamente preparado para ello. La voluntad podría haber sustentado mi falta de costumbre o del automatismo de hacer siempre lo que te mandan.

¿Pero en que se sustentaba ahora mi voluntad?

Después de tantos años, estaba sentado en la segunda fila de una clase, apuntando cosas en una libreta y escuchando al profesor. Era completamente surrealista, no se sentía real, me sentía viviendo la vida de otra persona, jugando a ser alguien que ya no era.






No tenía ningún sentido, no era una decisión racional yo quería estar ahí, aprender física o como minimo eso creía. Pero me encontraba hasta incómodo físicamente, me dolía la espalda, tenía hambre, sed constantemente, mi propio cuerpo reaccionaba con rechazo ante aquel escenario. Poco a poco dejé de ir, me iba antes de hora ante la llamada de miquel haciendo lo mismo desde el otro lado del cristal, me quedaba dormido, mirando un capítulo más de una serie o esperando a lizzy para despertar juntos hasta que un dia simplemente dejé de darme excusas y me tiré una semana en la cama mirando Breaking Bad. No me equivoqué de carrera como tantos otros hacen o creen que hacen. Me interesaba el tema, la física y aún lo hace, de verdad que sí; había cosas que no tanto pero que podía llegar a entender que fuesen necesarias para tarde o temprano hacer lo que verdaderamente me gusta. Otra vez. ¿Es que hay algo que realmente me gusta en todo esto, o solo me gustaba la idea general, la idea de yo en esta situación haciendo estas cosas, pero nunca realmente me había preguntado cómo sería todo una vez aquí? Me dejé seducir, como un estúpido, una vez más, y pronto empezaron las mismas mecánicas memorísticas y normas residuales. La misma forma de hacer exámenes y dar clases que yo asociaba y me sabían al azufre del infierno mismo que había derrotado para poder llegar hasta aquí.

Los alumnos buscando la aceptación de los profesores, iniciando otro concurso de popularidad social, llamando la atención y haciendo nuevos amigos. Esa gente nunca había tomado una cerveza y tenían ante lo que a sus ojos era jesucristo garcía en persona, un personaje bohemio sacado de un libro, un hedonista, un romántico de la vida; pero me aburrí rápido también de interpretar ese rol. El sistema de clases se había asociado a todo lo negativo del mundo en mi mente, y yo no me sentía cómodo. Los grupos de gente que tan bien me cayeron al principio los fui distanciando, quizás porque todos eran chicos listos que aprobaron sin mayor problema en el instituto pero les faltaba ese, caracter, ese impulso que yo habia de alguna forma desarrollado para sobrevivir. Se parecían a mí, pero yo no tenía sitio en ese lugar.

Mi forma de ser se había vuelto inherente al rechazo, al odio, a la singularidad. Atado por el mismo hecho de acostumbrarme a la rebeldía, a un mundo del que había conseguido escapar.

Fui intentando replicar sin éxito todos los motivos que me habían atado en el pasado a las clases. Por ejemplo hubiese podido, buscar más injusticias, más cosas que estaban con aquel sistema y volver al papel de exponer su hipocresía; que seguro que existen, pero no ya no era mi batalla, aquella que entre ellos y yo habíamos creado. Aparecía a veces y me encontraba en mi salsa leyendo el periódico en conferencias o siendo una vez cada dos semanas un torbellino de actividad durante las dos o tres horas que aguantaba en la universidad hasta que el silencio de las clases me sobrecogía. Cuando me hube liado con el par de chicas que me hacían medio gracia de la clase y sido arañado por una de ellas, ya solo aparecí puntualmente para saludar, tomar unas cervezas y preparar los exámenes unas horas antes de que se hiciesen. Intenté dar, como anteriormente, sentido a mí aprobar como demostración de que podía pese a no ir, de demostración de voluntad e inteligencia; pero no me quedaba nadie que me importase lo que pensaran de mi ni a quien demostrar nada.

El primer año suspendí un total de unas siete asignaturas y conocí a quien sería mi compañero de piso el año siguiente. 

