Cuentos Populares Lemurianos ― El Laberinto



El legendario Esteban Acosta se encontró a las puertas de un gran laberinto. Los muros impenetrables, que se extendían lateralmente hasta donde alcanza la vista, se encontraban en un único punto abierto a madera e hierro. Desde el otro lado, uno no podía ver dónde este terminaba; pues densa bruma y una vertiginosa sensación cubrían su interior. Un gran jolgorio le rodeaba, un gran festival con trompetas y tambores y confeti y todos sus conocidos le celebraban la ocasión. Despedidas emotivas, con violines de fondo y pasados amores que no podía reconocer. Él casi no los percibía, tan centrado como estaba en su misión. Ni siquiera estaba muy seguro de cómo había llegado ahí. Solo sabia que lo estaba. Que en frente suyo se encontraba su destino, y que su pasado detrás. Que había, como en los laberintos suele haber, un gran tesoro. Porque por qué otra razón nadie iba a construir uno. Los muros (cuando bien hechos) si por algo se caracterizan es por su transparencia. Por cómo de claro se ve todo a su través.

Hizo un par de pasos, luego un par mas, y cuando hubo cruzado el umbral que separaba los dos mundos, dejó de escuchar el sonido del otro lado ―pese a que si se giraba, aún podía ver a los demás, celebrando. No había explicación razonable a tan instantáneo distanciamiento; o como mínimo ninguna que Esteban pudiese comprender. 

Decidido a no mirar otra vez atrás, empezó a correr.

Pronto abandonó dentro del laberinto los obvios callejones y las salas con antorchas, que parecían mas una presentación o un entrenamiento que un esfuerzo real de los creadores (porque cómo podría un solo hombre construir tal cosa) y llegó a un punto en el que los techos fueron substituidos por cielo abierto.

Los posibles caminos fueron poco a poco en aumento, y dejaron de dar la impresión de contener respuestas incorrectas en forma de caminos con final. Eso le preocupó. ¿Cómo podía ser tan listo, o tener tanta suerte, que todo camino que decidía explorar parecía ser el correcto? Quizás, pensó, había subestimado la escala de ese laberinto; y con él, la magnitud que podían contener los errores. Esa sensación se apoderó de él cuando encontró de golpe una orilla con una simple barca de remos. El pavimento de tierra natural se transformaba en un lago artificial contenido por los impenetrables muros, un pasillo de agua que se pedía a su recta vista cuando este giraba una vez mas.

―¿Quién diablos ha construido este lugar?

Deshizo un poco de camino, buscando una alternativa o caminos cerrados que le marcasen de algún modo que ese era la única forma de prosperar. No encontró tal cosa. Ni siquiera las alternativas eran alternativas, solo caminos diferentes. Exploró alguna de ellas, que llevaban a bosques celtas, de vuelta a los techos interiores mauritanos y los pasillos cáusticos, hacia adentro de la tierra nabatea y praderas tedescas. Pero nunca pudo olvidar el camino que conducía hacia el mar. Esteban, que tenía muy buena memoria, hizo una nota mental de algún día volver a esos lugares y caminar esas posibilidades, pero volvió a la barca de remos y se puso a remar.

Esteban nunca había visto el mar. Ahora, él era el mar. Vertiendo olas sobre las costas lejanas con la fuerza de sus remos. Acariciando playas con la mano al pasar. Los muros del laberinto se fueron ensanchando cada vez mas, como si quisieran abrazar el mundo entero, desviándose kilómetros para no pisar pequeños brotes de acacias, como si hubiesen sido construidos encima de él. Al final, se fueron desdibujando hasta ser casi irreconocibles, en forma de fiordos y acantilados. Luego, en pueblos y gentes. Después en ideas y trazados en mapas del terreno meridional. Finalmente en las difusas fibras de su corazón. El laberinto estaba ahora en todas las cosas. Cuando Acosta lo vio necesario, desembarcó y continuó su camino a través de él, pues aún lo podía ver; con la misma claridad con la que vio la impenetrabilidad de los muros la primera vez.

Vidas y muertes. Imperios y jardines.