Como todo el mundo cada año, tras el desastre me mentalicé en tomarme en serio el curso próximo de aquello que en realidad disfrutaba haciendo: física. Pero después del mejor verano de nuestras vidas, de dejarlo con la chica de la vila, volver a trabajar en mi pueblo y con ello abandonar la comodidad física y emocional a la que me había acostumbrado, después de tomar acido, releer The Game y La Biblia Satánica, en pleno auge de Random Local Guys y lucha declarada contra el ostracismo y la conformidad; aterricé en un piso de Barcelona espiritualmente agotado y ya solo quería descansar de tanta vida. Entré en hibernación y cada vez salía menos y menos del piso. Salía de fiesta por marina los sábados o a dar una vuelta como mucho, y mantenía largas conversaciones sobre música y física con mi compañero de piso y fiel aliado Alberto a las tantas de la madrugada. Tuve suerte y me lié el primer día que dormí en el nuevo piso con una chica de primero de física amiga suya, y aquello junto con vivir con alguien cursando lo mismo que yo contribuyó a que aprobase un montón de asignaturas, recordándome las fechas de los exámenes, preparando juntos trabajos y prácticas y dando en general un poco mas de sentido a todo el asunto; pero seguí sin ir a clase.


writer¡s note: ese segundo año se encuentra mucho más extensamente, mejor y extremadamente de forma distinta explicado, en algo que escribí sobre el terreno llamado vida universitaria o semana x, a la que podéis dar un vistazo si os interesa.


Resumidamente, me las ingenié de alguna forma (lectura recomendable) para aprobar más de sesenta créditos ese segundo curso, hazaña a la que mis compañeros de clase no daban apenas crédito y que me permitió continuar a tercero. Me estaba sacando una carrera al estilo de los más grandes genios de la historia, a la torera, pero sentía que nada de lo que hacía tenía ningún valor. Ni siquiera me tomé la molestia de engañarme a mí mismo otra vez, supe que eventualmente que durante ese siguiente curso lo dejaría. Nos mudamos con Cristian en el mejor piso de nuestras vidas y esperamos a la muerte. Como un dragón en su cueva custodiando el oro del tesoro, únicamente que nuestro tesoro era que nos dejasen en paz de una puta vez, y alguna que otra chica, y alguna que otra droga. Mi cuerpo rechazaba el sistema, solo encontraba una cierta comodidad sentado solo en el fondo de la clase escuchando durante una hora y poco más conferencias que resultaban interesantes, pero no era suficiente para convencerme a volver el siguiente día. Pero es que tampoco quería, no había trofeos más allá, solo más años de estudios y especializaciones; nunca llegaría el momento de la verdad, el momento ilusorio de ser un gran físico o lo que sea que me llevó aquí en primer lugar. Me leía libros de teoría por mi cuenta, consultaba los apuntes oficiales, daba lo máximo de mi capacidad en los exámenes; intentaba hacer una proeza imposible, condensando el temario de un curso entero de una carrera como física en algo que estudiar durante dos semanas, y me frustraba porque no era capaz. Mi mente sacaba humo como nunca antes lo había sacado durante unas horas, pero delante de mí se alzaban problemas a los que la humanidad le había costado siglos resolver y la dificultad, otra vez, no era pretender hacerlo en un par de horas, sino acordarse de la resolución planteada en clase.

Había gente que sí, gente que continuó hasta la muerte con todo aquello porque no sabían que más hacer con su vida y nunca habían aprendido a desobedecer, ni siquiera cuando nadie les obligaba a nada, o porque a sus ojos todos aquello era un inconveniente aceptable. Se congregaban horas antes y horas después de las clases en las bibliotecas y creaban una desviación en la campana de gauss que debiesen ser las notas de la clase. Cursaban dobles titulaciones porque entre camellos el mejor es el capaz de llevar más carga. No les culpo, porque yo he sido ellos. No les culpo, porque no es que el sistema vaya demasiado deprisa, es que somos incompatibles; hemos crecido incompatibles. No eran genios, genios hay uno entre mil millones. Aquella gente sacando matrículas y labrándose una reputación había sido como yo y habían tomado el camino infinito de seguir haciendo lo que deben hacer, no necesitaban una voluntad para trabajar, continuaban moviéndose por otra voluntad, hacia un camino en el que el objetivo último no era pero conducía a ser profesor de universidad. ¿Hubiese sido mejor? No acostumbro a hablar de mejor o peor cuando se trata de revisar las posibilidades del pasado. En mi opinión no se trata de si habría sido mejor, se trata de que yo apartándome del camino hubiese sido inevitable. Quizás, si hubiesen sido un poco más vivos, y quizás para su mala suerte, también lo habría sido para ellos.

En tercero lo dejé definitivamente, después de un par de años más queriendo seguir vivir el sueño universitario, tras la apariencia de estar cursando una carrera y bajo la eterna esperanza de que al fin encajásemos en aquel lugar. Ese año terminé no solo la carrera que estaba cursando sino un proceso que empezó antes siquiera de ser suficientemente mayor como para recordar. "Somos realmente estúpidos", comentábamos a menudo con Cristian, en nuestro piso bohemio hecho mieeerda en pleno centro del raval. Año tras año nos han ido prometiendo y a la vez amenazando desde que teniamos diez, de que lo que buscábamos y el momento de la verdad estaba detrás de la siguiente esquina del proceso de educación formal. Llevábamos años doblando esquinas y pese a ser conscientes de tal idiotez, esperábamos que detrás de esta en concreto estuviese el final, el quinto elemento; todo lo que siempre habíamos querido hacer, la oportunidad de brillar, el reconocimiento a nuestro talento, la cúspide social y nuestros años dorados.

Somos realmente estúpidos. No se trata ya del fallo de un sistema, se trata del idealismo que habíamos creído superar y estallaba ahora directamente a nuestras estúpidas y bellas caras.

Podría hacer muchas críticas al sistema universitario. Podría explicar la infantilización de los planes de estudios, las actitudes de los estudiantes, los exámenes memorísticos, la estructura en clases, las carreras como paquetes prefabricados de asignaturas, las carreras como un grado más complejo que una formación profesional de grado superior pero con el mismo objetivo. Antes la meta era el instituto, después la selectividad, ahora calificarte para encontrar faena, el siguiente santo grial. La inflación y la sobretitulación en el mundo laboral. La universidad como ideal ha muerto, lo que queda de ella es lo que la gente durante esos haces hace con el tiempo que se les ha dado. Pero nada de lo que podría explicar en dos eternos capítulos inmensos en mi historia y hablando sin parar, absolutamente nada, se compara al fracaso que cometimos al creer que aquel sería un mundo al que llamar nuestro.

Todo aquello era el final, amigo mio, y no había fuegos de artificio en él, sino un prolongado fundido a negro.

Así, la predicción de que nuestra rebeldía terminaría con nosotros, resulto ser autoprofética. Pues fue esa propia identificación, ese dar un significado y propósito a nuestro rechazo al sistema, lo que nos privó de aceptar aquello que habíamos conseguido; aunque no por las razones que se nos había dicho.






Hay una consecuencia, del tipo de motivación que se consigue siguiendo unas normas, que siempre me ha llamado la atención y aún no he tenido oportunidad de mencionar. Incluso en la universidad, las personas que trabajaban mucho, se obsesionaban con las notas porque significaban algo para ellos, tendían siempre a asegurar al máximo aquello que podían. Asegurar, que no mejorar o traspasar esos límites. Aquellas personas no daba la casualidad que su objetivo era aprender y las notas venían además de ello, pues no se contentaban con saber hacer algo y no tener reconocimiento después. Ante la duda del profesor de si entregar un trabajo de diez páginas o hacer un pequeño examen de media hora, siempre escogerían el trabajo porque es la opción más segura, aunque estén el doble de tiempo que estudiando para un examen más que con toda probabilidad también se sacarán. Conseguían lo que se proponían, pero no ganaban con ello seguridad ni motivación. Estos eran además los mejores considerados por los profesores, y vendidos como modelos de conducta a los demás, así que su opinión solía imponerse, ante las caras atónitas y miradas al cielo de la gente cuerda de las filas de atrás.

De las personas que nos vendieron en la recta final de la secundaria como el máximo ideal, tres de cuatro dejaron la carrera y creo que dos se intentaron suicidar en los años venideros. Su participación entusiasta en el sistema no era el símbolo de éxito que decían los profesores sino síntomas de problemas mentales. Ellos también fueron traicionados a su manera, obligados una vez en la universidad a hacer más y más para mantener el mismo estatus que tenían ante gente que ya no les importaba, tampoco ellos fueron los ganadores. Los que hacían su parte pero del montón y no se cuestionaban gran cosa; esos son los que ahora han terminado su carrera y, aún en piloto automático hacen algún master o trabajan en lo suyo, y todos me explican en cafeterías como tienen la sensación de nunca haber decidido nada, de haber hecho nada en la vida, teniendo en principio lo que querían pero sin sentirse contentos por ello, siempre esperando el siguiente lugar.

Siguiendo la tendencia conservadora de cero riesgos, se quejaban cuando los exámenes incluían cualquier cosa en la que entrase en juego precisamente jugar con los conceptos, darla la vuelta a la tortilla, replantear un tema diferente de los apuntes o en general, todo lo relacionado con tener que pensar. Aparte de porque realmente nunca habían aprendido, porque asegurar era su prioridad y eran los modelos de conducta, y nosotros a quien se suponía había que molestar y había que suspender poco a poco. Pero en los exámenes era precisamente donde nos salíamos, desafiando cualquiera de sus explicaciones. Nos encontramos con gente con ansiedad ante la perspectiva de una prueba y memorización como única herramienta, así como la seguridad sujeta al hecho de que memorizar será el último paso. La receta a corto plazo es obvia: memorizar especialmente los dos días anteriores, repetir como un loro y después olvidar. Porque eso es lo que ocurre cuando haces eso, olvidar. Será la ocupación de su vida durante todo el curso, aquello a lo que dedicarán horas y días enteros. Aprender no aprender, me da igual, no es mi batalla; el fenómeno curioso es que, un año después, cuando el siguiente profesor entre en la clase y pregunte si ese tema lo hemos hecho ya el año pasado, esa misma gente que memorizaba, porque son la voz cantante de la clase, va a contestar que no.