Una vez los niños de pueblos lejanos se arremolinaron en torno a él cuando pasaba a caballo con un grupo de forajidos. "¡Sísifo, Sísifo!" Le gritaban, maldición que aprendieron de sus abuelas. Pero él se rió, y disparando su fusil al aire haciendo sus veces de diablo, se reía y se reía. Le gustaba mucho reír.

Su sangre en movimiento era parte imprescindible de la mezcla que sostenía las piedras unas encima de las otras. Un sacrificio para asegurarse de que el Sol, cuando nadie lo vigila, vuelve otra vez. Lo cual es absurdo, porque ¿como va a dejar de ocurrir algo que siempre ha ocurrido y siempre ocurrirá? Pero quién va a ser el primero en arriesgarse. Eso Esteban, que era de sangre azteca, lo comprendía muy bien. Él, siempre iluminado, era ahora también el Sol en continuo movimiento a través del laberinto a todos aquellos tanto fuera como dentro de él.

Un día, cuando hacía ya décadas desde la última vez que siquiera vislumbró la silueta de uno de los muros, Esteban alcanzó una aldea pedida en las montañas. Cómo y porqué alguien vivía en tan recóndito paraje, se escapaba totalmente a su comprensión. Se adentró en su única taberna, decidido a reposar. Pidió un refresco y le preguntó al tabernero por dirección. ―¿Laberinto? ¿Qué laberinto? ― Ni siquiera sabía dónde vivía. ―¿Como ha llegado, tabernero, sino usted aquí? ― Preguntó. ― Nací en este pueblo. Bueno, no exactamente aquí: detrás de esas colinas. Desde entonces he hecho lo que mis padres y los padres de mis padres hicieron: trabajar la tierra y llevar este lugar. No trabajo en ningún laberinto, ni hay nadie aquí que viva su vida para tal fin. ― Esteban se sorprendió. Tan extensa era la obra que sus propios habitantes nada sabían de ella. Un hombre viejo, en un rincón que aún no había Esteban visto aún, empezó a reír. Era un veterano de las Guerras de los Lagos, un recuerdo de una época pasada, viudo por dos veces, antiguo consejero de Nueva Caledonia, un sabio que decía en su juventud haber visto el mar.

―Muchacho. No eres el primero que habla así. Hace mucho tiempo, otros hombres han llegado a este pueblo, buscando lo mismo que tú. Pero no hay tesoro, hijo mio. No hay laberinto mas que la propia vida. La muerte es su único final. La has malgastado cuando deberías haber aprendido a valorar las pequeñas cosas, y los pequeños placeres de una vida sencilla vivida plenamente.

Esteban se alanceó sobre su mesa. Inclinando su cuerpo para mirarle intensamente a los ojos, contestó.

―Miro, y en sus ojos no veo sabiduría. Solo el resquemor de las oportunidades perdidas y la repetición de las mismas frases manidas que salen de una rendición internalizada tiempo atrás. En sus manos temblorosas y arrugadas no veo comprensión ni la honorable seña de haber trabajado y así justificada la existencia, sino temblor y miedo. En mis viajes nunca he encontrado una sola prueba de que el paso del tiempo otorgue la sabiduría; solo artificios. Si tan fantástica es la vida que usted ha vivido, si tan corto de miras he sido yo, si tan correcta su forma de ver. ¿Cómo es que es usted el ciego?

Porque el viejo era ciego, ciego.

―Joven. No sabe cómo de equivocado está.

―No me llame joven. Pues no envejezco. Muchos mas años llevo cruzando esta tierra, y ahora veo que es usted otro muro que debo superar. ¡Cientos, miles! Muchos santos he encontrado en mi camino, sí muchos, que me han asegurado que el muro no existe o está en mi interior. ¡Con qué propósito pretenden apagar la ilusión que enciende mis vidas! ¡Cómo en el fondo desean rebajarme a su nivel! Aunque fuesen sus palabras ciertas, qué objetivo tienen, más que querer sumirme en la desesperación. Con qué derecho lo hacen, aparte de "si he sufrido yo, también debes sufrir vos".