¿Cómo que no, pequeño hijo de puta?

Va a ser mentira, obviamente; aunque quizás no para quien lo digo, porque puede ser que realmente no se acuerde de haberlo hecho, porque en ese momento el miedo a dar por sabido aquello y pasar a la siguiente cosa le va a bloquear lo poco que recuerda, porque aunque lo recuerde va a pensar es más fácil si volvemos a hacer lo mismo otra vez, que si nos ponemos a avanzar. Lo que hay que destacar aquí no es la falta de aprendizaje. Ni la mentira. Es la falta de orgullo, la conciencia del propio valor.

Independientemente de tus motivos, buenos o malos, para dar importancia a las notas o fingir o realmente creer que tienes interés en el tema estudiado; tu voluntad, tu trabajo, tus horas de ansiedad y preocupación y memorización residen ahí, en tu mente, en esa asignatura. ¿Cómo de poco te valoras a ti mismo, para querer ocultar el fruto de tu trabajo a cambio de tener un poco menos el día siguiente?

¡Sí!, di con el puño, si tu postura es realmente la contraria a la de la quien dice No.

Dí yo esto si lo he hecho, ahí reside mi trabajo, aquí algo estoy haciendo; para bien o para mal yo he sido quien ha construido esas pirámides, erigidos estos puertos. Esta es mi obra, eterna, en mi mente; en vez de balbucear con miedo que no os acordáis mucho y creer con ello que le haces un favor a la clase y a ti mismo.

Eso sería alguien, aunque de opinión diferente, que podría respetar. Así podría creer que quien sigue esas normas es porque verdaderamente cree que funcionan y no por obligación.

Pero eso no ocurre, porque la realidad no es así. Hablas con ellos entonces y te dicen que sí, que es todo una mierda, pero que hay que hacer lo que hay que hacer. Hablas con ellos ahora y hasta te dan la razón, leen estos artículos y luego me vienen personalmente a decir que están muy bien y que están de acuerdo. ¡No! ¡Tú no! Hablo de ti, te estoy insultando ¡no me puedes dar la razón, no tienes derecho ya a hacer tal cosa! Porque es la masa obediente quien da legitimidad al opresor, por su culpa también yo lo pasé mal. Pero es en ello donde reside también mi propia hipocresía, de una forma u de otra, la suya fingiendo o dando significando y trabajando duro encontrando aceptación, la mía con un enfrentamiento tolerado a las normas establecidas, aceptando no criticar a cambio de una tranquilidad inestable en el fondo de la clase, trabajando poco y encontrando solitud. He sido y sigo siendo también una oveja por aceptación, por ignorancia, por tolerancia y también por conveniencia, y no creo que saberlo marque demasiado la diferencia.






El propio planteamiento de una sesión normal en el ecosistema de una clase me parece en sí mismo incorrecto. No debería ser, estamos aquí porque vamos a aprender a hacer cosas que serán importantes después. No importa que sea verdad, o puedes vivir eternamente de eso. Debería ser: vamos a hacer cosas que son en sí mismas ahora y aquí y para cada uno de vosotros importantes, y cuando os deis cuenta de que estáis aprendiendo ya será demasiado tarde.

¿En serio no hay en el mundo otra manera de aprender nada que no sea por repetición? ¿No hay nada en el mundo que aprender que no se pueda aprender así o clasificar en una nota final? ¿Me vas a convencer de que para eso están las excursiones, me vas a convencer con la patética y aparentemente profunda excusa de que lo demás lo dejáis en el aire porque místicamente las personas lo tengan que aprender por si mismas? Quizás como recurso puntual, quizás como frase final de las enseñanzas de buda, pero no como explicación de porqué se enseña historia de la música pero no se enseña a expresarte a través de la música ni siquiera que la música puede servir para eso y no para llenar listas de éxitos o libros de historia antiguos. A gestionar o aprovechar tus emociones en vez de castigarte por sentirlas, a hacer una maldita declaración de la renta, a aprender a aprender, a aprender a enseñar a otros.

Escuchándolos propiamente, esos argumentos son una gran fuente de humor.


"La vida, como el viento, te enseñará mágicamente todas esas cosas mientras nosotros insistimos en la estructura interna de la célula vegetal."


Llevas más de diez años de filosofía, ciencia, arte y literatura ignorando todo lo que está más lejos que Berlín y ahora me sales con barata filosofía oriental. ¿Quién eres y que has hecho con mis profesores, José Luís Rodríguez Zapatero?

¿Hasta dónde llegan las excusas? Tengo veintidós años y aún me acuerdo de la función del mitocondrias, pero no tengo ni idea de cómo hacer uso del sistema de sanidad público, ni de hacer una declaración de la renta, ni de las leyes del país en el que vivo.

¿Cómo tiene eso sentido?

De alguna forma, entiendo todo el proceso. Lo entiendo porque yo soy una persona que piensa que según como, el hombre parece un animal destinado a ser gobernado y sus sociedades tienen una tendencia inapelable a vivir bajo normas y realidades impuestas; el único problema es que no queremos saberlo. Yo he sido llamado despreciable fascista por tener esta opinión, pero es precisamente esa opinión la que da una mejor explicación de lo que ocurre en las instituciones y porque debe ser así. Si yo fuese un supervillano, así es exactamente como quería las escuelas e institutos. Una de dos, las instituciones educativas deben destruirse o profundamente transformar sus cimientos porque el efecto que provocan a una sociedad no se corresponde con los valores de la misma, o yo tengo razón.

En el caso de que la tenga, simplemente hay que buscar un sistema más eficiente para aprovechar la gente que descubre el pastel y no quiere vivir así, o si verdaderamente estamos bajo un supervillano entonces entiendo el instituto como un intento de matarnos de aburrimiento.

Como ya sabéis lo que se vive durante toda esta etapa es una temporal y controlada vida en un mundo autoritario. Un mundo donde la autoridad y el poder vienen regido por fuerzas externas y hay castigos a todo aquel que no quiera jugar bajo las reglas del juego o a los que a los carcelarios les parece que transgreden en espíritu. Se quejaban mucho de mí en bachillerato porque si tan poco me gustaba realmente nadie me había obligado a cursarlo, pero a la práctica es la única opción viable para acceder a la universidad cuando te has presentado siempre como un alumno, quizás no modelo, pero funcional. Se supone que tengo libertad de acción, pero una vía es increíblemente más rápida, directa, lógica, publicitada y aceptable por los padres que las otras; que reposan en sitios oscuros y solo son mencionadas cuando las has pasado de largo y al pasar por el aro te quejas de que esté prendido en llamas cuando la idea era ser capaz de superar una cierta altura.

Los niños, y los chicos, y los adolescentes y los jóvenes inteligentes, observan con incredulidad un mundo que condena las dictaduras y cuya historia moderna viene marcada por el totalitarismo, pero que se comporta ante ellos como una perfecta maquinaria fascista. A mí, a lo contrario que a la mayoría que se les plantease la cuestión con estas palabras, no me parece especialmente mal. Si uno fuese de mi opinión, podría pensar que hay que aprovechar esos años en que los jóvenes no pueden valerse por sí mismos y porque la mayoría son estúpidos y porque no saben lo que quieren, y obligarlos a gastar este tiempo invirtiendo en mí futuro, tiempo que de otra desperdiciarían en obtener conocimientos y aprendizajes útiles para el suyo.

Nunca se van a rebelar. Porque son jóvenes, son estúpidos y quienes les cuidan y les muestran películas de Hollywood repletos de ideales patrióticos americanos sobre la libertad, son los mismos que los preparan cada día para ir al colegio. “¿qué quieres decir que no te gusta? tienes que ir a clase”. Cuando sean suficientemente mayores como para comprender donde están y que la edad es algo arbitrario como para decidir el grado de libertad que merece cada persona, ya habrán pasado toda o la mayor parte de esa etapa y entonces, como buenos ciudadanos modernos con mentalidad de esclavo estarán felices de haber recibido latigazos en el pasado, siempre y cuando los nuevos también reciban los suyos en su debido momento; quizás hasta de sus propias manos.

Quizás no sea, después de todo, la mejor idea el rebelarse y empezar todo ese camino que empieza por un día no hacer los deberes. Pero no se trata de cuál es la mejor idea sino de donde te lleva la tendencia de descubrir los engaños y las decepciones. ¿Aunque no le convenga, que ocurre cuando alguien se da cuenta de que su mundo es un escenario antes de terminar la función? El rechazo por, para y hacia todo el sistema es solo cuestión de tiempo. Llega un momento, en cuanto cierta posibilidad nace como idea, en el que se escucha un clic, y se inicia una cuenta atrás. Hasta donde va a poder aguantar, ahora que ve con sus propios ojos. Cuantas más humillaciones va a soportar, ahora que las ve como tales y no como justos castigos con la ceguera de que le van a llevar de algún modo a dónde quiere llegar.