(Cabe notar aquí, que cuando Esteban se refiere a santos, estos no son los mismos que uno esperaría, pues la palabra tiene diferentes connotaciones en su tiempo, idioma y contexto original. El laberinto contiene sus propios intelectos, versiones agravadas e insospechadas de los mismos que disfrutamos y sufrimos en nuestro mundo particular; particularmente le agradaba hablar con Isidro, un buda de Malasaña, y con Evaristo, el sabio helénico de Montemayor.)

Su ropa eran harapos, su furia baladí y sus palabras insensatas. Ni él mismo sabia muy bien contra qué ni contra quién las blandía. Pero tenía muy claro que el viejo, arrugado no solo en la piel, no contenía su futuro; tan expectante que estaba de que las cascadas arrastraran todo momento presente hacia el pasado sin protestar. ¿Desde cuando se debe ser desdentado para hablar? Estaba en su derecho. No, estaba en obligación de ser insensato; o cómo mínimo, de ser insensato en la forma que acusan a los aún no muertos de ser insensato. Porque correr riesgos no es algo que se cura con el tiempo, ni siquiera la virtud de la juventud. Quién pretende que el laberinto se puede cruzar (o encauzar) sin mojarse los zapatos se engaña a si mismo, y permanece en la orilla seco, sintiéndose sabio y cantando canciones a los niños pequeños sobre los peligros del mar.

―Es usted muy listo, pero en tanta inteligencia no hay sabiduría.

Quién no puede, pretende enseñar.

―Si esto es sabiduría, no la quiero. Aunque no lo es.

―El tesoro en cambio, siempre ha existido. Siempre ha estado aquí.

Se señaló el corazón, y pareció querer decir la vida misma.

Esteban entendía, pero también quería no entender. Él ya se dio cuenta, cuando cruzando el primer rió, de que de hecho nadie le había prometido nada de ningún tesoro, y que había entrado en el laberinto y cruzado sus pasillos bajo la presunción de que eso es lo que uno hace los ellos, y que subyace también de esa idea el tesoro al final. Que lo mismo lo navegaba que lo iba creando e se iba creando con sus pasos. Pero eso no lo detuvo entonces, siempre dispuesto a olvidar. Lo que era mucho más difícil cuando cada iluminado de diez al cuarto se empecinaba a hacerle recordar.

Harto estaba de moralejas y cuentos de hadas. De sermones acerca de la paz interior. De superficial blanca sabiduría, que no manchaba, que nunca manchaba. De estar equivocado según dosis de mágico realismo que nunca encerraban verdad. Solo contradicciones entre máximas y su nula aplicación de fondo, solo apareciendo en retrospectiva. 

Su laberinto no era una prisión. Había vivido, persiguiendo su sueño. Todo lo que uno podía vivir. Había sido feliz. Aún lo era. Ahora otros querían borrar esa sonrisa para cumplir con su parte, intentando convencer a otros (y de ese modo, a sí mismos) que eran el sabio al que la historia quería llegar. De ese modo, no había sido en vano. De ese modo, no tenían que admitir nunca haber superado su juventud. Que su ocaso era la consecuencia de sus actos, y que su cambió de hacer era químicamente inducida aceptación. Él, en cambio, quería creer. En la bella mentira que sostenía todas las verdades, y que hacía bonitas las de otra manera estúpidas flores.

"Y si resulta que no hay laberinto, habría que haberlo." Pensó.

Esteban Acosta se fue ese día hasta los confines del fin del mundo, armado sólo con una pala, y empezó a construir ahí dónde él consideraba que no había nada aún. Cómo tantos habían hecho antes que él, tiempo atrás. Aún se le puede encontrar ahí a día de hoy, sembrando muros, levantando árboles, escribiendo pasillos, cosechando trampas y pintando catedrales. Para que el siguiente que entre en el laberinto y por destino de Dios siga sus pasos, se encuentre; en lugar de una mágica y moralizante revelación que precede una supuesta liberación que conduce a la muerte, más laberinto. Cuando él mismo muera, otros continuarán su obra.

Y más y más.



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