Nos encontramos, al llegar a la universidad, en un punto fatal con el que nunca habíamos realmente pensado. Una calle sin salida tras lo que creímos una victoria sin condiciones. Los japoneses se habían rendido, había sobrevivido a algo que podríamos llamar llegado este punto bullying institucional, pero nuestra implicación en el conflicto había empezado la mayor, más cara y más absurda escalada armamentística de la historia de la humanidad. Durante todos los años en el instituto, nos habíamos alimentado de la perfectamente justificada rebeldía contra el sistema, y al vernos huérfanos de ese papel, de significar nada ni tener que demostrar cuanto ellos estaban equivocados, nos dimos cuenta de que nunca aprendimos a dar significado, valor, a nuestros propios esfuerzos y acciones. Aprendimos a vivir contra algo, porque era muy cómodo ideológicamente vivir en contra de una realidad en la que teníamos de forma completamente obvia toda la razón.

Habíamos superado con creces necesitar la aprobación de los demás, pero nunca habíamos siquiera pensado que necesitábamos su desaprobación. Detrás del gran salto hacia la libertad de pensamiento, había un páramo yermo, desconocido y casi hostil. ¿Temían nuestros padres y profesores, ese mundo nihilista, vacío de objetivos y significados, y en vez de armarnos para él se habían dedicado a escondernos en oscuros castillos e instituciones? ¿A marcar un futuro empleo y formar parte de la clase media como un ideal, a perseguir mejores notas, y la aceptación de nuestros superiores?



- y que pasaría sin la escuela y el instituto, querrías que no existiesen 
 
- quizás 
- pero entonces seriamos como los chicos aquellos de áfrica que no saben nada ni escribir  
- tantos esfuerzos que hacen esos niños para ir a la escuela y tu diciendo que no quieres que exista  
- no es lo mismo la alfabetización que todo el sistema entero de educación pública  
- tú lo que quieres es no estudiar ni hacer deberes  
- obviamente que no quiero  
- ves, sabes perfectamente que no tienes razón



La elección implícita, la elección que no plantean, el motivo detrás de todo es: nosotros, o el caos.

La anterior es una conversación real entre yo de catorce años, una estudiante sobresaliente, y mi tutora de segundo de secundaria. Prometo que es real. A ver quién le dice a la profesora y a la estudiante que si esos chicos van a la escuela es porque sueñan con el modo de vida de los países desarrollados, que es porque es su único acceso a un mundo mayor que su aldea y no tienen medios, recursos, libros ni bibliotecas ni internet ni ordenadores para acceder al conocimiento y no por una devoción completa al sistema educativo establecido por la Generalitat de Catalunya. A ver quién le dice, que un sistema de alfabetización y aprendizaje básico no ocupa los primeros dieciséis años de la vida de una persona y le obliga a seguir el camino recto marcado por ideologías y códigos morales.

El tiempo va pasando, desde que eres chico, y el argumento de nosotros contra el caos adapta otras formas pero igual que el método de castigos y recompensas nunca desaparece. Nosotros, o ser un niño tonto. Nosotros, o llamamos a tus padres. Nosotros, o ser un inculto. Nosotros, o trabajar en la obra. Nosotros, o la selva y los niños del tercer mundo.


- Nosotros, o el caos. 
 
- No os necesito.


Así es como los vences. Así es como empiezas a forjar tu propio sentido de las cosas. La rebeldía está bien, es un paso necesario, uno del que si hubiese sido más listo lo hubiese dudado en alcanzar, dudado en retroceder, sino luchado por ir más allá. Las comparaciones de a ver quién hace menos, las mañanas durmiendo en clase, las peleas innecesarias con los profesores. No es el final, es el principio. Empieza, lentamente, a educarte a ti mismo. Desasocia, tan rápidamente como puedas de tu mente, tu educación y aquellos que dicen serla. Aprueba luego si es necesario, pero nunca más confundas una cosa con la otra.

Este es comienzo.

Ahora empieza tu verdadera educación.

Lee. La mayoría de la gente deja de leer después de terminar los estudios, ya sean luego de ellos marineros, payasos o abogados. Nunca dejes de leer. Olvida ser de letras, ciencias, artes. Seas quien crees que eres, pinta, compone, escribe, encuentra alguna forma de expresarte a ti mismo y recuerda que toda regla o norma sobre el lienzo y el papel es solo una convención, que las reglas son las que tú mismo te impongas. Encuentra algo que te apasione, aunque sea jugar al league of legends, y se mejor en ello de lo que cualquiera de esos profesores pueda llegar a imaginar. Trata de adivinar como aprendí a escribir.

a) Nacido un genio destinado a escribir.

b) Tras más de diez años en la escuela pública aprendiendo recursos estilísticos y memorizar las distinciones entre diferentes tipos de tiempos, narradores, personajes, protagonistas y demás.

c) Escribiendo.

Reconoce tus errores como parte de tu entrenamiento y no racionalices tus fracasos. Sin un par de correcciones sin ningún tipo de guía puedes llegar lejos igual que te puedes estancar en un callejón sin salida. Sea lo que hagas, mira lo que otros han hecho antes que tú, busca información para mejorar y mantenerte al día en aquello que hagas, aunque te tirases ocho años en una academia con ello, especialmente si te tiraste ocho años. Recíclate, no deniegues la realidad, toma pausas de meses cuando te lo pida el cuerpo. Pregunta y acepta consejos y maestros cuando sea necesario pero sin ponerte por debajo de nadie. No estas renunciando al mismo conocimiento que te ofrecen, ni a la inteligencia como ellos creen estás haciendo al rechazarlos a ellos. Estas renunciando a sus métodos únicos, a sus edificios, a sus libretas de negativos y positivos. Estas renunciando a ellos. Eres el maldito Che Guevara, en una guerrilla en la jungla bolivariana construyendo escuelas entre cuarteles; sin afeitar, con un aspecto terrible, un AK-47 bajo el brazo, un puro en la boca y un libro de poemas de Goethe en la otra mano.

Ve a la biblioteca y pide si tienen algo en concreto que lleves un tiempo oyendo hablar y que tiene que ver con algo que te interesa. Te van a mirar y preguntar si es para algo del instituto. Si nunca dices algo inteligente o informado, si nunca demuestras saber mucho más que los adultos a tu alrededor, lo aludirán a que tienes estudios. Si dices algo humanístico, dirán que es porque eres de letras. Si haces algo artístico, que porque eres de artes. Si dices algo lógico, porque que eres de ciencias.


- ¡No!


Me da igual que no se pueda gritar en la biblioteca, no, no y no es no. Esto es mío, producto de mi propio trabajo, de mi propia voluntad, de mi propio esfuerzo. Ciertamente me han dado una mínima base, y agradeceré por ello a quien tenga que personalmente agradecer, pero esto no es el mérito de ellos. Ellos, el sistema, los profesores, eran nuestras representaciones personales de the man; eran los que se llenaban la boca con conceptos sobre el poder del conocimiento y luego te dijeron que no podías leer en clase si no era algo de su asignatura, que preferían en su lugar que no hicieses nada. Es un problema estructural logístico y formativo que no se pueda individualizar la educación a los intereses de cada alumno, me parece muy bien, ¡pero tú, prohibiendo y criminalizando el interés, la organización propia, castigando los intentos por encima de los errores, todo ello te desenmascara como falso intento de neutral educador! ¡Eso les desenmascara!

Aún más cuando pagamos fortunas que no tenemos por matrículas de carreras que son en realidad leer una secuencia concreta de libros, que te hubiesen costado dos dólares por retrasos en la biblioteca pública.

Esto no es una cita, estoy directamente plagiando el indomable will hunting, película que según mi información sigue el profesor de matemáticas del instituto enseñando a sus alumnos.






Hace ya dos años que dejé la universidad, y lo que parece una eternidad desde que caminé por última vez como alumno por los pasillos de un instituto.

Desde entonces no he vuelto a formar parte de una clase y no creo que eso vaya a ocurrir en ningún futuro próximo, pero de todos modos, nunca me he dejado de formar y educar a mí mismo. He seguido mis propios consejos y sigo leyendo, e intentado comprender este mundo y el porque del hecho de que vamos a sitios y hacemos cosas. Tengo un trabajo familiar al que siempre puedo volver, pero ahora mismo busco la forma de poder sustentarme con mis propios medios. Aunque nada de lo que hago o me interesa, ahora mismo me aporte beneficios, seguiré escribiendo mis artículos e historias, jugando al ordenador y escuchando y creando música; porque eso es lo que quiero hacer. Quizás, algún día, me lleve a poder pagarme con ello un techo y la comida, definitivamente esa es mi intención, pero sobrevivir no como meta absoluta en la vida, sino como condición para seguir con mi camino.

El otro día le dije a un amigo que no quería ser para él una mala influencia, pero que si quería hacer algo de provecho con su vida tendría en algún momento que empezar a plantearse seriamente dejar sus estudios, tomar drogas y empezar salir de fiesta. Fue una broma pero luego pensé y era exactamente lo que debía hacer, lo estaba diciendo en serio. A veces, si no lo digo, es porque no quiero tener la responsabilidad de haber impactado de forma directa en la vida de alguien, y quizás es por el mismo motivo por el que todos dejamos pasar a los niños y que descubran que el sistema es una mierda por si mismos; nadie quiere tomar responsabilidad.


Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos.


Charles Bukowski



Quizás porque eran parecidas a mí, y me tengo en alta estima, quizás porque nos influimos unos con otros, las personas más inteligentes que me he encontrado en la vida acabaron al igual que yo, en un momento u otro rechazando o siendo rechazados por el sistema educativo. Cristian dejó la universidad el mismo año y juntos volvimos derrotados a casa de nuestros padres, Roger se retiró a vivir a las montañas cuando estaba a medio camino de terminar dos carreras a la vez, Muñoz trabaja ahora felizmente de portero de discoteca, David esta justo ahora haciendo un curso de bachillerato a distancia pese a no saber qué hará con él después. A otros, como a Gerard y Eric les he perdido la pista y están seguramente como Nil y Ceci, en algún lugar rebotando entre diferentes carreras o cursos de formación, empresas familiares y trabajos de mierda para permitirselo. Algunos más simplemente lo dejaron y ahora trabajan, o estudian y trabajan sin muchas esperanzas en una cosa ni la otra. Seguramente me dejo mucha gente, que no se me enfade nadie. Alicia, Mark (ahora siendo otra persona), Joan, Dani, Alberto y muchos más... aún están en ello, con algún máster o lo que sea por delante y la vida prometida una vuelta de esquina más allá, quizás el camino les sea más de provecho que a mí.

No importa por lo que entres o crezcas buscando en esos edificios. Probar que eres el mejor, superar tus limites, ser aceptado, no ser aceptado, formar parte de una comunidad, cumplir las expectativas de tus padres, vislumbrar más allá del mundo conocido, conseguir un título para hacer lo que realmente crees es tu objetivo final. Desde que eres pequeño, en vez de aprovechar o cultivar esas propias ambiciones y singulares virtudes y usarlas para enseñar lo que sea consideren tienes que aprender, las han maltratado e ignorado; hecho pequeñas, irrelevantes a los intereses del grupo e invisibles y te han convencido de que todo el proceso era algo normal. Ahora te sueltan, en un mundo donde descubres que desde el principio eran todo lo que tenías, pero nunca las has aprendido a usar.

Deambularás, como un pez abisal en las profundidades, buscando la luz perdida. Buscando un motivo, una señal, un sustituto; entre cada vez mayores instituciones educadoras y carreras que con el tiempo te dejarán de interesar. No va a servir de nada haber tenido razón o no al culpar de tus fracasos un sistema, tienes que empezar a moverte y tienes que hacerlo ya.

Será con la voluntad, y no con el paso de los años, como aprenderás todo lo que debiste aprender en su momento y lo harás por ti mismo; sé que la tienes porque nada más que ella y una identificación te puede haber llevado a leer esta historia hasta su anunciado fracaso final. Aprenderás, ya sea en la calle viviendo tu vida o intentando luchar por la integridad de lo que convencieron era el orden y sentido del mundo. Tendrás que quedarte con lo útil, desechar lo innecesario y decidir por ti mismo la diferencia; embarcar la ardua tarea de olvidar todo aquello que en un principio los que te querían quizás ni siquiera pretendieron enseñarte. Pues si no lo haces, tu lugar en el mundo será el que aprendiste, el de un producto. No ocurrió en un sueño, ni en una novela de fantasía distópica; sino durante esas tardes largas frías y demasiado reales frente a un pupitre, tardes de deberes, inocencia y deseducación.








Parte I             Education Labor Through

Parte II            Dulce Introducción a la Secundaria

Parte III           I Met God, She's Gay and He's Black

Parte IV           Independent Though Alarm

Parte V            The Times They Are A-Changing

Parte VI           Jesus of Suburbia I

Parte VII          Jesus of Suburbia II

Parte VIII         The Beginning and the End





La deseducación es la historia de mi paso por los diferentes centros educativos, y también un ensayo sobre la educación, pero la deseducación es también la historia de un fracaso. Es la historia de una decepción, de algo que podría ser y no es, de una oportunidad perdida más entre muchas otras historias completamente diferentes; quizás no es la que esperabas leer o no con la que te identificas o estas de acuerdo, pero es es la mía.






la deseducacion, the beginning and the end
the decay of western civilization /?
random local guys


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